15 de abril de 2014

Lucha


Seguir... o no seguir, ése es el dilema. Te pido, amigo, que me digas si vale la pena soportar el hastío y la repetición, o si debo terminar con todo esto y erguirme triunfador sobre los despojos de mi propia destrucción, y -con las últimas fuerzas- bailar la danza de los que mueren en lo mejor de la batalla. Pensar, sufrir, repetirme tal vez, repetirme gracias a las debilidades de las que todo ego es comarca. Repetirme otra vez y creer que con más de lo mismo consigo limpiar las mil manchas que debieron soportar tanto mi alma como la de aquellos a los que empaché con mis palabras. O debo -acaso- terminar con mi propia existencia virtual y dar por sentado que a través de ese acto lavaré alguna de las ignominias que a mi mente hice padecer, tan sólo con una tecla de borrado que -por fin- atraviese el pantano de mis cavilaciones cobardes. Ahí radica el problema. Pero no, la amenaza de quitarse la vida virtual desviste al hecho de importancia, lo convierte en un acto que no tiene sentido para nadie. ¿Para qué tantos rodeos si la solución se encuentra en un simple “basta, se acabó”? Pero no, con tanta verbosidad doy lugar a miramientos y consideraciones, entonces quedo inerte y confuso. Porque estos desvaídos pensamientos míos arruinan cualquier intento de digna reparación. Y así proyectos de gran trascendencia y admiración se vuelven pálidas luces crepusculares de un sol que se debilita más y más. Entonces el rumor de mis pensamientos me ensordece y paraliza, y hace que toda iniciativa pierda su valor tan vilmente que ni siquiera merezca el nombre de “lucha”.

26 de marzo de 2014

En souffrance


Estaba en París, hacía frío y llovía.
Comienzo a contarlo así, pausado y reticente, como si se tratara de la Sonata en La Menor de Albinoni, como si todavía no hubiera renunciado a ser lo que siempre fui: un músico que -eventualmente- toma un portaminas e intenta tocar su canción más silenciosa, con corcheas apretadas, ejecutadas staccato en el violín.
Estaba en París, hacía frío, llovía y quería tomar un cappuccino.
Entré en Les deux Magots y me senté en un sillón cómodo de pana verde, era la oportunidad ideal para comenzar a escribir ese cuento policial que me rondaba. 

Un hombre delgado y alto está parado en el umbral de una casa de Saint-Germain desde hace más de tres horas, golpea los pies contra el piso y fuma nerviosamente. Cuando por fin ve que se aproxima la persona a la que esperaba, arroja el cigarro. Con la mano izquierda se ajusta el abrigo a la altura del cuello y lleva la derecha al bolsillo. Encuentra el arma, amolda la culata a la palma y coloca el dedo índice en el gatillo. Camina en dirección a la víctima, mira hacia ambos lados, no hay nadie: el desenlace parece inevitable.

-I’mhummwellehmmwanttoarrrsaymmthateeeh…
-¡Pero la puta madre, carajo!- dije por lo bajo.
A pocos metros de donde me encontraba, sentada a una mesa con dos tipos, había una chica rubia que no sé si trataba de hablar inglés o si -en ese preciso momento- estaba sufriendo un accidente cerebrovascular. Las pausas sonoras estiraban tanto su discurso que cuando terminó de armar la frase, ya todos habíamos desaparecido, incluso los dependientes, el bar, el mundo: su verba inconducente había borrado el universo y quedó flotando en el silencio políglota de una Nueva Nada.
Estaba en París, hacía frío, llovía y quería tomar un cappuccino mientras intentaba escribir un relato.

En fin... el hombre alto y delgado mató sin ningún motivo. Tenía un arma en el bolsillo, el arma estaba cargada, la víctima estaba al otro lado de la calle, era un blanco perfecto. Qué sé yo, disparó y la mató... Ya está. La ocasión hace al ladrón al asesino y al escritor, aunque los resultados no siempre son los que esperamos.

