26 de julio de 2015

Rompecabezas


En contra de los que sostienen que "el conocimiento es poder", como afirma Francis Bacon y otros tantos detrás de él, desde finales del siglo XVI hasta la actualidad, muchos consideran que el conocimiento no tiene nada de bueno, incluso que es extremadamente peligroso. Mi experiencia, mi ideología, en fin, todas mis creencias me llevan a estar de acuerdo con estos últimos, pues basta con remover un poco la historia de la Humanidad para que nos demos cuenta de que los que saben siempre han sufrido mucho más que los que no, que el conocimiento es una mácula funesta tatuada sobre el cuerpo individual y social, que es tortura y dolor: un castigo infernal. Creo que estoy haciendo un introito demasiado extenso y dramático, mejor voy directo a lo que quiero contar. Sé que lo leí en las páginas de algún libro, pero no me acuerdo en cuál. Tal vez haya sido en La Divina Comedia, o en el Necronomicon, o en el Libro de Amduat, o…, en fin, para qué voy a seguir barajando nombres si no recuerdo con exactitud la obra, hacerlo significaría un ejercicio ostensible de vanidad erudita. Lo que sí recuerdo con claridad es que decía que uno de los castigos más terribles que un condenado podía padecer en el Infierno, aún peor que ser lanceado por centauros, más aterrador que estar colgado de la lengua bajo una lluvia de fuego, más grave que ser constantemente sodomizado por sátiros, peor que tener que comer excrementos humanos y beber sangre de ratas, era armar rompecabezas de caras humanas. Visto con ojos inocentes, parece más un juego que un martirio, cualquiera lo elegiría, pero cuidado, no hay que cometer el error fatal de evaluar estas cosas con liviandad, alguno ya debe haberse casado y lo sabrá muy bien. Lo cierto es que el desgraciado se encuentra encadenado a una mesa de hierro, sin comida ni agua -esto es común para todos los habitantes del averno-, mientras tiene que encastrar las piezas en el lugar correcto de una cara, pues por cada equivocación que comete sufre torturas todavía mayores, eso decía el libro, un poco contradictorio en este punto. Así, a medida que cada pieza encaja, un rostro va tomando forma, entonces este penado del Infierno se une al ser vivo al cual el rompecabezas ya prefigura y ambos comparten algunas pesadillas, tribulaciones e ideas obsesivas, como si los dos fueran dueños de un mismo espíritu. Cuando el condenado coloca la última pieza, al fin conoce a la persona, entonces el poseedor del rostro del rompecabezas es acometido por un desasosiego desesperante, un vacío y un dolor tan profundos que no ve otra salida que no sea suicidarse. Y como sucede con todo suicida, va derecho al Infierno, ya que debe pagar por el daño cometido contra su vida, allí es condenado al peor castigo: armar rompecabezas de caras humanas hasta completarlas y saber a qué personas pertenecen esas caras, entonces tienen el poder de arrastrarlas al mismo tormento, formando un círculo interminable y aterrador.

