6 de noviembre de 2014

Escópica


Poca gente lo sabe, pero el ojo derecho del químico y naturalista británico John Dalton está conservado en un frasco con formol en una estantería del sótano del Trinity College, en la Universidad de Cambridge. Ya nadie le presta la menor atención, pero en una época fue un objeto de gran interés para los estudiantes de esa Alta Casa de Estudios. Ellos miraban el ojo y el ojo los miraba a ellos, era francamente perturbador. El interés radicaba en que Dalton (en vida, claro) no podía distinguir algunos colores -el rojo y el verde, principalmente-, lo que hizo que ese error de percepción acabara teniendo su apellido, transformado ahora en una forma sustantiva, al agregársele el famoso sufijo "ismo" que suele indicar -entre otras cosas- ciertas actitudes extremas. De esta manera, su falla perceptiva se convirtió en un aporte para la ciencia decimonónica, algo que hoy parece ínfimo si lo comparamos con los inmensos problemas que tiene la humanidad para percibir su propia realidad. En fin, a pesar de que pocos lo recuerden por haber captado antes que otros el Modelo Atómico, desde una estantería olvidada en un sótano del Condado de Cambridgeshire, el ojo de Dalton nos vigila y continúa esperando una respuesta válida que determine cómo demonios funciona el mecanismo de la percepción de los tonos. Los científicos contemporáneos entienden que han realizado todos los estudios necesarios para explicar este defecto genético, pero a mí lo que me fascina es la persistencia de la pregunta del ojo de Dalton, pues aunque él nunca vea una respuesta satisfactoria, esa insistencia desmedida es mi pulsión, la misma que hace que tenga el placer de disfrutar de la gran variedad de colores que pintan el rostro de mi mundo.

21 de octubre de 2014

La frontera


Desde hacía más de dos siglos que solo me levantaba para ir hasta la cocina a prepararme algo para comer o cuando necesitaba ir al baño, nada más, ni siquiera me acostaba en una cama, pues mi cama, mi habitación, mi casa y todo mi mundo era una silla de mimbre en la que me sentaba. Sin embargo, una mañana algo me hizo ver que mi vida se había vuelto demasiado rutinaria, me pareció que en otro lugar debía haber una existencia muy diferente -y sin dudas mejor-, entendí que había llegado el momento de ponerme de pie y comenzar a caminar, pero no quería ir a cualquier sitio, mi ilusión era llegar hasta la frontera y luego -muy lentamente- cruzarla, entrar en ese país en el que vivían unos seres a los que llamaban Los Otros. Intuí que el viaje sería largo, pero no me importaba, tenía tiempo y quería andar. Guardé algunas cosas indispensables en la mochila e inicié la aventura. Entonces caminé sin detenerme, sí, caminé durante días enteros, pero los días también trajeron noches que eran frías y duraban muy poco. Con las décadas, esos días enteros y esas noches frías que duraban muy poco se fueron confundiendo, mezclándose tanto entre sí que todo se volvió una tarde continua e insulsa. Y aunque no divisara la frontera yo seguía marchando porque quería llegar, por suerte mis pasos iban quedando grabados en la tierra, a veces llenándose con el agua que la lluvia derramaba cada tanto, agua que servía de hogar a los renacuajos. En mi trayectoria, subí montañas, atravesé valles, eludí hondonadas, hasta que una tarde descubrí unas huellas secas que ahuecaban el camino, huellas ancestrales de cuando los días eran enteros y las noches eran frías y duraban muy poco, de cuando aún las tardes no se habían vuelto eternas. Entonces comprendí que por fin había llegado a la frontera, donde, unos metros más allá, me esperaba la silla de mimbre, ahora desvencijada.


Este relato originariamente lo escribí junto con una de las mejores escritoras que conocí a través de este medio, quien decidió dejar (ojalá que por poco tiempo) su actividad literaria. El texto está bastante modificado, ¡perdón por el atrevimiento Sonia!