16 de marzo de 2014

Pretérito Imperfecto


Después de vencer cierto recelo que había acarreado por años, Manuel decidió inscribirse en un taller de escritura creativa que se había abierto en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Estaba feliz, estaba entusiasmado. En el primer encuentro, tras la pintoresca perorata de presentación, el profesor pidió a los participantes -diez en total- que cerraran los ojos, imaginasen una historia y luego la escribieran sin autocensurarse. Manuel estaba tan inspirado que en pocos minutos terminó la suya, mucho antes que todos los demás compañeros. Sin embargo, cruzó los brazos sobre el pupitre y esperó respetuosamente a que los otros concluyeran, no quería llamar la atención o quedar como arrogante. Así que, ni bien el último rezagado colocó el punto final, Manuel estiró el brazo para alcanzarle la hoja al profesor.
-No, mejor léala usted- aconsejó el docente.
Manuel lo hizo pausadamente, saboreando las palabras, con tal arrobo que sus colegas soltaron un aplauso espontáneo cuando finalizó. Se sentía tan orgulloso que buscó los plácemes en la mirada del profesor, sin embargo, éste no sólo estaba serio, sino que parecía haber mordido un pedazo de helado con una muela cariada.
-Hágame el favor, lea de vuelta la primera frase- le ordenó bruscamente.
Esta vez Manuel lo hizo con mucha reserva, pues notó que algo no andaba bien. Los otros participantes se mantenían en un silencio expectante.
-No, no y no- sentenció el docto -el pretérito imperfecto no puede ir seguido de un predicativo estativo permanente, ya debería saberlo, hay ciertos conceptos básicos que usted no... que usted...
Y se detuvo, inflamado, impaciente, resoplando. Manuel se sintió humillado por la reprimenda, pero mucho más por no saber qué demonios era un predicativo estativo permanente, o por desconocer que su uso fuera tan básico para escribir una oración digna. Se puso de pie, hizo un bollo con la hoja y la arrojó a la papelera, luego salió de la sala, sin decir media palabra. Los demás compañeros lo miraron con desprecio, bamboleando la cabeza: ¡Cómo no sabía eso del... predicanente permeativo ematorio!
-Aba, ía, ía, señores, aba, ía, ía- continuó el profesor, como si allí no hubiera pasado nada, mientras todos se miraban sin entender un cuerno -Digo que aba en la primera, ía en la segunda e ía en la tercera. El pretérito imperfecto, redactaba, desconocía y destruía, ¿o no soy claro?
-Aaahhh- se escuchó en toda el aula- y la cosa siguió más o menos así.
Terminada la clase, cuando los alumnos ya se habían retirado, el profesor se zambulló de cabeza dentro del cesto de basura para buscar el papel. Sí, allí estaba, los ojillos le brillaron de codicia. Lo alisó, lo metió entre las páginas del libro de Gramática Española y se fue a su casa a toda prisa.
Ese mismo año, con su nuevo cuento, el profesor ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Como pocas veces había sucedido, el fallo del jurado fue unánime, a todos los integrantes les pareció que el tratamiento que le había dado a los tiempos verbales era innovador, único, genial, una brisa de aire fresco para la monótona literatura contemporánea. El galardonado apareció en los periódicos y salió por televisión, pero Manuel jamás se enteró de nada, es que ahora no se preocupaba por esas pavadas, estaba aprendiendo a tocar el violín con un método DIY que encontró en YouTube, lo hacía bastante bien, a veces pulsaba do en vez de re, pero eso no le parecía tan grave.

12 de marzo de 2014

La noche de la noche


La fiesta se desarrollaba como cualquier encuentro actual, los invitados ya se habían entonado desde muy temprano con tragos o sustancias y habían llegado al bar con espíritu de avant-goût y un ímpetu exagerado, mezcla del alcohol, el entusiasmo y la esperanza de no irse -otra vez- solos por la mañana. Era un circular constante de personas que iban desde la barra de bebidas al grupo de amigos y del grupo de amigos a la barra de bebidas, haciendo cortas escalas en destinos intermedios para besarse o manosearse con cualquiera que lo propusiera. Ya todos habían adquirido esa característica mirada de ave de rapiña y no dejaban de amenazarse unos a otros para ver quién terminaría siendo la comida de quien, agazapados como buitres a los costados de la carretera, esperando a que otro carroñero dejara los despojos de un cadáver para dar cuenta de ellos. Yo también me enganché, lamí y sobé a cuanta mujer se me puso delante, qué más daba, si al final todos habríamos probado la saliva de todos y todos habríamos comido la regurgitación de algún otro. Hasta que, asqueado de aquello, decidí salir a la calle para tomar un poco de aire fresco. Abrí la puerta y me golpeó lo peor: era la noche de la noche, ese gusano enquistado en el corazón del alma, más o menos a la altura de las cuatro de la madrugada, a esa hora en la que puedes reír o llorar, desleír tu cuerpo y luego gritar, o simplemente desaparecer por la alcantarilla, pues nada tendrá sentido, ni siquiera ilusionarte con la fatua idea de que lo que vayas a escribir para contarlo tenga tintes literarios.

