19 de julio de 2017

El programa


Hace unos meses me invitaron a participar en un programa cultural de radio. Me llamó un tipo que se presentó como el jefe de producción y me dijo que, después de haber leído mis últimos libros, le parecía que yo era la persona más apropiada para hablar del futuro de la literatura y de otras cuestiones relacionadas con las letras contemporáneas. Tuve ganas de preguntarle si él consideraba que la @ era una letra contemporánea, pero me lo guardé y le dije que sí sin tantear. Más tarde me di cuenta de que tendría que haberme hecho desear un poco, de que hubiera sido mejor indagar sobre qué tipo de programa era, el nombre, si hablaban de política, si se trataba de una radio under o de primera línea…, no sé, como mínimo preguntarle a qué hora salía al aire, porque justo este último punto fue el que mayor desazón me causó cuando lo supe: iba los martes de 3 y media a 5 de la madrugada. Desde hace un tiempo estoy tratando de llevar una vida más saludable, me despierto a las 7 de la mañana, salgo a correr una hora, tomo un baño con sales aromáticas, desayuno cereales con exprimidos naturales de frutas con la mayor concentración de antioxidantes y recién entonces me siento a escribir en el ordenador. Así que tener que estar despierto a la hora en que la audición salía al aire significaba romper mi rutina, no poder dormir bien, lo cual no era el mayor problema, una trasnochada no le hace mal a nadie, lo grave era que tenía serias dudas de que a esa hora pudiera decir algo brillante. No tardé demasiado en notar que había omitido un factor todavía más grave: a las 3 y media de la mañana no habría nadie del otro lado que escuchase mis apreciaciones. Estuve todo ese día evaluando si debía cancelar mi participación o no, pero mi espíritu obsesivo me impedía cometer semejante suicidio psicológico, porque quiero que quede bien claro que lo mío no se trata de responsabilidad o respeto, no, se trata de cumplir con la palabra hipotecada, de no fallar, que es muy diferente.
La noche del encuentro seguía encabronado por haber aceptado la invitación tan de prisa, por eso quise compensar mi error llegando sobre la hora. Me tomé un buen tiempo para elegir un par de libros míos, señalar qué trechos iba a leer o a comentar y, al fin, salir hacia el lugar. Cuando entré en el estudio, me di cuenta de que éramos solo cuatro personas en la radio: el guardia de seguridad de la puerta, el técnico de sonido, el locutor y yo. Todos teníamos ese aire de ensoñación letárgica que esconde un sueño reprimido a duras penas. El locutor me recibió con cierto desinterés y me invitó a que me sentara frente al micrófono y me colocara los auriculares, me hizo notar que había llegado un poco retrasado y que por eso no habíamos podido tener una charla previa para pactar de qué íbamos a hablar, me dijo que el programa ya-ya estaba saliendo al aire. Detrás del cristal, el técnico levantó el brazo derecho como haciendo el saludo fascista, cerró la palma de la mano pero dejó el dedo índice en ristre, enseguida lo bajó e hizo que sí con la cabeza. Una luz roja se encendió en el estudio. “Aquí estamos, viajeros de la madrugada, adláteres de los libros, centinelas de las quimeras”. Cuando escuché aquella gansada me llevé las manos al rostro y maldije por dentro, cómo se me había ocurrido que me irían a invitar a mí, justo a mí, a un programa decente.
En fin, la entrevista transcurrió con la lentitud propia de una babosa arrastrándose por el piso, intercalada con pausas musicales anestésicas y anuncios publicitarios de comercios barriales. El locutor me hacía las preguntas y se quedaba mirándome fijo, pero no me veía, su cabeza estaba colocada en una almohada imaginaria, lejos de aquel lugar. Yo trataba de ponerle un poco de entusiasmo a las respuestas, pero dudo que lo haya conseguido, los silencios en el diálogo eran tan largos que me aturdían. Si me preguntaran qué dije, en verdad no lo recuerdo y poco importa, porque largaba lo primero que venía a mi mente, creo que hablé del bustrófedon, de fútbol, de la preponderancia de la espiral en la realidad culta, de las Kardashian. No sé.
Cuando salí de la radio ya se veía la claridad del nuevo día, lo primero que hice fue llamar a mi novia por teléfono para preguntarle qué le había parecido el programa; ¿El programa, hum..., qué programa?, ah, discúlpame, mi amor, es que anoche me he olvidado y ahora estaba durmiendo, me respondió sin afectar siquiera un poco de aflicción o fastidio; No te preocupes, bonita, será la próxima vez, le dije, sabiendo que nunca habría una próxima vez y que nuestra relación había llegado al final.
Era abril, hacía un poco de frío, así que me ajusté el suéter, encajé mis libros debajo del brazo izquierdo, metí las manos en los bolsillos del pantalón y fui medio al trote hasta el McDonald's de la esquina. Una Cajita Feliz con doble ración de fritas y una bebida de un litro, por favor, le pedí a la dependiente, que me miró con extrañeza, entonces agregué, vaya programa, ¿no?, dicen que los gustos hay que dárselos en vida.