26 de junio de 2015

La boda


Pedro acababa de cumplir 47 años y todavía estaba soltero, por primera vez en su vida sintió que la presión de los cánones sociales comenzaba a hacerle mella. Todos sus amigos ya se habían casado hacía años y tenían como hijos a unas bestias adolescentes que, cada vez que lo veían, le decían tiito para hacerlo cabrear. Él los detestaba por eso, aunque nunca lo hubiera confesado. Pero valga aclarar que no es que a Pedro le molestara estar solo, sino que a los demás parecía incomodarles que no tuviera una pareja o algo que se le asemejara. El estigma de la soltería se le había vuelto tan ignominioso que varias veces intentó forzar una solución, sin embargo, cada vez que invitaba a alguna dama a salir, la candidata lo rechazaba de plano, pues existía una seria sospecha de que Pedro escondiera algún defecto muy grave. Vamos, en realidad, todas las mujeres creen que un hombre soltero con más de 40 años debe tener alguna tara inconfesable, no sin cierta razón. Estaba atrapado en un círculo vicioso, y por más que él lo deseara, no podía escapar de allí, así que la idea le pareció genial, una conclusión perfecta que también le pondría fin a los tantos sinsabores que había tenido en su vida amorosa: se casaría con él mismo. Si hay matrimonios heterosexuales, homosexuales, uniones de hecho, sociedades de convivencia y otras tantas cosas más, no veo por qué no puedo casarme -o como se llame- conmigo mismo, se dijo. Estamos en el siglo XXI, carajo, todo es posible, se alentó, aunque está claro que la iglesia no va a admitir este vínculo, reflexionó de repente, pero enseguida se dio cuenta de que no sería exactamente un vínculo y de que él jamás había sido un tipo religioso, por lo tanto, ese obstáculo estaba sorteado desde el principio. Buscaría un juez liberal, o un jefe espiritual, o un capitán de barco -quienquiera que avalase la boda- y dos testigos; alquilaría un salón de fiesta para muchos invitados, se compraría una alianza de oro blanco y el traje más caro de Armani, y también se regalaría una luna de miel inolvidable en la Islas Vírgenes, tampoco iba a ser tan mediocre y cursi como para llevarse a sí mismo a Acapulco o a Miami. Algunos de sus amigos creyeron que había perdido la razón, que deliraba, a otros les pareció que la determinación se adecuaba muy bien a su tipo de personalidad narcisista, aunque nadie supiera muy bien qué significaba aquello, pero todos coincidían en que querían pasar una noche divertida y con buena comida, nada más. Pedro programó el acontecimiento para el sábado 22 de agosto, en apenas dos meses, y se dedicó a organizarlo todo de manera que fuese el casamiento soñado. Durante ese tiempo pudo escuchar las diferentes campanas, las que estaban a favor y las que no, ya que al hacerse pública su decisión, la sociedad se había dividido y luego enfrentado en violentos debates televisivos, pero nada de eso modificó sus planes. En fin, el día llegó. La ceremonia se celebraba en el salón de actos de un colegio privado laico de su barrio, que había ofrecido sus instalaciones como forma de promocionar la libertad que allí se permitía. Desde la mañana la calle fue llenándose de personas -animales más que personas- que se empujaban para tener un lugar privilegiado y así ver en detalle el ingreso del novio, pero también había muchos medios de prensa, porque todo el mundo estaba pendiente de este acontecimiento insólito. Incluso una firma de indumentaria deportiva que promueve el Just do it había costeado la totalidad de los gastos a cambio de que él usara las famosas zapatillas deportivas en la boda y que el hecho quedase registrado por las cámaras. Después de atravesar la multitud de curiosos, Pedro entró en el colegio y caminó por el pasillo del salón con paso firme y sentido, de fondo sonaba I don’t want to miss a thing de Aerosmith, le había parecido la música más apropiada, a pesar de que estaba bastante quemada. Miraba hacia los bancos, a ambos lados, con los ojos enrojecidos por la emoción, tanta que terminó contagiando a los presentes. Llegó al púlpito improvisado al frente del salón y se dispuso a disfrutar del rito del himeneo. En vista de que era una sola persona, no hubo demasiados prolegómenos, pero igual tenía que conocer cuáles eran las obligaciones que debía cumplir para consigo mismo, el juez podía ser un viejo notario, borracho y retirado, pero aun así insistió en que había ciertos pasos que no podían obviarse. Escuchó la perorata con atención hasta que finalmente llegó el momento más esperado, el funcionario le hizo la pregunta de rigor: Pedro Vázquez Soriano, ¿aceptas a Pedro Vázquez Soriano como legítimo esposo y te comprometes a serle fiel y a cuidarlo, tanto en la salud como en la enfermedad, hasta que la muerte…, hasta que, en fin, hasta que la muerte te sobrevenga? Después de un breve silencio, se escuchó un “no” ahogado y sin embargo claro. El estupor fue general, incluso para el propio Pedro que no sabía por qué se había negado a aceptarse, pero era evidente, hasta los de los bancos del fondo llegaron a escucharlo, había dicho que no, una voz que no parecía la suya había salido desde el fondo de la garganta y se había recusado. Entre angustiado y furioso, arrojó el anillo y el arreglo floral al piso y salió corriendo del lugar, sin permitir que nadie lo detuviera. Ya en la calle, los periodistas lo rodearon y casi le metieron los micrófonos en la boca para que se explicara, aunque, a los golpes, Pedro logró desembarazarse de ellos y escapar en el auto de un amigo, sin hacer comentarios. Así fue como sucedió. Pasaron varios meses de aquella noche catastrófica y la gente muy pronto se olvidó del asunto, como siempre, pero Pedro no deja de preguntarse por qué se negó. Sin embargo, lo que más lo atormenta no es que no pueda determinar qué parte de su ser no quiso unirse consigo misma, sino que todavía sigue soltero, y que todas esas bestias adolescentes continúan llamándolo tiito.