27 de febrero de 2014

Traición


Marcelo tenía absoluta conciencia de que estaba cometiendo una de las traiciones más graves que se puedan consumar en el seno de una pareja: estaba metiendo una mujer en su apartamento, mejor dicho, otra mujer en el apartamento que compartía con su esposa, Laura.
No se sentía feliz, al contrario, experimentaba una sensación de náusea y profundo desagrado frente a su propia actitud. Lo más desconcertante era que esa Vanesa, que apenas conocía y que había llevado a su hogar, no le importaba un comino, no valía nada para él, pero no podía dejar de hacer aquello: revolcarse en su cama matrimonial con cualquier hembra tonta que se le cruzara en el camino y que sólo le dejaba olor a alevosía en sus partes íntimas y la vanidad fraudulenta de haber sumado una más en su lista. Sin embargo, todas esas desgracias que ahora manaban de Vanesa no hacían más que incitarlo a seguir adelante. No lograba entender qué mecanismo psicológico hacía que su herejía se volviese tan apetecible. Vanesa no desconocía que Marcelo estuviera casado, incluso ella también tenía marido, y seguramente su propio deseo -el de ella, me refiero- estaba avivado por esta infamia.
Marcelo se sentía desconcentrado, nervioso, recién estaban en la previa y ya eran las 4 de la tarde. Pensaba que, después de terminado el acto, todavía tenía que inspeccionar a fondo todo el lugar. Es que habían desacomodado demasiados objetos de la casa, no le alcanzaría el tiempo que le quedara para reparar cada una de las imperfecciones que a Laura no se le escaparían cuando llegara del trabajo, sólo en un par de horas. Cualquier elemento que estuviese incorrectamente ubicado se convertiría en la escena flagrante de la traición, pues se suponía que Marcelo también estaba trabajando en ese momento. El apartamento debía quedar en el mismo estado en el que ambos lo habían dejado por la mañana, cuando salieron juntos de allí, sonriendo y bromeando alegremente. Vanesa había notado que Marcelo estaba angustiado e incómodo, se lo marcó y pareció disfrutar de la tortura. Él se excusó tratando de explicarle lo difícil que le resultaba todo, le mendigó que entendiese su intranquilidad, le aseguró que había algo que lo tenía en estado de alerta, aunque no supiera explicar exactamente qué. Vanesa lo miró con desprecio, con esa clase de desprecio que sólo puede sentir una persona despreciable, pero lo abrazó y le apoyó la cabeza en el hombro. Marcelo sintió asco de los besos de molusco que Vanesa le iba trazando por la nuca.
Cuando ya habían tomado varias copas de vino y se habían arrojado sobre el sofá para preludiar el coito, Marcelo creyó escuchar el rumor del ascensor deteniéndose en su piso. Salió disparado hacia la mirilla de la puerta y se encontró con el horror de que la figura que comenzaba a salir del cubículo se adecuaba en un cien por ciento a la de su esposa. Se dio vuelta y con gesto y voz suplicante le pidió a Vanesa que se escondiera en algún lugar -dentro del armario, detrás de la cortina del baño, debajo de la cama, no importaba- porque llegaba Laura.
-No puedes hacerme esto- aseguró Vanesa- yo no soy una cualquiera que va a ocultarse y después se va escapar de la casa como una rata sólo porque venga tu mujercita. Afronta los hechos- lo desafió, mientras se escuchaba el taconeo aproximándose por el pasillo.
-Por favor, por favor, por favor- lloriqueaba Marcelo. Intensidad, tono, acento, duración y volumen, todas las cualidades de una voz a disposición de la cobardía de un hombre. Y encima la llave que ya giraba en la cerradura.
-Nada de por favor, carajo- dijo Vanesa y se dirigió hacia la puerta para encarar a Laura y decirle toda la verdad, pues este tipo de mujeres siempre quiere que se sepa la verdad. Después de unos segundos desoladores, la puerta al final se abrió y allí estaba Laura, colgada del cuello de un hombre joven y apuesto, quien traía una botella de champán en la mano.
Lo que sucedió después, no le interesa a nadie, ni siquiera a mí, esos son asuntos de vecinas chismosas.