1 de octubre de 2014

Amores improbables


Dicen que la melodía íntegra de la canción “Yesterday” de The Beatles fue compuesta por Paul McCartney (Sir James Paul McCartney) una desapacible mañana de febrero de 1965, después de tener un sueño en el cual la famosa tonada se repetía una y otra vez en su mente, acompañada por imágenes muy tristes de una mujer que se alejaba de él y a la que no podía alcanzar porque sus pies -los de él- estaban como hundidos en un barro pegajoso. Un típico simbolismo freudiano, sin lugar a dudas. Esa mañana, al despertarse en la casa de su novia de entonces, Jane Asher, Paul corrió al piano y tocó la melodía frente a un (ahora) antiguo grabador de cinta para que quedase registrada. Luego viene la historia de cómo escribió la letra y de cuánto tiempo demoró en mostrarle el tema a los otros músicos de la banda, porque él creía que se trataba de un plagio involuntario, ya que es una canción -valga decirlo- de armonía y melodía bastante simples, que podía haber quedado fijada en su memoria al oírla en cualquier lugar. En fin, todos estos datos pueden encontrarse fácilmente en Google. Lo que importa aquí es que aún hoy Paul asegura que no puede reconocer quién era aquella mujer de su sueño, no obstante algunos biógrafos temerarios afirman que lo que él no quiere confesar es que la misteriosa dama era Elizabeth Alexandra Mary Windsor, la mismísima Reina Isabel Segunda del Reino Unido, quien tenía -y tiene- casi veinte años más que Paul, pero que -incluso así- ejercía sobre él una atracción sexual tan profunda que, para contrarrestarla, decidió casarse con la insulsa (aunque multimillonaria) Linda Eastman. Con sobrado fundamento, se sospecha que la reina también estaba enamorada de Paul, pero no sucedió nada entre ellos, cualquier acercamiento se hubiera convertido en una cuestión de estado tan grave que se habría llevado alguna vida (verbi gratia: Lady Di). La pasión de muchos años finalmente se terminó después de que la reina lo nombrara Caballero de la Orden del Imperio Británico, en 1997. De esta forma, una ceremonia excesivamente protocolar hizo pelota uno de esos instintos maravillosos que la gente vulgar tiene por costumbre denominar bajos. Bueno, esto suele pasar todo el tiempo en muchas parejas. Lo cierto es que después de una década y media, la noche del 5 de junio de 2012, el Beatle y la Queen volvieron a encontrarse en el backstage del concierto organizado frente al Palacio de Buckingham para cerrar la fiesta principal del Jubileo de Diamante de Su Majestad. Comentan los mismos biógrafos atrevidos que esa noche algo estuvo a punto de pasar entre la Soberana de la sonrisa de Mona Lisa y el Músico de los ojillos caídos, pero que ella se mostró muy fría con él luego de que Paul cerrara su show tocando “Hey Jude” en vez de “Yesterday”.


Dedicado a Marita.

19 de septiembre de 2014

Oscuridad


Siempre estaba oscuro cuando -desde mi cama- oía a mi padre tocar la campanilla de la bicicleta, una y otra vez, yendo y viniendo por nuestra calle de tierra. Ya cuando comenzaba a clarear, volvía a casa y se sentaba a la mesa de la cocina, donde solía comer tortas fritas, acompañadas con uno o dos jarros de café. No es que le tuviera miedo, pero pasó bastante tiempo hasta que me animé a preguntarle: Papá, qué haces todos los días tan temprano; despierto al sol, me respondió malhumorado, y luego -por lo bajo- agregó algo que me pareció una mala palabra. No dijo nada más, yo tampoco. Era así todos los días, a mí me gustaba oírlo desde la cama, antes de ir a la escuela. Sucedió que una madrugada sólo escuché silencio y eso me sobresaltó. Me levanté y salí de mi habitación para ver qué estaba pasando, encontré a mi madre apoyada en el quicio de la puerta, fumando un cigarrillo y mirando hacia afuera, hacia la oscuridad. No quise interrumpirla, pero muy pronto se dio cuenta de que yo estaba a su lado, entonces se agachó, me agarró la cara con ambas manos (el humo me hizo llorar un ojo) y me explicó: bueno, es que tu padre estaba cansado y decidió irse a otro lugar... lejos, no sé. Está bien, mamá, le dije y volví a mi cuarto. Por varios días quedé al cuidado de mi abuela, los dos parecíamos estar envueltos en una penumbra atenazadora de velas y candiles, hasta que -por fin- mi mamá regresó. Enseguida fue a buscar la bicicleta al patio y me la alcanzó. La faena de tu padre ahora será la tuya, me dijo, despertar al sol. Mi abuela me tocó la cabeza y murmuró, sollozando, pobre criatura, qué maldición tener que..., pero yo no creía que estuviera pasando algo malo, si el sonido de la campanilla de la bicicleta era tan alegre.

