19 de septiembre de 2014

Oscuridad


Siempre estaba oscuro cuando -desde mi cama- oía a mi padre tocar la campanilla de la bicicleta, una y otra vez, yendo y viniendo por nuestra calle de tierra. Ya cuando comenzaba a clarear, volvía a casa y se sentaba a la mesa de la cocina, donde solía comer tortas fritas, acompañadas con uno o dos jarros de café. No es que le tuviera miedo, pero pasó bastante tiempo hasta que me animé a preguntarle: Papá, qué haces todos los días tan temprano; despierto al sol, me respondió malhumorado, y luego -por lo bajo- agregó algo que me pareció una mala palabra. No dijo nada más, yo tampoco. Era así todos los días, a mí me gustaba oírlo desde la cama, antes de ir a la escuela. Sucedió que una madrugada sólo escuché silencio y eso me sobresaltó. Me levanté y salí de mi habitación para ver qué estaba pasando, encontré a mi madre apoyada en el quicio de la puerta, fumando un cigarrillo y mirando hacia afuera, hacia la oscuridad. No quise interrumpirla, pero muy pronto se dio cuenta de que yo estaba a su lado, entonces se agachó, me agarró la cara con ambas manos (el humo me hizo llorar un ojo) y me explicó: bueno, es que tu padre estaba cansado y decidió irse a otro lugar... lejos, no sé. Está bien, mamá, le dije y volví a mi cuarto. Por varios días quedé al cuidado de mi abuela, los dos parecíamos estar envueltos en una penumbra atenazadora de velas y candiles, hasta que -por fin- mi mamá regresó. Enseguida fue a buscar la bicicleta al patio y me la alcanzó. La faena de tu padre ahora será la tuya, me dijo, despertar al sol. Mi abuela me tocó la cabeza y murmuró, sollozando, pobre criatura, qué maldición tener que..., pero yo no creía que estuviera pasando algo malo, si el sonido de la campanilla de la bicicleta era tan alegre.

27 de agosto de 2014

Lázaro


Desde el preciso momento en que falleció, Lázaro dejó de ser el joven divertido, activo y bonachón de siempre, se lo veía triste y meditabundo, alejado de los placeres simples que tanto le habían gustado. Debido a su bonhomía, todos en su pueblo lo apreciaban, pues no había una sola persona que no hubiera pasado un momento maravilloso con él, por eso estaban tan preocupados por su cambio. Ahora el pobre Lázaro se pasaba el día entero acostado, sin ánimo siquiera para apretar el mando a distancia y ver una novela brasileña o Breaking Bad. Todos opinaban sobre su extraño comportamiento, pero nadie se animaba a encararlo y decirle algo que lo ayudara. Al segundo día, sus amigos se reunieron en el Club Social Betania para hablar de esta extraña actitud del finado Lázaro, allí cada uno dio su parecer, pero terminaron acordando que -en definitiva- era asunto suyo, que uno no podía andar metiéndose en la muerte de los demás así como así. Sin embargo, también concluyeron que el hecho de estar muerto no era razón suficiente como para alterar de tal manera sus hábitos y costumbres... su humor, qué embromar, si la muerte es parte de la vida y todos lo sabemos. Frente a tan grave problema que se había generado, una buena amiga tuvo el coraje de ir a hablarle sin pelos en la lengua, como suele decirse. Lázaro la escuchó con una atención extrema y sólo se manifestó cuando ella parecía no tener nada más que agregar. Le aseguró que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para volver a ser el mismo que la gente conocía, le pidió amablemente que agradeciera a cada uno por preocuparse tanto por él y su estado, pero le dijo que dejara pasar otro día, que la muerte era una cosa seria y que necesitaba cierto tiempo para adecuarse. Finalmente, tres días después de morir, Lázaro retomó sus actividades normales y todos los habitantes del pueblo se pusieron muy contentos, menos yo, claro está, pues había escrito el mejor obituario de mi vida y ahora tendría que guardarlo hasta vaya Dios a saber cuándo.

