Ya me parecía que le pasaba algo malo, porque hacía
bastante tiempo que no me cruzaba con ella en las escaleras. Lo habitual era que la encontrara al volver yo de hacer las compras, cuando ella salía a dar su
paseo de media mañana, siempre bien vestida y maquillada, arreglada con
collares y aretes tan encantadores que me mataban de envidia. Por eso, admito
que también acepté cuidarla por curiosidad, era mi oportunidad para saber si su
apartamento se adecuaba a su imagen de anciana elegante y refinada. Por el aspecto
de doña Matilde, imaginé que tendría una casa lujosa, con sillones capitoné de
pana y candelabros de bronce pulido, estatuillas de mármol sobre muebles de
estilo y grandes arañas de cristal, pero no, apenas entré vi que el lugar se
caía a pedazos, que los ambientes estaban casi vacíos, y que los pocos muebles
que había eran baratos y estaban todos rayados, escorados como barcos a punto
de hundirse, seguramente comidos por los insectos, supuse. En fin, la anciana
tenía lo indispensable para poder guardar tres o cuatro cositas
insignificantes, nada más. Confieso que ese panorama lastimoso me hizo
sentir un raro deleite, a veces la desgracia ajena me levanta un poco el ánimo.
Cuando vinieron a llamar a mi puerta, los hijos me
contaron que su madre estaba postrada desde hacía unos meses. Todo había comenzado
con molestias en la espalda que luego se transformaron en fuertes dolores de
columna y que terminaron en una espondilitis no sé qué, que la llevó a la invalidez
total. Ahora necesitaba alguien que la auxiliara en todo momento, una enfermera
o una persona de confianza, como yo, pues ellos no podían estar allí todo el
tiempo, tenían sus propias familias a las que dedicarse, y tampoco se trataba
de dejar a su madre con una…, con una, bueno, que así es la vida, que le vamos
a pagar cincuenta euros por diez horas, me dijeron, y luego me acompañaron
hasta el cuarto de doña Matilde. Se detuvieron en seco en el marco de la puerta
y me presentaron en voz baja, como si formaran una pareja de criados veteranos que le
anunciara, no sin temor, las malas noticias del día a su patrona. Yo intentaba
espiar hacia dentro por la V que se formaba entre los hombros de ambos hijos,
pero no llegué a ver nada, apenas si escuché:
-Mamá, aquí está la vecina del 3° B, ¿la recuerdas?
La señora…, la señora… ¿Cómo era su nombre? Ah, sí, Graciela, ella va a
cuidarte esta noche, ¿vas a portarte bien, no?, mira que…
Mira que qué, pensé, ¿sería una advertencia, una
amenaza? Cuando por fin se hicieron a un lado para que yo pudiera pasar, doña
Matilde me observó con recelo, entrecerrando los ojos, y después negó lentamente,
como dando a entender que no me había reconocido, sin embargo, sonrió con
amabilidad y me dijo hola, querida, siéntate aquí en esta silla a mi lado y cuéntame
cómo están las cosas en la calle, en el barrio. Por el rabillo del ojo vi que
los hijos salían furtivamente. La verdad es que no necesitó demasiados
preámbulos para soltarme la lengua, desde que Antonio se fue yo me encerré en
mi mundo, no se me presentan demasiadas oportunidades para hablar con alguien,
así que comencé a contarle sobre la nueva estatua de la plaza, los pillos del
mercado, las rebajas de las grandes tiendas, las últimas novelas que había
leído; pero al poco rato doña Matilde ya no me escuchaba, se había quedado dormida.
Entonces me detuve a examinarle el rostro con atención, aquella cabeza magnánima
que veía descender por las escaleras ahora parecía una gran nuez con los ojos hundidos
y varias mechas de cabello pajizo en uno de los polos, mientras que los dientes
postizos le colgaban inertes en esa rajadura ominosa con forma de boca. Lo
dicho, se veía como esas nueces que, al partirlas, están cubiertas de hilillos pegajosos
que rodean el fruto negro y reseco. Me impresionó, no quería seguir mirando
aquella monstruosidad, así que decidí ir al baño a hacer pis y así pasar el mal
rato, pero ella debía tener un sensor de movimiento, pues apenas me puse de
pie, sus ojos emergieron de las órbitas como dos pichones de buitre hambrientos,
entonces me dijo, con voz quejumbrosa:
-Tengo tanto frío, querida.
-No se preocupe, doña Matilde, ahora le traigo una
manta y ya verá cómo enseguida se le pasa.
