
-Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre…
La frase le había quedado incrustada en su mente después de que su abuela lo llevara a escuchar misa cuando él tenía sólo cinco años. Ese convite lo había marcado de una forma especial, ya que nunca más pudo ver al vino como vino, sino como sangre, como la Sangre de Dios.
Aquella noche de marzo, sus amigos no habían conseguido droga, el dealer había caído en una redada policial y todo indicaba que se quedarían sin diversión. Sin embargo, uno de ellos aseguró que podían inyectarse vino, que era como estar borrachos, pero sin el malestar estomacal. Y a él le pareció que la idea no estaba nada mal, pues lo alejaba de su dios acercándosele.
Así que lo hizo.
Salió corriendo por el pasillo hacia la calle, sentía que le faltaba el aire, que la cabeza le estallaba y que una catarata de lava bullente peregrinaba por su cuerpo. Entonces supo que iba a morir -dicen que siempre se sabe-, pero no se sintió asustado ni triste, apenas frágil, frágil como cualquier mortal que se hubiera atrevido a beber ambrosía: esas son cosas de dioses.
Usted sabe como y cuando decir las cosas, Dib, aunque le molesten a algunos. Lo felicito.
ResponderEliminarAC
Hola Humberto. También hacía tiempo que no me pasaba por aquí, y me ha gustado leer tu relato, mezcla de la dureza que viven estos mártires adolescentes, y de la ternura que transmiten tus palabras.
ResponderEliminarUn abrazo
Hay personas que interpretan las cosas al pie de la letra, incluso algunas religiones o sectas llevan a la práctica las escrituras bíblicas tal como están escritas.
ResponderEliminarSaludos, Humberto.
Duro y antireligioso!!
ResponderEliminarSaludos Dib.
Lucas