11 de agosto de 2014

La llevo en la sangre


Veamos cómo este breve relato -que viene del pasado- intenta abrirse paso por los largos y oscuros pasillos de la indiferencia, porque -a pesar de todo- él todavía quiere ser algo, algo para alguien, quiere ser algo que le llegue a alguien. Observemos cómo unas palabras deslustradas por el uso cotidiano buscan adquirir un poco de luz bajo la mirada creadora de un nuevo Lector.

Después de conducir varias horas por diferentes carreteras secundarias, sin un rumbo fijo, pero siempre tratando de mantener un patrón que no nos alejara mucho de la ciudad, con mucha expectativa, detuve el auto en el estacionamiento de un motel. El vehículo exhaló un bufido de animal hastiado, luego el silencio se hizo tan notorio que podía oírse el gorgoteo de los distintos fluidos mecánicos deslizándose por tubos y cavidades. No sé por qué me pareció que hay cosas que no tendrían que ser percibidas, ya que si bien el auto es una máquina, las máquinas también tienen derecho a guardar sus secretos, su intimidad. Suspiré profundamente y largué el volante, entonces puse mi mano al lado de su pierna, sin tocarla, después levanté la vista y busqué sus ojos, esperando una mirada cargada de sensualidad y asentimiento, pero ella me devolvió un gesto torcido y desagradable que hizo que volviera a poner el coche en marcha y apretase el acelerador a fondo, arrojando gravilla sobre los otros vehículos aparcados. Salimos escapando de allí como si fuéramos dos delincuentes. Desde hace unos meses nuestra relación se ha vuelto insostenible, ella no consigue superar todas esas barreras impuestas hace tantos años. Para qué seguir escondiéndonos, carajo -quiero convencerla-, si mi esposa nunca me importó y a ella su marido tampoco le interesa demasiado. Me dice que no es por ellos, que es porque no puede olvidarse de los gritos de papá aquella tarde de verano -bestias, engendros, monstruos- cuando nos encontró besándonos en la cama. No sé lo que pueda suceder, pero ya estoy harto de esta situación: sí, nos amamos, creo que ya es hora de que todo el mundo lo sepa, complicidad no nos falta, después de todo somos hermanos.


En homenaje a Claude Lévi-Strauss.