17 de julio de 2017

El retorno del Jedib


ESTIMADOS AMIGOS: Quiero decirles que, después de casi un año y medio de inactividad, este blog volverá a la vida los primeros días de agosto. Confieso que necesité estar en silencio durante tanto tiempo, fundamentalmente, para poder escribir con un objetivo diferente y para ordenar mis prioridades, pero ahora me gustaría volver a disfrutar de este espacio como lo hacía en su inicio, sin presión, sin apuros, sin obsesiones.
Los que deseen obtener gratuitamente mi último libro, Ecos de la Nada, encontrarán el link abajo, allí podrán descargarlo en formato epub.
Un fuerte abrazo a todos y que la Fuerza los acompañe.


28 de abril de 2016

Shinpu


Volvía de la ciudad a pie, como todas las noches de martes, viernes y sábados. No eran más de tres kilómetros, el primero lo hacía por una calle de asfalto que atravesaba el pueblo en toda su extensión, desde el río hasta la estación Iyo-Saijō, y los dos restantes por un camino de tierra que corría -en cierta forma- caprichoso, uniendo las casas de los que habíamos elegido vivir en la montaña. Algunas veces recorría el trayecto en bicicleta, pero la bicicleta siempre me ensuciaba los pantalones con grasa o con barro, o hacía que transpirara demasiado y no me viera tan aseado como mi trabajo lo exigía: yo era uno de los tres meseros del único restaurante decente de Shikoku.
Ese viernes estaba bastante cansado, habíamos servido la cena anual del personal de la empresa Hayashi, unas treinta personas, y yo no había parado ni un segundo de llevar bebidas o de remplazar platos sucios por limpios, así que volvía a casa con la mente en blanco, tratando de no pensar en nada, menos en ese tipo de asuntos raros, aunque ahora todo me parezca raro y confuso. Cuando algún escéptico me pregunta si esa noche había bebido alcohol o si conseguía ver bien por dónde caminaba, siempre le digo lo mismo, no bebo ni una gota de sake cuando trabajo, y llevo una pequeña linterna en el bolsillo, pero es innecesaria, los que vivimos en las afueras sabemos que no hace falta, que la noche se parece mucho a un día despejado.
Levanté la vista porque, justo encima de mi cabeza, oí un sonido grave y vibrante que me hizo temblar todo el cuerpo, incluso la tierra que pisaba, como si dios hubiera pronunciado una erre descomunal. En principio, pensé que se trataba de un trueno, pero no, aquello era un zumbido tan inquietante e irreal que casi no puedo explicar. Me agaché instintivamente y lo que vi pasar por el cielo no fue exactamente un avión, sino el esqueleto de un avión, una maqueta de aeromodelismo gigante hecha de un metal negro y opaco. Agucé la vista y me pareció que no había nada dentro, podía ver el cielo salpicado con algunas estrellas a través de aquel armazón pelado. Era todo muy extraño, no encontraba una explicación y la necesitaba con urgencia, lo primero que me vino a la cabeza fue que se trataba de un experimento del gobierno, de un nuevo prototipo no tripulado que había perdido el control. Lo cierto es que el armatoste siguió en picado unos doscientos o trescientos metros más y se estrelló al costado del camino. Cuando golpeó contra la tierra no hizo ningún ruido, pero se incendió de inmediato, y así de rápido también se extinguió el fuego. Yo sabía que alguna vez iba a presenciar un accidente, un terremoto u otra catástrofe, en realidad, era algo que había deseado ocultamente, pero en ese momento me resultó ominoso, como sucede con cualquier deseo prohibido o macabro que -por desgracia- se hace realidad. Estaba clavado en el lugar, sin animarme a dar un paso en ninguna dirección. Cuando apenas quedaban unas escasas columnas de humo tenue, vi que de los restos chamuscados salía un hombre, avanzaba hacia mí trastabillando, errático, con los brazos estirados, de manera implorante y, a la vez, amenazadora. A medida que se aproximaba, me di cuenta de que sus rasgos me resultaban familiares, demasiado familiares, tuve tanto miedo que cerré los ojos con fuerza y comencé a tararear la Canción de las rosas, al rato, cuando los abrí, todo estaba como si nada hubiese pasado.


