9 de febrero de 2012

Snapshot 3-21

Era una niña, una eterna niña de 29 años.

Le dijo no te muevas, quédate quieta, y ella pensó que ese extranjero le sacaría una hermosa foto, ya que el paisaje era el de su aldea, su Tierra de Oz. Alelada le sonrió a la brisa y la brisa le revolvió la melena, por eso levantó la mano, para arreglársela y así salir mejor.

Entonces vio el flash.

Ella no podía entender que esos fuegos no eran de festejos, ni que estaban en guerra y mucho menos que lo que tenía delante no era una cámara, sino el cañón de un fusil.

2 de febrero de 2012

El escritor y su recuerdo eterno

Se había sentado en el borde del muelle, con las piernas colgando peligrosamente hacia fuera. El río fluía con calma y se respiraba un aire húmedo. Hacía varios minutos que tenía el lápiz en ristre, pero aún no le llegaba una sola idea interesante sobre la cual escribir. Así, quieto, parecía una estatua en cuyos ojos de vidrio se reflejasen -fusionados- los últimos rayos de sol y las primeras luces artificiales. Y un centelleo íntimo de velas que nada tenía que ver con brillo, sino más bien con oscuridad. Creyó, entonces, que ya no le importaban las miradas diabólicas del recuerdo eterno, sin embargo, no pudo esquivar la artera idea de que todo lo que había escrito era sólo basura carente de talento. Cuando se dejaba guiar por la presunción que tenía de ser un excelente juez, su yo crítico hacía una carnicería con su yo escritor. Pero siempre lo rescataba el pensamiento sobón que le aseguraba que lo bueno -lo mejor- estaba por venir. Por eso había llevado un lápiz y un cuaderno, porque tenía la certeza de que siempre había un buen relato esperándolo allí, sentado en el borde del muelle, con las piernas colgando peligrosamente hacia afuera.

-Tal vez un día se deje caer-


Basado en “Las velas iluminan el recuerdo eterno” de la artista Liliana Lucki: http://lilianalucki.blogspot.com/

21 de enero de 2012

El Mártir

-Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre…

La frase le había quedado incrustada en su mente después de que su abuela lo llevara a escuchar misa cuando él tenía sólo cinco años. Ese convite lo había marcado de una forma especial, ya que nunca más pudo ver al vino como vino, sino como sangre, como la Sangre de Dios.

Aquella noche de marzo, sus amigos no habían conseguido droga, el dealer había caído en una redada policial y todo indicaba que se quedarían sin diversión. Sin embargo, uno de ellos aseguró que podían inyectarse vino, que era como estar borrachos, pero sin el malestar estomacal. Y a él le pareció que la idea no estaba nada mal, pues lo alejaba de su dios acercándosele.

Así que lo hizo.

Salió corriendo por el pasillo hacia la calle, sentía que le faltaba el aire, que la cabeza le estallaba y que una catarata de lava bullente peregrinaba por su cuerpo. Entonces supo que iba a morir -dicen que siempre se sabe-, pero no se sintió asustado ni triste, apenas frágil, frágil como cualquier mortal que se hubiera atrevido a beber ambrosía: esas son cosas de dioses.

15 de enero de 2012

Segundo tiempo (o un relato bien porteño)

Después de veinte años, me encontré por casualidad con Alejandra en una calle del centro de Buenos Aires. Fue un momento extraño, ninguno de los dos decía nada, pero ambos queríamos tender un puente con el cual pudiésemos atravesar rápido esa fosa que el tiempo colma de alimañas. Sin mucho acierto, farfullamos algunas palabras que apenas sirvieron para poner más en evidencia nuestra incomodidad. Para salir rápido del ridículo, la invité a tomar un café y a charlar un rato. Qué más da, pensé, esa tarde no tenía mucho que hacer.

Ella hablaba y yo la miraba sin prestar demasiada atención a lo que me decía, la observaba absorto mientras mi cabeza trabajaba a mil. El problema era que esta Alejandra se había convertido en una caricatura de aquella chica que había estado conmigo hacía dos décadas. Sus rasgos eran los mismos, pero estaban exagerados, desvirtuados por la caja de resonancia de los años. Recuerdo que me dijo que todavía seguía viviendo en el mismo barrio, que se había casado, que tenía un hijo y que ese hijo era hermoso e iba a sexto grado y… Entonces sacó una foto de su carterita marrón y me la alcanzó. La miré simulando interés y se la devolví enseguida junto a una sonrisa falluta. Alejandra comenzó a recorrerla con el dedo índice a la vez que me contaba que en muchas ocasiones había pensado en mí y que había querido verme, pero que no había tenido manera de encontrarme. Me confesó que no estaba bien con su marido, que iban a separarse y que cientos de veces se había preguntado qué habría sido de nosotros si nuestra relación hubiera prosperado. Ahí me lo largó:

-¿Cómo creés que sería volver a casa... a nuestra casa, si ahora viviéramos juntos?