22 de julio de 2014

Hemisferios


Era una tarde de finales de julio o principios de agosto, no lo recuerdo bien, pero lo importante -lo fundamental diría- es que hacía mucho frío en este lado del planeta. Estaba sentado a una mesa del bar Kainos, en el barrio de Caballito, en Buenos Aires. Acababa de terminar el segundo capítulo de un libro de física cuántica de Eisberg & Resnick y me encontraba un poco aturdido después de tratar de entender eso del estatus ontológico de las nanopartículas, como cualquiera puede imaginar. Ya cansado de descifrar semejante jerigonza, suspiré profundamente, dejé el libro sobre la mesa y agité varias veces el brazo para llamar al camarero, me moría por tomar otro café con leche. Cuando por fin el hombre se acercó, me sorprendió que llevara puesta una bufanda verde, ya que no está permitido usar otras prendas que no pertenezcan al (horrible y tercamente marrón) uniforme oficial de ese establecimiento. ¿Le gustan esos temas?, me preguntó, señalando el libro sobre la mesa. Bastante, le respondí lacónicamente para que se diera cuenta de que me molestaba su intromisión, sin embargo mi parquedad pareció alentarlo, pues continuó más entusiasmado. Sé mucho de esas cosas, por… bueno, por casualidades que ahora no vienen al caso. Aunque no capté qué quiso significar con ese “casualidades”, lo dejé pasar. Entonces se colocó de espalda a los otros clientes que había en el bar y extrajo del bolsillo de su delantal un artefacto extraño, cilíndrico, de unos 10 centímetros de largo, que parecía una pila de monedas de distintos tamaños pegadas una encima de la otra. ¿Ve esto? Esto es una máquina teletransportadora, me dijo, y agregó de inmediato: No, no me mire como a un loco, ¿o usted cree que para teletransportarse se necesita de una parafernalia ridícula como la que aparece en la película “La mosca”? Yo no creo nada, si ni siquiera vi "La mosca", le respondí, medio defendiéndome. Con este aparatito, dijo e hizo una larga pausa, mientras lo apretaba y lo sacudía con el índice y el pulgar de la mano derecha, con este aparatito puedo enviarlo al lugar que usted desee, ahora, ya, adonde le plazca, no tiene más que decírmelo y en un santiamén estará allí, finalizó. Escuchar semejante delirio me hizo doler la cabeza, tuve la impresión de que, con sus palabras, el tipo me había cubierto con una capa oscura de polvo y que, así encerrado, me estaba mareando. Llevé mis manos a la cara para frotarme las mejillas, los ojos, la frente, como si quisiera lavarme el rostro sin agua. Cuando las retiré, lo vi a Xavi parado a mi lado, tenía el cuello envuelto en una gruesa bufanda verde, me preguntaba -en un tono de paciente insistencia, con ese característico español aderezado por el acento catalán- si iba a acompañar el café con leche con alguna magdalena o una empanadilla de cabello de ángel. No, no, así está bien, moltes gràcies, le dije. En ese momento me sentí como un fantoche, sí, un fantoche asustadizo sentado a una mesa del bar La Cantonada, ése que está por los Sis Camins, en Vilanova. Desde la ventana, alcancé a ver cómo se escapaba el Sol por detrás del bosquecillo de pinos carrasco y arbustos aromáticos que no permiten ver el Mediterráneo. Oscurecía y apenas eran las seis de la tarde, entonces comprendí que continuaba siendo invierno: eso me tranquilizó.

2 de julio de 2014

Herencia


Bajo una lluvia copiosa y desde muy cerca, ambos -mi padre y yo- acompañábamos el ataúd por el camino embarrado. Cuatro campesinos de la hacienda lo cargaban con gran dificultad, cuatro de esos miserables a los que mi abuelo había explotado durante toda su vida, mientras que otro centenar de infelices seguía el cortejo fúnebre desde sus casuchas, escondiendo los rostros detrás de las cortinas astrosas, haciéndose la señal de la cruz, temerosos de que el fantasma del viejo rompiera la tapa del féretro y saliese para martirizarlos, para molerlos a palos, como lo había hecho durante tantos años. Al volver a la casa principal, mi padre se sentó en el sillón vacante, el mismo que, en vida, mi abuelo jamás habría permitido que otro ocupase, mucho menos si se trataba de su propio hijo. Tal vez por eso se quedó allí un largo rato, quitándose el lodo de las botas con la boquilla de una pipa, mientras parecía rumiar alguna idea funesta. Yo lo observaba desde lejos, parado al lado de la puerta, expectante de su decisión. Basta, carajo, gritó enfurecido y dio un golpe sobre el escritorio con la fusta, luego hizo que sí con la cabeza, como si por fin se hubiera decidido a aceptar el hado perverso que siempre flotó en aquel cuarto. Desde ese momento, fue él quien pasó a hostilizar a los campesinos, incluso fue más cruel que mi abuelo, si es que se puede llegar a semejante límite de brutalidad, y ellos obedecieron mansamente, como de costumbre. Así ocurrió. Hoy es mi padre el que está siendo sepultado y también son cuatro los que llevan su cajón, yo lo acompaño bajo los rayos del sol de la tarde, pero me arden mucho más los cientos de ojos interrogadores que se clavan en mi nuca. Todos estos miserables esperan que yo, el tercero de la dinastía, asuma la conducta habitual, pero no, ya tengo un bidón de gasolina en el maldito cuarto. Esta noche voy a encender mi propio destino: apagando el de ellos. El fuego -entonces- borrará mi culpa, y después el agua lavará nuestros pecados.