5 de junio de 2015

Aula Magna


Se arroja sobre el sillón con tal abandono que el cuero parece soltarle un pedo rezongón, al tiempo que se oyen varias risas contenidas por todo el recinto académico. Bastante avergonzado, el profesor saca un pañuelo de algún lugar secreto que está debajo de la toga y comienza a limpiar el vidrio de los anteojos con una seriedad extrema y aleccionadora, luego se los coloca y entonces puede ver mucho mejor. Sabe que el sueño caerá sobre él como un halcón en picado ni bien el candidato a doctor comience la defensa de su tesis. Está condenado a escuchar, por horas, palabras tales como fiduciario, derecho supletorio o jurisdicción, pero también tendrá que soportar otras menos conocidas para los familiares presentes -animus lucrandi, onus probandiexceptio doli-, cuando el examinado crea que debe lucirse. Mientras aguarda, su mente se pasea por el patio de su casa, por la conversación con el taxista, por el almuerzo, por la falta de tiempo para dormir una siesta. Intuye que, en el futuro, ese día será como cualquier otro, pero hoy es hoy y ahora es ahora, maldita sea. La fatiga ya recorre su cuerpo como un líquido viscoso. Para no quedarse dormido, se remueve en su sillón y mira al público, hacia los primeros asientos del Aula Magna. Ve a una chica que tiene un cuaderno abierto sobre el regazo y un bolígrafo en la mano, anota algo, incluso antes de que se inicie ese rito que él considera tan aburridor. Advierte que ella tiene el cabello largo y rubio y, por lo que puede llegar a apreciar, un cuerpo sustancioso y apetecible. En este momento, a él le gustaría abandonar los suyos para penetrar en los pensamientos de la joven, en realidad, para penetrar en su cuerpo, porque el sueño, paradójicamente, le ha despertado su propia entrepierna, que hasta hace un rato parecía estar destinada a dormir para siempre. Penetrar a esa chica, evidentemente, está fuera de toda lógica, murmura. Sorprendido por su falta de mutismo y para defenderse de sus ideas venéreas, comienza a reflexionar sobre la cantidad de veces que se coartan las discusiones con esa expresión: evidentemente, usada siempre para cerrar cualquier asunto, como también para descalificar al interlocutor. E-vi-den-te-men-te, dicen, y después largan una conclusión traída por los pelos, pero ¿evidentemente qué?, si nada es evidente, ni siquiera mi erección, se jacta. En fin, es casi seguro que el sujeto que en minutos exponga su tesis va a ser aprobado por todos los docentes y se convertirá en abogado, otro más. Pero este distinguido miembro del jurado de la mesa examinadora, evidentemente, jamás va a conquistar -mucho menos penetrar- a la bella muchacha de la primera fila.