Le aseguré que no tenía la menor idea y, levantándome, le dije que debía irme sin falta. Dejé un billete de 20 mangos sobre la mesa, y en una servilleta de papel manchada con café le dibujé cualquier número de teléfono.

-¡Llamame, eh!- la animé.

8 de enero de 2012

El Monsieur de los anillos

Caminábamos con mi novia por la orilla del Sena, era una tarde soleada, íbamos de la mano y parecían confluir todos los tópicos recurrentes y cursis que representan el romanticismo estereotipado. De pronto, un señor que venía hacia nosotros se agachó y levantó algo del suelo. Miró el objeto, nos miró a nosotros y se arrojó a mis brazos, emocionado, dándome una cantidad innecesaria de besos. Luego extendió la palma de la mano para mostrarme que lo que había encontrado era un anillo. Aparatosamente, fue probándoselo en varios dedos, pero no le quedaba, así que me lo ofreció, diciéndome: Un cadeau, pour vous, un cadeau. ¿Cadó es regalo?, le pregunté a mi novia, y agregué: mira, me lo está regalando y creo que es de oro. No consideraba correcto aceptarlo, por supuesto, pero él insistía en que me lo quedara, a la vez que me hacía entender con gestos que sólo le diera algo de dinero para comer. Agarré el anillo, evalué el peso, el color y leí que en su interior decía “18 k”. Le dije entonces al hombre: Monsieur, it’s un or ring, d’ya understand, c’est d’or? Oui, oui, me respondió él, e insistió: c’est por vous, mon ami, un cadeau. Rebusqué en mi bolsillo y encontré 3 euros con 50, se los di y en seguida comenzó un tedioso tira-y-afloje del que salí triunfador. No más de 3 euros con 50. ¿No será un embuste?, me preguntó mi chica; puede ser, le respondí, pero vale la pena probar, y me fui feliz con mi anillo de oro en el bolsillo de la parka.

Lo primero que hice al otro día fue acercarme hasta el Boulevard Magenta, cerca de la Gare du Nord, para vender el anillo. Por el peso, calculé que me darían unos 200 euros, pero una risa burlona del vendedor me hizo comprender la maniobra. Claro, no era de oro, el tipo lleva decenas de anillos falsos que arroja delante de los turistas para cambiárselos por dinero. Sí, había caído en un engaño muy tonto. Viste que era un cuento, me asaeteó con crueldad mi novia, apenas salimos del negocio. Bueno, tenía que jugarme, le respondí ya algo molesto, sólo fueron 3 euros con 50, unas monedas, nada, enfaticé.

Ahora bien, no sé si sentirme más estúpido por haber caído en el cuento del tío versión française o por estar pagando 7 euros por un cappuccino en este bar de Montmartre, donde estoy garabateando esta historia simplona como si me creyera Henry Miller escribiendo Trópico de cáncer.

1 de enero de 2012

Esa mancha

Yo era apenas un bebé cuando mi padre murió. Muchos me dicen que ni siquiera lo conocí, que no debería afectarme tanto, pero nadie sabe que no fue su muerte en sí lo que me acompaña como un fantasma desde aquellos días, sino la causa. Mi papá murió en la guerra, en aquella estúpida guerra iniciada por un milico borracho que creyó que con un par de gritos podría recuperar Las Malvinas: Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla. Entonces vinieron y nos ganaron. Pero el problema -mi problema, quiero llegar rápido a él- es que mi papá murió sin disparar un solo tiro. No es que lo haya sorprendido una patrulla británica o un mercenario gurkha antes de que pudiera defenderse, no, mi padre murió de miedo, su corazón de 19 años no pudo soportar las explosiones de los primeros morteros K-63 cerca de su trinchera. Sí, murió de miedo, se hizo en los pantalones y murió y esa maldita mancha me persigue como un lobo hambriento que necesitara devorar la poca dignidad que le queda a este hijo de un cobarde.

25 de diciembre de 2011

Un cuento de Navidib

Cuando la madre le pidió que se quedara tranquilo, que Papá Noel le traería los regalos que tanto deseaba; el niño rogó que no fuera ese gordo sudoroso y repugnante que se mete en la cama con ella, mientras su papi cuida la fábrica por las noches.