12 de junio de 2014

Ius variandi


Ana tenía virtudes y defectos, como todo el mundo, pero lo que hacía que se diferenciara del resto de los funcionarios del Juzgado número 12 en lo Penal era algo que no entraba tan fácilmente en alguna de estas dos categorías, o, mejor dicho, el carácter de sus conductas dependía del sexo de la persona que realizara la apreciación. Para los hombres era una virtuosa, para las mujeres, una reventada. En fin, dejémonos de tantos eufemismos: la doctora Ana Luisa Gutiérrez, Prosecretaria, se había acostado con todos los hombres del Juzgado, desde el recién incorporado escribiente auxiliar hasta Su Señoría, el Juez. Incluso se corría el rumor de que ya había incursionado en los Juzgados lindantes. Conmigo el encuentro fue breve, tal vez demasiado breve, pero estuvo precedido por una rutina bastante larga y tediosa, porque yo no quería dejar de ser el único que le faltara en su lista, era como una pequeña hazaña que me reservaba sólo para mí. Lo cierto es que estuvo más de un mes viniendo a mi oficina, sentándose sobre el escritorio para hablarme de cualquier pavada, siempre dejando bien a la vista sus piernas largas y torneadas. La doctora Gutiérrez -Ana, Anita, Ani- tenía cuarenta y cinco años, aunque parecía que su cuerpo todavía no se había enterado de ese detalle. De cara no, de cara era otra cosa, no puedo dibujar ningún oxímoron o metáfora para atenuar el efecto, era -simple y llanamente- fea. De todas formas, qué me importaba la cara, yo tampoco soy lo que se dice un galán de cine. A ver si un día nos encontramos afuera de este antro para tomar un café, me decía; cuando quieras, le respondía yo; pero nunca agregaba nada más, pues, repito, me gustaba tener el honor de ser el único hombre del Juzgado que no se había acostado con ella. Abreviando, el jueguito de seducción duró poco más de un mes, hasta que al final acepté la invitación. Creo que fue el café más corto de mi vida, más corto que un ristretto, pues ni bien nos sentamos, ya estaba ella apurándome para que fuésemos al hotel más cercano para hacer aquello que siempre se esconde detrás del engañoso “ir a tomar un café”. Ana estuvo muy bien, no puedo agregar nada que me haya parecido excepcional, fue lo que fue: sexo pasajero. Después de aquel polvo express, nunca más lo hicimos, sin embargo, se generó entre nosotros una complicidad digna de destacar, al punto de que ella siempre venía a contarme sus nuevas aventuras. Ahora estaba para otras cosas más osadas, me decía, más audaces que acostarse con la caterva del Poder Judicial. Desde hacía un tiempo había comenzado a enrollarse con hombres a través de diferentes sitios o redes sociales, porque a ella le faltaba hacer algo en verdad diferente, tenía derecho a cambiar, aseguraba. Después de una serie de imbéciles, la oportunidad -por fin- le llegó, me la contó así:
El tipo, que ni siquiera le había mandado una foto, la citó en su casa a las 11 de la noche. Le dijo que la puerta de entrada del edificio, a esa hora, todavía estaría abierta, que sólo tocase el timbre del portero eléctrico para saber que había llegado, entonces él le dejaría la puerta del apartamento entornada y las luces apagadas, porque eso sí, la condición sine qua non era que ella, en ningún momento, lo viera. Lejos de preocuparse, Ana se excitó mucho más con este condimento venéreo. Entró, llegó a tientas hasta el dormitorio, siguiendo la música del... Perdón, vuelvo a abreviar, es que los abogados tendemos a hablar demasiado. Me dijo que el sexo fue desenfrenado, que lo habían hecho en todas las posiciones, en diferentes cuartos, y que no se habían ahorrado formas extremas. Según entendí, él le había dado unas buenas nalgadas. La preocupación de Ana comenzó al llegar a su casa, cuando se desvistió para ducharse, pues le pareció que algo no era normal. Quieres ver de qué se trata, me preguntó al otro día; por supuesto, le dije ansioso y cerré la puerta de la oficina con llave, entonces Ana puso la pierna derecha sobre una silla, se levantó la falda y me mostró que tanto el muslo como los glúteos estaban llenos de marcas muy claras de manos... pero todas de diferente tamaño.