3 de mayo de 2015

Idiotizado por el odio


Empiezo por aclarar que (no siempre lo odié) esto no es ningún cuento, se trata más bien de (un rencor añejo) un testimonio: quiero hablar de una inquietud avasalladora que fue conquistando mi mente como (una enfermedad) el brazo de un río que se adentra (en mi espíritu) en suelo firme y que lo inunda con (ideas macabras) los años. Desde hacía un tiempo venía sintiendo que (tenía que matarlo) mi cabeza no estaba funcionando como (lo imaginaba) antes, no sé, era una sensación indefinida, pero (apremiante) tangible. La imagen (imagen) más adecuada que se me ocurre para explicarlo es la de (una bala entrando en) una idea que tiene que atravesar (su corazón) una sustancia roja y viscosa para llegar a tener una forma concreta. Mi pensamiento estaba (bien cuidado) lento, arrastrado, pesado. Llegué a sospechar que (podrían descubrirme pero) la causa podía ser (un suicidio) la edad, tengo más de cuarenta años, aunque preferí no profundizar en este aspecto. Después de todo, no (dejaría rastros) soy tan viejo, no al menos como para (delatarme) evidenciar un franco deterioro mental. Todo ocurrió cuando (me visitó) encontré un viejo texto guardado en mi (casa) ordenador. Cuando lo vi, fue como un estremecimiento, una sacudida, un (odio) embate que vino desde (lo más hondo de mí) adentro de mi cabeza. Es que antes escribía así, me (preparé) pregunté. Casi sin proponérmelo, descubrí que (no iría a ser difícil) me había idiotizado, que hacía largo tiempo que (quería acabar con él) estaba así. Sin embargo, sucedió algo paradójico: en el preciso momento en que (lo asesiné) se me reveló mi anquilosamiento mental, también entendí que (lo había amado profundamente) exactamente ése volvía a ser un acto inteligente. Me di cuenta de que (nunca debí haberlo matado) estaba idiotizado y de que (no) dependía de mí revertir la situación..., o (sí) no.

27 de marzo de 2015

Confiteor


Creo que puedo afirmar, sin temor a quedar como vanidoso, que soy una persona bastante sociable. Bueno, es que en verdad me gusta vincularme con la gente, generar lazos, estar al tanto de lo que sucede en diferentes ámbitos, por eso -entre otras cosas- suelo ir a todas las fiestas o reuniones a las que me invitan, aunque la única persona que conozca en el lugar sea la que decidió llevarme. Todo va bien hasta que esa misma persona que me invitó, en algún momento en el que se produce una pausa silenciosa, tiene la despreciable idea de señalarme con el dedo y decir en voz alta, para que todos lo escuchen: Un minuto de atención, por favor, quiero que sepan que mi amigo es escritor. Uuuh, perolaputamadre. En ese instante sucede algo muy difícil de explicar, la comunicación de mi compañero provoca una oleada de vibraciones sutiles en el aire, muy parecidas a las del efecto doppler, que hacen que la atmósfera de la reunión cambie, como si todos los concurrentes -lenta y gradualmente- se acomodasen en sus sillas y adquirieran atributos que segundos antes no habían mostrado, la indecisión del Príncipe Hamlet, el idealismo del Quijote, la desvergüenza de Ana Karenina, la crueldad del payaso Pennywise; es lo más parecido que puedo imaginar a un cambio repentino de dimensión o de plano. Lo cierto es que después de algunos comentarios y preguntas acerca de mi actividad, todo vuelve a la normalidad y los invitados continúan comiendo, bebiendo y contando sus aventuras cotidianas. Pero no, eso es pura apariencia, un engaño, ya que la información queda registrada en la mente de cada uno y ya nada es como en un principio. Entonces, en algún momento en el que sólo estoy prestando la cara porque no tengo otra cosa mejor que hacer que reflexionar sobre la enorme cantidad de insectos que hay en la selva amazónica, descubro que varias personas están mirándome fijamente, sonriendo con picardía. Hasta que alguna se anima y me lo suelta: Supongo que estarás tomando nota de todo lo que hablamos, ¿no? Con nuestras anécdotas vas a tener letra para escribir un libro entero, Yo callo, sí, callo y aprieto los labios para no dejar escapar una sílaba, pero digo que sí con un movimiento idiota de cabeza, ofrezco una sonrisa indulgente y bajo la mirada, mientras por dentro le grito al tipo que no, que ninguna de las historias que contaron podría servirme para escribir nada de nada, porque son cosas obvias, aburridas, frívolas, triviales, le revelo que ni siquiera podría armar una oración interesante basada en lo que oí durante la reunión. Sin embargo, al tiempo me sorprendo escribiendo -con mucho empeño- un texto atípico como éste, un inclasificable que roza la confesión lisa y llana, y entonces me doy cuenta de que ellos, los invitados, tenían toda la razón.