27 de agosto de 2014

Lázaro


Desde el preciso momento en que falleció, Lázaro dejó de ser el joven divertido, activo y bonachón de siempre, se lo veía triste y meditabundo, alejado de los placeres simples que tanto le habían gustado. Debido a su bonhomía, todos en su pueblo lo apreciaban, pues no había una sola persona que no hubiera pasado un momento maravilloso con él, por eso estaban tan preocupados por su cambio. Ahora el pobre Lázaro se pasaba el día entero acostado, sin ánimo siquiera para apretar el mando a distancia y ver una novela brasileña o Breaking Bad. Todos opinaban sobre su extraño comportamiento, pero nadie se animaba a encararlo y decirle algo que lo ayudara. Al segundo día, sus amigos se reunieron en el Club Social Betania para hablar de esta extraña actitud del finado Lázaro, allí cada uno dio su parecer, pero terminaron acordando que -en definitiva- era asunto suyo, que uno no podía andar metiéndose en la muerte de los demás así como así. Sin embargo, también concluyeron que el hecho de estar muerto no era razón suficiente como para alterar de tal manera sus hábitos y costumbres... su humor, qué embromar, si la muerte es parte de la vida y todos lo sabemos. Frente a tan grave problema que se había generado, una buena amiga tuvo el coraje de ir a hablarle sin pelos en la lengua, como suele decirse. Lázaro la escuchó con una atención extrema y sólo se manifestó cuando ella parecía no tener nada más que agregar. Le aseguró que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para volver a ser el mismo que la gente conocía, le pidió amablemente que agradeciera a cada uno por preocuparse tanto por él y su estado, pero le dijo que dejara pasar otro día, que la muerte era una cosa seria y que necesitaba cierto tiempo para adecuarse. Finalmente, tres días después de morir, Lázaro retomó sus actividades normales y todos los habitantes del pueblo se pusieron muy contentos, menos yo, claro está, pues había escrito el mejor obituario de mi vida y ahora tendría que guardarlo hasta vaya Dios a saber cuándo.

11 de agosto de 2014

La llevo en la sangre


Veamos cómo este breve relato -que viene del pasado- intenta abrirse paso por los largos y oscuros pasillos de la indiferencia, porque -a pesar de todo- él todavía quiere ser algo, algo para alguien, quiere ser algo que le llegue a alguien. Observemos cómo unas palabras deslustradas por el uso cotidiano buscan adquirir un poco de luz bajo la mirada creadora de un nuevo Lector.

Después de conducir varias horas por diferentes carreteras secundarias, sin un rumbo fijo, pero siempre tratando de mantener un patrón que no nos alejara mucho de la ciudad, con mucha expectativa, detuve el auto en el estacionamiento de un motel. El vehículo exhaló un bufido de animal hastiado, luego el silencio se hizo tan notorio que podía oírse el gorgoteo de los distintos fluidos mecánicos deslizándose por tubos y cavidades. No sé por qué me pareció que hay cosas que no tendrían que ser percibidas, ya que si bien el auto es una máquina, las máquinas también tienen derecho a guardar sus secretos, su intimidad. Suspiré profundamente y largué el volante, entonces puse mi mano al lado de su pierna, sin tocarla, después levanté la vista y busqué sus ojos, esperando una mirada cargada de sensualidad y asentimiento, pero ella me devolvió un gesto torcido y desagradable que hizo que volviera a poner el coche en marcha y apretase el acelerador a fondo, arrojando gravilla sobre los otros vehículos aparcados. Salimos escapando de allí como si fuéramos dos delincuentes. Desde hace unos meses nuestra relación se ha vuelto insostenible, ella no consigue superar todas esas barreras impuestas hace tantos años. Para qué seguir escondiéndonos, carajo -quiero convencerla-, si mi esposa nunca me importó y a ella su marido tampoco le interesa demasiado. Me dice que no es por ellos, que es porque no puede olvidarse de los gritos de papá aquella tarde de verano -bestias, engendros, monstruos- cuando nos encontró besándonos en la cama. No sé lo que pueda suceder, pero ya estoy harto de esta situación: sí, nos amamos, creo que ya es hora de que todo el mundo lo sepa, complicidad no nos falta, después de todo somos hermanos.


En homenaje a Claude Lévi-Strauss.