Yo tenía un poco de calor, pero, pobre mujer, me
dije, saber que va a estar así, atada para siempre a una cama, debe hacerla sentir helada de desconsuelo. En el cuarto había un armario, y dentro del
mueble encontré dos frazadas gastadas, una de ellas se veía más liviana, la
saqué y se la puse sobre los pies.
-No me cubras sólo los pies, tápame también el
cuerpo, es que tengo mucho frío.
Hice lo que me pidió con mucha dulzura y pareció
calmarse, así que volví a sentarme, decidida a aguantarme las ganas de hacer pis
y esperar a que se durmiera nuevamente, pues ya eran las 2 de la mañana. Sin
embargo, Matilde no quería pegar los ojos, comenzó a contarme de don Gregorio, su
finado esposo, de cómo había llegado a Capitán de navío en menos tiempo que todos
sus compañeros de promoción. La escuché con paciencia hasta que el sueño me
venció a mí, es más, estaba soñando que Paul McCartney se casaba con la reina
de Inglaterra y que yo le llevaba la cola del vestido cuando oí la súplica:
-Ay, tengo tanto frío, querida, no puedo más.
La vieja ya comenzaba a fastidiarme, pero no quería
que se diera cuenta, fui sumisa hasta el armario y agarré la segunda manta, que
era de lana apretada y pesaba mucho, no podía fallar. Se la arrojé sobre el
cuerpo con brusquedad, lo reconozco, pero ella no dio muestras de haberlo notado,
al contrario, estiró una sonrisa satisfecha y se quedó mirándome fijamente a
los ojos de nuevo, como esperando algo más. Pero qué quiere esta vieja ahora,
pensé, que le cante una canción de cuna, que le cuente el cuento de caperucita roja
y el lobo, es lo único que me falta.
-¿Qué? ¿Necesita algo más, doña Matilde?, dígamelo de
una buena vez así ya se duerme, ¿no le parece?
-Es que tengo tanto frío que no logro conciliar el
sueño, ¿no me agarrarías la mano? -y la deslizó hacia fuera de las mantas, como
si fuera una rama grisácea, o un bicho extraterrestre, no sé qué, yo se la tomé
con cierta repugnancia. Estaba helada, eso hay que reconocerlo.
-Qué bien, querida, ves, ahora sí me siento un poco
mejor.
-Me alegro, pero ya está, es hora de cerrar los
ojos y…
-¿No te acostarías aquí a mi lado?
-¡Qué!
La pregunta me dejó de piedra, nunca había cuidado
a nadie, no tenía ni idea de lo que suele pedir la gente postrada, pero me pareció
que acostarse al lado de un enfermo no era algo normal. En fin, estaban pagándome
un buen dinero, lo necesitaba y quería que la vieja se durmiera de una puta vez,
por qué no aceptar. En definitiva, me acosté en una pequeña franja de cama en
la que apenas cabía. Ni bien lo hice, sentí un olor penetrante que me dio ganas
de vomitar, pero traté de contener el aliento y respirar por la boca. Todos los
viejos acaban adquiriendo ese tufo ácido tan característico, seguramente yo
también lo tendré en algunos años, reflexioné.
-Ven, acércate más, es que tengo tanto frío, mucho…,
mucho frío.
-Matilde, así ya está bien, déjeme de…
-Es mejor si te metes debajo de las sábanas,
anda.
-Pero que ya está bien, carajo, yo vine aquí para
cuidarla, no para soportar…
-Métete, querida, sólo tú podrías quitarme este
frío.
-¡Me cago en la puta madre! Es lo último
que hago, ya me parece que usted se está abusando, no soy un oso de peluche,
¿sabe?
-No, así no, ven más cerca, arrima tu cuerpo al mío
y dame tu mano…
-Mierda, es que…
Tomó mi mano derecha y lentamente fue llevándola
hacia abajo, entonces entendí de qué iba la cosa…, y sí, lo hice, qué joder, si
al final nadie iba a enterarse, ni siquiera la propia Matilde.
Cuando
llegaron los hijos por la mañana, al ver a su madre, se deshicieron en
agradecimientos y felicitaciones, me pagaron los cincuenta euros pactados y me
dieron diez más de propina. Estaban muy conformes. Me dijeron que yo había hecho exactamente
lo que ellos esperaban que hiciera. Les agradecí muchísimo, ese
dinero me venía muy bien a esa altura del mes, pero nada se comparaba con la extraña
dicha de ver a doña Matilde así, tan quieta, si hasta tuve la ilusión de que roncaba.
