Dedicado a Ato.

9 de marzo de 2015

Hiancias


Cuando en el parque vi que esa mujer venía arrastrando a su perro con la correa, no sé por qué, pero algo del sentido de la realidad -de mi realidad, claro- se trastocó. En principio, me pareció que llevaba dos perros, uno grande montándose a otro más pequeño, sin embargo, a medida que fueron acercándose, pude precisar que se trataba de un solo perro, y que era el efecto de la correa tirando del enorme abrigo marrón que vestía al animal lo que me había hecho creer que eran dos. Vaya, La dama del perrito, Chéjov, pensé.

Era invierno y hacía mucho frío, es decir, nada fuera de lo común. Serían las 10 de la mañana y el paisaje urbano se veía fatal y completamente gris. Aunque nunca hubiera puesto un pie en Hungría, andaba yo paseando por Budapest, doblaba por aquí, me detenía allí, seguía más allá: caminaba al azar. De pronto, desde una ventana cualquiera de la callejuela por la que estaba transitando (creo que era la Kende Utca) me llegó una hermosa melodía tocada con un violoncelo. No sé por qué, pero en ese momento algo del sentido de la realidad -de mi realidad, claro- se trastocó, me di cuenta de varias verdades que me parecieron demoledoras, catastróficas: conocía la melodía (me encantaba), pero supe en el acto que no lograría determinar quién era el autor ni cuál era el nombre de la obra, como tampoco podría localizar la ventana precisa de la cual provenía el sonido, ni conocería jamás al (o a la) violoncelista que la ejecutaba, entonces me angustié al pensar en el número gigantesco de hiancias que se producen en un breve instante, tantas que me sentí una cosa insignificante, como un perrito. Sí, un perrito arrastrado por una dama que tiene mucha prisa. Mejor entro en un bar a echarme una bebida fuerte al estómago, me dije, abusando de mi lenguaje egocéntrico, sea infantil o literario.

El pensamiento necesita huecos, señores, necesita grietas, agujeros negros, vaginas existenciales… hiancias, porque por esas hiancias -palabra que el DicdelaRealAcadEsp se obstina en no aceptar- el pensamiento se escabulle antes de que el pensador lo sorprenda, incluso antes de que él, el propio pensamiento, se sorprenda a sí mismo como causa, camino o resultado.

Dije la frase de corrido y suspiré largamente al terminarla, luego miré alrededor, desafiante, buscando que alguien me contradijera para. Entonces golpeé la barra con la palma de la mano derecha y vociferé: a ver, un vaso de pálinka. Era una orden más que un pedido. Me lo trajeron. El pálinka, este pálinka, dije, levantando el vaso para mostrárselo a los cinco o seis parroquianos que me observaban un poco asustados, es la hiancia que ahora necesitamos tanto yo como mi pensamiento. Y lo bebí de un solo trago. Dejé el vaso vacío en una mesa cualquiera y salí del lugar con esa paz que sólo se siente después de haber confesado una incapacidad delante de otros, fue una de las mejores cosas que me ocurrieron en una mañana gris y fría. Moreover, ése fue el impulso necesario que -a posteriori- me llevó hasta Budapest para inventar esta historia, para vivir dentro de ella y después contarla, y para entender cuán pequeño -o grande- puedo llegar a ser.

Ahora que están pasando justo delante de mí puedo asegurarlo sin temor a equivocarme, lamentablemente en este parque nadie se monta a nadie, es sólo una dama tironeando de un perro, un simple perrito abrigado y sobón.