22 de julio de 2014

Hemisferios


Era una tarde de finales de julio o principios de agosto, no lo recuerdo bien, pero lo importante -lo fundamental diría- es que hacía mucho frío en este lado del planeta. Estaba sentado a una mesa del bar Kainos, en el barrio de Caballito, en Buenos Aires. Acababa de terminar el segundo capítulo de un libro de física cuántica de Eisberg & Resnick y me encontraba un poco aturdido después de tratar de entender eso del estatus ontológico de las nanopartículas, como cualquiera puede imaginar. Ya cansado de descifrar semejante jerigonza, suspiré profundamente, dejé el libro sobre la mesa y agité varias veces el brazo para llamar al camarero, me moría por tomar otro café con leche. Cuando por fin el hombre se acercó, me sorprendió que llevara puesta una bufanda verde, ya que no está permitido usar otras prendas que no pertenezcan al (horrible y tercamente marrón) uniforme oficial de ese establecimiento. ¿Le gustan esos temas?, me preguntó, señalando el libro sobre la mesa. Bastante, le respondí lacónicamente para que se diera cuenta de que me molestaba su intromisión, sin embargo mi parquedad pareció alentarlo, pues continuó más entusiasmado. Sé mucho de esas cosas, por… bueno, por casualidades que ahora no vienen al caso. Aunque no capté qué quiso significar con ese “casualidades”, lo dejé pasar. Entonces se colocó de espalda a los otros clientes que había en el bar y extrajo del bolsillo de su delantal un artefacto extraño, cilíndrico, de unos 10 centímetros de largo, que parecía una pila de monedas de distintos tamaños pegadas una encima de la otra. ¿Ve esto? Esto es una máquina teletransportadora, me dijo, y agregó de inmediato: No, no me mire como a un loco, ¿o usted cree que para teletransportarse se necesita de una parafernalia ridícula como la que aparece en la película “La mosca”? Yo no creo nada, si ni siquiera vi "La mosca", le respondí, medio defendiéndome. Con este aparatito, dijo e hizo una larga pausa, mientras lo apretaba y lo sacudía con el índice y el pulgar de la mano derecha, con este aparatito puedo enviarlo al lugar que usted desee, ahora, ya, adonde le plazca, no tiene más que decírmelo y en un santiamén estará allí, finalizó. Escuchar semejante delirio me hizo doler la cabeza, tuve la impresión de que, con sus palabras, el tipo me había cubierto con una capa oscura de polvo y que, así encerrado, me estaba mareando. Llevé mis manos a la cara para frotarme las mejillas, los ojos, la frente, como si quisiera lavarme el rostro sin agua. Cuando las retiré, lo vi a Xavi parado a mi lado, tenía el cuello envuelto en una gruesa bufanda verde, me preguntaba -en un tono de paciente insistencia, con ese característico español aderezado por el acento catalán- si iba a acompañar el café con leche con alguna magdalena o una empanadilla de cabello de ángel. No, no, así está bien, moltes gràcies, le dije. En ese momento me sentí como un fantoche, sí, un fantoche asustadizo sentado a una mesa del bar La Cantonada, ése que está por los Sis Camins, en Vilanova. Desde la ventana, alcancé a ver cómo se escapaba el Sol por detrás del bosquecillo de pinos carrasco y arbustos aromáticos que no permiten ver el Mediterráneo. Oscurecía y apenas eran las seis de la tarde, entonces comprendí que continuaba siendo invierno: eso me tranquilizó.