Gracias Santiago.

22 de mayo de 2014

En tránsito


Estoy llegando tarde, estimo que deben haber pasado más de quince minutos desde que comenzó la clase. Ya en el pasillo alcanzo a escuchar su voz estentórea, entonces me corre un frío eléctrico por la espalda, pues me dijeron que es un profesor excelente, tal vez el mejor, el más sabio de la Academia de Bellas Artes, no puedo evitar sentirme avergonzado por mi atraso en el primer encuentro. La puerta está entornada, así que me demoro unos segundos más para verlo en acción: va y viene con pasos nerviosos, se detiene cerca de la pizarra, traza unos garabatos, gesticula con vehemencia, se apoya en el escritorio, suelta una carcajada... Es intimidatorio. Golpeo suavemente el vidrio esmerilado con los nudillos, me siento muy cohibido, pero la incomodidad llega al paroxismo cuando, por mi culpa, deja una frase (que intuyo magistral) a mitad de camino, suspendida en el abismo de un pronombre personal átono. ¿Discúlpeme, esta es el aula 324, usted es el profesor Arnulf Rainer? Le pregunto estas dos obviedades para ganar tiempo, para atenuar mi falta, no sé bien para qué, y después abro un poco más la puerta con la intención de escabullirme hacia adentro del aula. Entonces me doy cuenta de que no hay nadie más en el lugar, por primera vez en mi vida entiendo lo que significa recibir el mazazo de una verdadera sorpresa. Lo miro a los ojos y luego miro hacia los bancos vacíos, lo hago dos, tres, cinco veces, hasta que él comprende que se trata de una interrogación muda (wordless quedaría mucho mejor). Rainer da cuatro zancadas hasta quedar a menos de un metro de donde yo estoy, y me espeta, con un tono teatral de reclamo: ¿Qué es esa máscara, esa parodia de rostro que la sociedad ha cincelado en tu espejo? No le respondo nada, qué podría decir, apenas cierro la puerta y me retiro, mientras él vuelve al centro del aula y termina la frase que había dejado colgada en el lo. Me voy sin juzgarlo ni juzgarme, si me parece maravilloso ver cómo la realidad -una realidad cansada de tanta narración prolija y de atavíos afectados- transita hacia la ficción, ya sin ningún tipo de permisos o reparos.

10 de mayo de 2014

El otro lenguaje


Mirad, no tengo rostro, lo que exhibo es la cara del instante. (Edmond Jabès)