14 de febrero de 2015

Verano


Hacía varios días que la temperatura no aflojaba, las calles parecían un paisaje del planeta Marte, o incluso peor, parecían las puertas mismas del Infierno, la gente no quería abrirlas ni para ir trabajar. La culpa era del maldito cambio climático, un verano así podía enloquecer a cualquiera, decían todos. Eran las 2 de la tarde y el calor no permitía respirar, el termómetro ya marcaba 38 grados, pero la humedad lo haría llegar hasta los 43, como mínimo. En menos de una hora volverían los padres, después de una semana de vacaciones, y allí, en la casa, la abuela no estaba ni en condiciones de mover un dedo, así que alguno de los dos hermanitos tendría que limpiar todo ese desastre que habían hecho en la sala. ¡Ana!, gritó Diego desde su habitación en la primera planta, sin soltar el joystick de la PlayStation, ve a ayudar a la abuela. El niño había aprendido muy bien, era el varón y era el mayor, tenía sus privilegios. Sin embargo, la niña hizo como que no lo había escuchado, total, qué le importaba si esa inmundicia quedaba allí o no, ella estaba tranquila mirando la televisión, donde un ratón con cara de trastornado corría a un gato con un hacha. ¡Anaaaa, te dije que bajaras a ayudar a la abuela!, insistió Diego, pero Ana no levantó su culo transpirado de la silla, tenía los ojos clavados en los espejismos de la pantalla, en la que una musiquita pegadiza y repetitiva acompañaba las acciones. Ahora el gato ya no tenía cabeza, pero el ratón iba por más. Estaba decidido, Ana no iba a moverse y Diego no pensaba bajar, nadie iba a limpiar aquella asquerosidad que ambos habían dejado en el medio de la sala: un cadáver en estado de descomposición le daría la bienvenida a los padres.

Diego acaba de marcar un gol con su Neymar virtual y Ana sigue inmersa en los dibujos animados, pero ahora ha comenzado a canturrear la musiquita de la tele, lo hace en voz muy baja, they fight, they bite... Esa musiquita insidiosa se mantendrá por mucho tiempo en los oídos de la familia, y quedará asociada para siempre a este verano tan raro.

27 de enero de 2015

Película


Estábamos en la playa, sentados uno al lado del otro, viendo cómo el sol se escondía detrás del mar, hacía un poco de frío, me pareció que era el momento ideal, de película. Mientras dibujaba rayas y círculos sobre la arena con un palillo, comencé a hablar, mejor dicho a balbucir, pues trataba de contarle algo que me importaba mucho, que me costaba mucho contar, pero ella, así, de la nada, se volvió hacia mí y me interrumpió: Una de las escenas de película que más me ha conmovido es el principio de Der Himmel über Berlin. ¿Cuál?, le pregunté; Las alas del deseo, creo que así la tradujeron en español, me respondió lacónicamente. ¿Y por qué te gusta?, volví a preguntar para ver a dónde quería llegar. En realidad, tenía la esperanza de que sus palabras la llevasen a evitarme la confesión, o a completarla, aún mejor. Bueno, es difícil de explicar, no sé si viste el filme, pero en esa escena la cámara adopta el punto de vista de los ángeles que sobrevuelan la ciudad de Berlín, ellos pueden... oír -hizo ese gesto típico de colocarle comillas al aire con los dedos índices y medios- los pensamientos de la gente, principalmente los pensamientos más abrumadores, los más duros y tristes, porque, como te imaginarás, los ángeles acompañan a los que sufren y se compadecen de ellos. Hizo una pausa, dio un largo suspiro y continuó hablando: Es que yo me identifico con los ángeles, porque, como ellos, soy de esas personas que se sienten atraídas por el dolor, siempre me veo impulsada a ser solidaria con el sufrimiento ajeno. Me parece muy bien, la alenté, entonces eres un ser maravilloso, lleno de compasión, de piedad, de... Ella asintió moviendo la cabeza y volvió a mirar hacia adelante, hacia el mar negro, pues ya no había más sol. Sí, puede ser, dijo finalmente. Su mensaje fue muy oportuno, había traído esa escena en el preciso momento en el que yo estaba abriendo mi corazón, tratando de decirle que la quería desde hacía mucho. Claro que yo también recordaba la escena de apertura de Las alas del deseo: un cielo nublado y gris, ese ojo enorme, los tejados de Berlín, unas personas atravesando la calle, alguien que lleva un cochecito de bebé, el ángel observándolo todo desde arriba, la niña que lo descubre. Entonces tuve ganas de maldecir y de ponerme a lloriquear como un crío, aunque supiera muy bien que, ese atardecer, ningún ángel iría a compadecerse de mí por la película penosa que yo mismo me había montado.