20 de febrero de 2014

Intruso


Ni bien sonaron los dos primeros acordes de la canción, me di cuenta de que me había olvidado la letra, por completo. Y faltaban cuatro compases para que tuviera que comenzar a cantar cuando noté que no sólo me había olvidado la letra, sino que no sabía en qué banda estaba tocando o dónde era el concierto, ni siquiera tenía claro quién diablos era yo, sin embargo estaba allí, subido a un escenario gigantesco, vestido de rojo y negro, parado delante de un micrófono -leí Shure SM58- y con la mente en blanco. Estaba jugado, así que apenas escuché que la batería marcaba la entrada a la estrofa, solté la voz libremente. Salió límpida, profunda, potente, de tenore leggero -supuse-, pero sobre ella iba lo primero que pasaba por mi cabeza: palabras o frases en inglés, porque me pareció que ése era el idioma apropiado. Intentaba que la melodía se adecuara lo mejor posible a los matices armónicos, lo cual era bastante difícil, ya que no conocía el tema. Jamás me había dado por vencido frente a una contingencia, no iba a ser esta noche la primera vez:

I know something about opening windows and doors.
I know how to move quietly to creep across creaky wooden floors.

No quería ni pensar en mis compañeros de grupo, temí lo peor, el escarnio, que me bajasen a las patadas, no sé, sentía que las miradas de todos me seguían como láseres y que estaban atravesándome, así que di media vuelta para quedar de espaldas a la platea, pero me encontré con el bajista que justo venía hacia mí, era calvo, tenía una expresión de fascinación y alegría, asentía, eso me animó, seguí adelante:

Slipping the clippers through the telephone wires.
The sense of isolation inspires.
Inspires me.

Las personas del público se me antojaron extranjeras, muy extranjeras quiero decir, pongamos por caso que fueran japoneses o vietnamitas, lo cierto es que se veían como una masa compacta de infinitos ojos rasgados y bocas ansiosas que querían absorberme, devorarme. No hablaban, pero juro que pedían más, mucho más, todo, y yo se lo iba a dar:

Intruder comes and leaves his mark.
Leaves his mark.

Cuando terminó la canción, el estadio -literalmente- estalló en gritos y aplausos, entendí que se trataba del final del concierto, así que saludé agitando las manos por encima de mi cabeza y salí por el costado izquierdo del escenario. Estaba oscuro. Bajé una escalera corta y empinada, al pie me esperaban varios periodistas que se acercaron a mí con aire solemne, uno de ellos me preguntó si con Intruder sentía que por fin había llegado a la cumbre de mi carrera como músico. Ofendido, le dije que no, que jamás se me ocurriría pensar en semejante estupidez, que para protegerme de mis propios juicios jactanciosos siempre cantaba cada canción como si fuera la primera vez que lo hacía, entonces -apurado y pidiendo disculpas- me alejé hacia el camerino, sin tener la menor idea de dónde quedaba.




Basado en la canción Intruder de Peter Gabriel, músico que en mi adolescencia me marcó el camino del arte.

11 de febrero de 2014

Palabras exactas


La conocí en el FanClub de Sevilla, ya muy avanzado el domingo, estaba con un grupo de amigas y parecía un poco achispada. Me acerqué con cierto pudor y le dije que, si me lo permitía, podría convertirla en un excelente personaje femenino de un nuevo cuento. ¿Ah, sí?, preguntó en tono burlón, demuéstramelo, un escritor tiene que convencer, ¿o no?, y luego pasó su vaso de cerveza por delante de mi rostro, antes de llevárselo a la boca. Yo sé lo que tengo que hacer, le aseguré. Bueno, entonces dime algo que me muestre lo que eres capaz de inventar sin estar preparado. Un poco apremiado, ingenié una frase altísona y, por lo mismo, efectiva. La necesidad ridícula de estar todo el tiempo inspirados sólo es equiparable a la estúpida creencia de que lo que hicimos es bueno cuando, por fin, conseguimos escribir algo: confiar en uno mismo no sólo es engañoso, sino patético. Se quedó mirándome un rato con los labios separados -se le veían los dientes, como de conejo- y después se volvió hacia a sus amigas, quienes le hicieron que sí con la cabeza. Entonces me tomó del brazo y me sacó del lugar. Soy suya, maestro, hágame su personaje: palabras exactas.
La llamé Sofía, le asigné 29 años, la hice rubia, pero con los ojos negros, le construí una trama compleja, le agregué un modesto personaje masculino, la fingí una aventurera recorriendo infinitamente la A-4 en un Volskwagen escarabajo del '58 de color rojo, cosas por el estilo.
Me mostré tan entusiasmado con mi creación que no pasó demasiado tiempo hasta que mi agente literario quisiera conocerla. Le gustó de inmediato, sólo me sugirió que le retocase este y aquel detalle, al principio me molestó su intromisión, pero enseguida me di cuenta de que tenía razón, con sus consejos Sofía había quedado perfecta. A esta altura, el personaje masculino estaba locamente enamorado de ella, sin embargo, en una charla bastante enardecida, entre mi agente y yo lo disuadimos de que había que dejarla partir para que cumpliera su misión, pues de ella dependía gran parte de nuestro éxito. Sofía me esperaba fuera, sabiendo de antemano cuál había sido la sentencia. Me aproximé al escarabajo para despedirla, ya estaba dentro y había encendido el motor. Eres muy bonita, ¿lo sabías?, le dije. Esta vez me miró de otro modo y ya no me llamó maestro, me dijo que yo, mejor que nadie, sabía que de nada valían los artilugios literarios, que una buena historia tenía que terminar así. Cerró la ventanilla y colocó la palma de la mano sobre el vidrio, yo hice lo mismo desde fuera, tratando de que coincidieran. Entonces metió la primera y aceleró. Adiós Sofía, ojalá te vaya muy bien, susurré y corrí unos metros detrás del auto para ver cómo atravesaba el Puente de Triana. Un poco me enojé, pero sabía que no había otra salida, ahora todo quedaba en sus manos. Muy pronto tendré que olvidarla, pensé, como voy olvidándome del Guadalquivir, de las callejuelas laberínticas, de los árboles cargados de naranjas, de los patios andaluces, y de cada uno de mis personajes, aunque yo en el fondo sepa que jamás lo conseguiré del todo.