Me gustaría precisar con exactitud qué edad tenía cuando ocurrió por primera vez, tal vez cinco o seis años, no sé, ahora que soy viejo veo toda mi vida como un sueño brumoso, si es que alguna persona sueña sus sueños brumosos: yo no. Era de mañana, mi madre acababa de colgar la ropa en el tendedero de la terraza, entonces me pareció todo muy claro: unos calcetines al lado de unos pantalones al lado de una camiseta al lado de una toalla... Tuve la certeza absoluta de que allí se escondía otro lenguaje, recitado a través de colores, tamaños y formas; un idioma que podía ser interpretado de la misma manera que se hace una exégesis de las banderolas que flamean en las playas, advirtiéndonos, siempre advirtiéndonos sobre lo que nos puede pasar si no les hacemos caso. La ropa de esa mañana decía que mi papá no era quien yo creía, el que venía cada tanto a casa, el que me traía regalos, el que nos llevaba los domingos a Sitges para ver el mar. Aquello fue tan nítido y demoledor que permití que el día se hiciera de noche, me dormí allí mismo, en un rincón de la terraza, como si nunca antes hubiera dormido. Cuando desperté continuaba siendo de noche y mi madre había estado buscándome todo el tiempo. Me gritó, me castigó, me abrazó y besó y yo no dije ni una palabra. Nunca más dije una palabra, pero desde aquel día, arropado en un silencio terco, atravieso calles, me meto en jardines y patios, atisbo balcones y me paro en las aceras para leer el idioma de la ropa colgada (recuerdo muy bien aquella esquina de La Barceloneta, creí que mi mente no iba a soportar tantas historias diferentes), porque la ciudad está colmada de mensajes -es extraño que nadie lo haya notado- y mis lecturas siempre fueron precisas: leí nacimientos y viajes, leí pasiones y leí traición, leí muertes, leí triunfos y fracasos, leí gritos desesperados, leí soledad. Y aunque no pueda asegurar a qué edad exacta comenzó -tendría cinco o seis años, no más-, sé que desde ese momento pude entenderlo todo, absolutamente todo, menos esta urgencia flagrante de querer que alguien hoy me entienda a mí. Por eso, después de tomar un té y de arrojar las migas de pan a los gorriones que se amontonan en el patio (malditos pájaros hitchcockianos), después de colgar un viejo pañuelo junto a mis calcetines de algodón en el tendedero de la ventana, ahora me siento a esperar a que alguno pueda descifrar mi mensaje. Las agujas del reloj corren lentamente, la espera es el óxido del engranaje de mi tiempo.