23 de diciembre de 2014

Exsistere


El escenario que ambientaba el funeral del viejo filósofo parecía ser el más apropiado, como si lo hubiera imaginado y escrito un guionista burdo que buscase amoldar su propio concepto de realidad al arte en general. La mañana estaba oscura y fría, caía una llovizna tan fina que se colaba por todos lados, de fondo sonaba, arrullador, el Quinteto de cuerdas en do mayor de Schubert, y se habían formado diversos grupos en los que se debatían las ideas del pensador o se repetían sus aforismos a la manera de cánticos rituales. Los elogios parecían no tener fin. Cuando llegó el turno de los oradores, los veteranos aseguraron que había sido el hombre más sabio de su generación, los jóvenes se arriesgaron a proclamar -con esa solemnidad temerosa de los novatos- que, gracias a su aguda capacidad de introspección y análisis, él había abierto el camino para una renovada forma de existencialismo, pero absolutamente todos destacaron que nadie en su vida había puesto semejante tesón para alcanzar un conocimiento tan profundo y acertado del sí mismo. Sin embargo, la última palabra -digamos- la tuvo el muerto. Cuando quitaron el paño que cubría la lápida, en letras doradas sobre el mármol negro, pudo leerse el siguiente epitafio: "En verdad nunca supe quién fui". Frase que había sido tallada según el deseo del propio filósofo. Entre carraspeos y miradas que se evitaban, los concurrentes comenzaron a dispersarse con fingido disimulo, envueltos en un silencio casi ensordecedor, apenas perturbado por el arrastrar desengañado de los zapatos sobre la gravilla. Ya cerca de la salida del cementerio, uno de los más cercanos colaboradores del pensador se acercó a otro colega y, bamboleando la cabeza, le dijo en voz baja: Qué hijo de puta.

7 de diciembre de 2014

Dios es una regla


A mí me parece que Dios es una regla que se usa para medir el mundo, dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular. Había estado absorto en mis pensamientos y, de repente, me salió esa frase imprevista -incoherente diría-, en el medio de una cena con amigos, una frase que no tenía nada que ver con ninguno de los tantos temas que habían estado sobrevolando la comida. Se quedaron todos expectantes y yo no sabía qué hacer o decir, por eso les ofrecí una sonrisa idiota, como pidiendo disculpas, y para indicar que ya había vuelto de vaya a saber dónde y que buscaba conectarme con ellos de nuevo. Bueno, es que justo estaba acordándome de mis clases de piano..., cuando era niño, expliqué. Pero la relación entre unas clases de piano y Dios como regla seguía siendo un misterio para todos, incluso para mí. Las caras de incertidumbre y los cubiertos detenidos en el aire estaban poniéndome nervioso, así que no lo dudé un segundo, dejé el tenedor al costado del plato y comencé a decir lo primero que me viniera a la cabeza, cualquier cosa. Bueno, es que estaba recordando a mi profesora de música de la escuela, Sor Ana, una monja bajita y rechoncha que se sentaba al lado de nosotros en el piano, con una regla en la mano, y que nos daba un golpe en los nudillos -paft- cuando nos equivocábamos alguna nota o cuando quería corregir una posición incorrecta. Ja, no puedo imaginarme que alguien se haya convertido en un pianista decente después de someterse a semejante método de enseñanza, reflexioné. Mis amigos seguían mirándome fijamente, silenciosos y atentos a lo que vendría después. A mí me parecía que la relación se había vuelto bastante clara, ya era suficiente: la regla de Dios era la que usaba su representante, Sor Ana, para impedir que los niños se volvieran pianistas, era una metáfora, el problema ya no era mío, era de ellos que no podían entenderlo. No tenía nada más que decir, no obstante agregué: En fin, otro pequeño gran enigma que quedará sin respuesta. Por suerte, uno de mis amigos me rescató al cambiar enseguida de tema -fútbol, creo-, entonces yo aproveché para servirme un poco más de ensalada Waldorf. Por Dios... Está deliciosa, le aseguré a la anfitriona.