12 de junio de 2014

Ius variandi


Ana tenía virtudes y defectos, como todo el mundo, pero lo que hacía que se diferenciara del resto de los funcionarios del Juzgado número 12 en lo Penal era algo que no entraba tan fácilmente en alguna de estas dos categorías, o, mejor dicho, el carácter de sus conductas dependía del sexo de la persona que realizara la apreciación. Para los hombres era una virtuosa, para las mujeres, una reventada. En fin, dejémonos de tantos eufemismos: la doctora Ana Luisa Gutiérrez, Prosecretaria, se había acostado con todos los hombres del Juzgado, desde el recién incorporado escribiente auxiliar hasta Su Señoría, el Juez. Incluso se corría el rumor de que ya había incursionado en los Juzgados lindantes. Conmigo el encuentro fue breve, tal vez demasiado breve, pero estuvo precedido por una rutina bastante larga y tediosa, porque yo no quería dejar de ser el único que le faltara en su lista, era como una pequeña hazaña que me reservaba sólo para mí. Lo cierto es que estuvo más de un mes viniendo a mi oficina, sentándose sobre el escritorio para hablarme de cualquier pavada, siempre dejando bien a la vista sus piernas largas y torneadas. La doctora Gutiérrez -Ana, Anita, Ani- tenía cuarenta y cinco años, aunque parecía que su cuerpo todavía no se había enterado de ese detalle. De cara no, de cara era otra cosa, no puedo dibujar ningún oxímoron o metáfora para atenuar el efecto, era -simple y llanamente- fea. De todas formas, qué me importaba la cara, yo tampoco soy lo que se dice un galán de cine. A ver si un día nos encontramos afuera de este antro para tomar un café, me decía; cuando quieras, le respondía yo; pero nunca agregaba nada más, pues, repito, me gustaba tener el honor de ser el único hombre del Juzgado que no se había acostado con ella. Abreviando, el jueguito de seducción duró poco más de un mes, hasta que al final acepté la invitación. Creo que fue el café más corto de mi vida, más corto que un ristretto, pues ni bien nos sentamos, ya estaba ella apurándome para que fuésemos al hotel más cercano para hacer aquello que siempre se esconde detrás del engañoso “ir a tomar un café”. Ana estuvo muy bien, no puedo agregar nada que me haya parecido excepcional, fue lo que fue: sexo pasajero. Después de aquel polvo express, nunca más lo hicimos, sin embargo, se generó entre nosotros una complicidad digna de destacar, al punto de que ella siempre venía a contarme sus nuevas aventuras. Ahora estaba para otras cosas más osadas, me decía, más audaces que acostarse con la caterva del Poder Judicial. Desde hacía un tiempo había comenzado a enrollarse con hombres a través de diferentes sitios o redes sociales, porque a ella le faltaba hacer algo en verdad diferente, tenía derecho a cambiar, aseguraba. Después de una serie de imbéciles, la oportunidad -por fin- le llegó, me la contó así:
El tipo, que ni siquiera le había mandado una foto, la citó en su casa a las 11 de la noche. Le dijo que la puerta de entrada del edificio, a esa hora, todavía estaría abierta, que sólo tocase el timbre del portero eléctrico para saber que había llegado, entonces él le dejaría la puerta del apartamento entornada y las luces apagadas, porque eso sí, la condición sine qua non era que ella, en ningún momento, lo viera. Lejos de preocuparse, Ana se excitó mucho más con este condimento venéreo. Entró, llegó a tientas hasta el dormitorio, siguiendo la música del... Perdón, vuelvo a abreviar, es que los abogados tendemos a hablar demasiado. Me dijo que el sexo fue desenfrenado, que lo habían hecho en todas las posiciones, en diferentes cuartos, y que no se habían ahorrado formas extremas. Según entendí, él le había dado unas buenas nalgadas. La preocupación de Ana comenzó al llegar a su casa, cuando se desvistió para ducharse, pues le pareció que algo no era normal. Quieres ver de qué se trata, me preguntó al otro día; por supuesto, le dije ansioso y cerré la puerta de la oficina con llave, entonces Ana puso la pierna derecha sobre una silla, se levantó la falda y me mostró que tanto el muslo como los glúteos estaban llenos de marcas muy claras de manos... pero todas de diferente tamaño.


Gracias Santiago.

22 de mayo de 2014

En tránsito


Estoy llegando tarde, estimo que deben haber pasado más de quince minutos desde que comenzó la clase. Ya en el pasillo alcanzo a escuchar su voz estentórea, entonces me corre un frío eléctrico por la espalda, pues me dijeron que es un profesor excelente, tal vez el mejor, el más sabio de la Academia de Bellas Artes, no puedo evitar sentirme avergonzado por mi atraso en el primer encuentro. La puerta está entornada, así que me demoro unos segundos más para verlo en acción: va y viene con pasos nerviosos, se detiene cerca de la pizarra, traza unos garabatos, gesticula con vehemencia, se apoya en el escritorio, suelta una carcajada... Es intimidatorio. Golpeo suavemente el vidrio esmerilado con los nudillos, me siento muy cohibido, pero la incomodidad llega al paroxismo cuando, por mi culpa, deja una frase (que intuyo magistral) a mitad de camino, suspendida en el abismo de un pronombre personal átono. ¿Discúlpeme, esta es el aula 324, usted es el profesor Arnulf Rainer? Le pregunto estas dos obviedades para ganar tiempo, para atenuar mi falta, no sé bien para qué, y después abro un poco más la puerta con la intención de escabullirme hacia adentro del aula. Entonces me doy cuenta de que no hay nadie más en el lugar, por primera vez en mi vida entiendo lo que significa recibir el mazazo de una verdadera sorpresa. Lo miro a los ojos y luego miro hacia los bancos vacíos, lo hago dos, tres, cinco veces, hasta que él comprende que se trata de una interrogación muda (wordless quedaría mucho mejor). Rainer da cuatro zancadas hasta quedar a menos de un metro de donde yo estoy, y me espeta, con un tono teatral de reclamo: ¿Qué es esa máscara, esa parodia de rostro que la sociedad ha cincelado en tu espejo? No le respondo nada, qué podría decir, apenas cierro la puerta y me retiro, mientras él vuelve al centro del aula y termina la frase que había dejado colgada en el lo. Me voy sin juzgarlo ni juzgarme, si me parece maravilloso ver cómo la realidad -una realidad cansada de tanta narración prolija y de atavíos afectados- transita hacia la ficción, ya sin ningún tipo de permisos o reparos.