Dedicado a Maria Isabel Quental

22 de abril de 2014

El presente de su pasado


5
Sabía que estaba cayendo muy bajo, pero creí que se debía a que me encontraba exhausto, a que necesitaba un descanso, nada más. No me había dado cuenta de cuán grave era el asunto hasta que ella entró en la oficina para pedir que le hiciéramos ese trabajo. La reconocí de inmediato: era Claudia. A pesar de que ya no era una jovencita, se veía tan hermosa que sentí lástima de mí y de toda la horda de feos que habitamos este planeta. Avanzó golpeando los tacones contra el parqué y se sentó en el sillón de los Clientes, frente al escritorio. Sin demasiados introitos, me dijo que, después de haberlo meditado mucho, deseaba ejecutar el Procedimiento, pero exigió que estuviera excelentemente realizado y que nadie debía enterarse. Me aseguró que nos pagaría muy bien si lo conseguíamos, y si no, bueno, que nos conformásemos con quinientos euros, los cuales arrojó sobre mis hojas de anotaciones. Los miré como si nunca hubiera visto dinero en mi vida, eran cinco billetes nuevos, de un verde casi tan atractivo como el de su vestido. Por algo nos dieron la matrícula de Detectives del Tiempo, le dije con cierta arrogancia, sin embargo Claudia no pareció impresionarse. Se puso de pie y encendió un cigarrillo, sin importarle un rábano el cartel enorme de PROHIBIDO FUMAR que había en la pared. Salió del lugar con un lacónico “usted es sólo un Ayudante, hable con su Jefe, espero novedades”. Ni bien cerró la puerta, le hice caso, tomé el teléfono y llamé a mi Jefe, volvíamos a tener un caso interesante, le dije.
4
Comenzamos a visitar a Claudia en el presente de su pasado. Nótese que no digo que la visitábamos en su pasado, pues nada sería más equivocado, la visitábamos en el presente de su pasado, como a cualquier Cliente que se anima a ejecutar el Procedimiento. El Procedimiento -todos lo saben- le brinda al ciudadano la posibilidad de verse (y vivir) hoy momentáneamente en su ayer, con los riesgos que esto implica, claro está. A veces me cuesta ser preciso, lo sé, pues para nosotros, los Detectives del Tiempo, todas estas categorías apenas significan (algo así como) un continuo y abrumador exactamente ahora. Quiero aclarar que mi Jefe y yo nunca nos involucramos en nada extraño -como tantos-, siempre seguimos rigurosamente el protocolo establecido desde hace más de un siglo por la Comisión Universal del Tiempo, cuando se descubrió la Entrada. Los Ayudantes no podemos llevar adelante el Procedimiento, ni siquiera estamos autorizados a hablar con los Clientes mientras el mismo está en marcha, eso tiene que hacerlo un Jefe, sin embargo, en muchas ocasiones se nos permite cerrar el protocolo o sellar los Pasillos Temporales. La labor de un Detective del Tiempo consiste en revelar situaciones, instantes, circunstancias, pequeños detalles; todos fundamentales, todos pretéritos, que han sido decisivos para la vida de los Clientes, pero que ellos no han podido percibir en su momento, o que simplemente los han olvidado. Decía, entonces, que comenzamos a visitar a Claudia en el presente de su pasado, pero con ella fue diferente desde el comienzo, cuando la reconocí al entrar en la oficina. Yo tenía serias razones para querer decirle algo más, mi Jefe se dio cuenta apenas le presenté el caso, pues -hasta es ocioso aclararlo- él también conoce nuestra propia dimensión temporal.
3
Claudia había estado muy enamorada de Augusto, su marido, pero desde hacía unos años ya no sentía lo mismo, necesitaba volver a revivir aquellos días, aquel estado de ensueño de cuando lo conoció, por eso había decidido ejecutar el Procedimiento, para recuperar emociones, como todos. Ya la habíamos visitado varias veces en distintas pruebas preliminares y así constatamos que no era difícil llevarla hasta el Trance, pero ese día se iniciaba el Procedimiento propiamente dicho, etapa 3, código azul, vamos, lo importante. Cerramos fugas y abrimos el Pasillo Temporal, entonces Claudia pudo ver a un Augusto joven jugando al tenis en una cancha cercada por un enrejado, sí, era la del club de su barrio. Estaba vestido de blanco, ejercitando su volea y repitiendo el saque... Lo pierdo, murmuró Claudia, entonces tuvimos que enfocar más el campo para que, por otro breve instante, volviera al presente de su pasado. Claudia ahora estaba colgada de la reja de la cancha y suspiraba por el muchacho, después se vio regresando a su casa, arrojada sobre la cama pensando en él, hasta llegó a escuchar los gritos de su madre, retándola.
2
Miré al Jefe, él también me miró y me dijo que sí en voz baja. Entonces fui yo el que le habló a Claudia. Le pedí que observara un poco más hacia la derecha, que se fijara en el otro muchacho que siempre se escondía detrás del árbol mientras ella se idiotizaba por el tenista. Es verdad, dijo, hay un chico muy delgado, de cabello lacio y piernas separadas, ahora puedo distinguirlo claramente, asomando su cabeza y haciéndola desaparecer cada vez que me doy vuelta. Es verdad, me espía y yo lo veo, pero no le doy importancia, porque es feo, porque sólo tengo ojos para Augusto. Un momento... ahora el chico está llorando. Cuando lo dijo, el alma se me estrujó. Al notarlo, el Jefe me hizo una seña y se lo largué: Claudia, ese chico que llora soy yo, y cerré el Pasillo Temporal sin respetar el protocolo, corté el Trance en el momento más crítico, la dejé allí, flotando en un purgatorio intemporal. No sentí culpa, miedo ni remordimiento, nada de lo que pudiera venir tenía la menor relevancia.
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Me parece que caí tan bajo porque me encontraba exhausto, necesitaba un descanso urgente, nada más. Dicen que a todos los Detectives del Tiempo les pasa: mi cuerpo no se entendía él mismo, y yo (todo yo, me refiero al sujeto, ente, ser, individuo) no conseguía cambiar el estado de los acontecimientos. Cuando me acostaba me sucedía siempre lo mismo: me adormecía poco a poco y así también me despertaba, pero nunca estaba completamente dormido o despierto. Al principio se me dormía un dedo, el meñique pongamos por caso, después el brazo, la pierna, las uñas, el cabello, pero a esa altura ya comenzaba a despertárseme el dedo, justo cuando se me dormía el hombro. La mente no se me dormía nunca: creo que ésa fue mi falta grave.
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