1 de febrero de 2014

Ecos de la Nada


Llegó apurada y se sentó a mi mesa, si es que puedo decirle mía a una mesa del desayunador comunitario de un hotel de King's Cross. Estaba discutiendo con alguien por teléfono, lo hacía en un idioma con muchas jotas y sonidos guturales, pero no me sonó extraño, hace mucho que en Londres no se habla más en inglés. Me miró, arqueó las cejas y movió la cabeza a modo de saludo, después se apretó el labio inferior con los dientes de arriba como para mostrarme cuánto le molestaba la conversación que estaba manteniendo. Tapó la bocina y protestó, con un acento foráneo: Mums. Mientras seguía escuchando, sacó un KitKat Dark del bolsillo, partió una barrita y me la ofreció, pero se la rechacé por vergüenza. Entonces alejó el móvil del oído y resopló aparatosamente, luego me preguntó de dónde era. De Colombia, mentí. Ah, Colombia, bonito país, ¿no? Sí, murmuré y hundí la vista en el libro para que no indagara más. El monólogo telefónico continuaba y ella me iba traduciendo al inglés lo que le decía su madre: quería saber si hacía mucho frío, si estaba comiendo bien, durmiendo mucho, gastando poco, etcétera. Pero, ¿qué edad tienes?, le pregunté con descaro. Veintiséis, dijo. ¿Y no te parece que una chica, a los veintiséis años? Sí, sí, ya sé, pero las madres son iguales en todo el mundo, si no, pregúntaselo a mi primo que ya tiene treinta y ocho y sin embargo… Lo dijo como si en verdad creyera que yo iría a buscar al primo para cerciorarme de que todavía era hostigado por su madre. ¿Y tú de dónde eres?, me animé. De Israel, respondió. Ah, dije, mientras sentía que un escalofrío me trepaba la espalda al imaginar lo que habría pensado mi padre -sirio y fundamentalista- si me hubiera visto allí, sentado con una enemiga, porque él consideraba enemigos a todos los israelíes y me lo había incrustado en el seso desde muy pequeño. Hacía más de veinte años que mi viejo había fallecido, pero esas cosas no se borran con el tiempo. Ecos de la Nada, pensé. You gonna stay here?, preguntó ella y me trajo de vuelta; Yes, dije; Ya vengo, ¿me cuidas el ordenador?, preguntó; Sure, le confirmé; Great, finalizó. Era alta, morena, tenía una cara hermosa, con rasgos fuertes, bien marcados, pero al moverse daba la impresión de que no podía controlar del todo su cuerpo. Antes de salir, me alcanzó los auriculares y me pidió que luego le dijera si me gustaba la canción que ella estaba escuchando: Ad schea schemech tichpä, ber scheva baboker, essré bamétikout schelcha. No entendí nada, le dije con una sonrisa bobalicona cuando volvió, pero tiene una voz muy dulce, aclaré. Entonces acercó su boca a mi oreja y tradujo: Hasta que el Sol se oscurezca a las 7 de la mañana, voy a nadar en tu dulzura, o algo parecido, pues estoy haciendo una traducción de su traducción. Lo que vino después queda en el distrito de mi intimidad, pero siento que por una vez se pusieron de acuerdo estos dos pueblos políticamente tan distanciados, y que cruzaron varias veces sus fronteras por la franja más húmeda y cálida. Me veo como una especie de redentor, de pacificador racial o algo así. En fin, son cosas que pasan por mi cabeza.