Diario personal del Teniente Yukio Seki, 24 de octubre de 1944, 23.15 hs. Finalmente llegó, esta es la noche previa al primer ataque. Como no puedo dormir me entretengo pasando las páginas del manual To-Go de manera automática, sin concentrarme demasiado en lo que dice, pero no importa, ya conozco todas las instrucciones de memoria: Elimina cualquier pensamiento sobre la vida y la muerte. Sigue recto por la pista. Respira tres veces y di mentalmente Yah, Kyu, Joh. Sé alegre de corazón y alma. Acelera al máximo hacia el objetivo. Los dioses y los espíritus de tus camaradas muertos estarán contemplándote. Grita Hissatsu y lánzate, luego serás un dios... Pero no quiero ser un dios, ni estar en el Santuario Yasukuni, solo desearía volver a mi ciudad natal, a mi montaña con sus caminos serpenteantes, a los cerezos floridos, a los brazos de la mujer que espera un hijo mío; pero no, alguien me condenó a subirme a un caza Zero y a que, desde mañana, me estrelle una y mil veces, cada noche, a la hora en que los fantasmas se visten de premonición y salen a buscarle algún sentido a lo que ya nunca lo tendrá.

14 de febrero de 2016

Tengo tanto frío


Me pidieron que esa noche cuidara a doña Matilde, la viejecita del 4° A. Su enfermera había llamado a último momento para decir que no podía asistir y no había nadie que la reemplazara, y como yo vivo sola y me da lo mismo quedarme en casa a leer mis libros de poesía que salir por ahí un rato, pues bien, les dije que sí. A los hijos, a sus dos hijos, a ellos les dije que sí.
Ya me parecía que le pasaba algo malo, porque hacía bastante tiempo que no me cruzaba con ella en las escaleras. Lo habitual era que la encontrara al volver yo de hacer las compras, cuando ella salía a dar su paseo de media mañana, siempre bien vestida y maquillada, arreglada con collares y aretes tan encantadores que me mataban de envidia. Por eso, admito que también acepté cuidarla por curiosidad, era mi oportunidad para saber si su apartamento se adecuaba a su imagen de anciana elegante y refinada. Por el aspecto de doña Matilde, imaginé que tendría una casa lujosa, con sillones capitoné de pana y candelabros de bronce pulido, estatuillas de mármol sobre muebles de estilo y grandes arañas de cristal, pero no, apenas entré vi que el lugar se caía a pedazos, que los ambientes estaban casi vacíos, y que los pocos muebles que había eran baratos y estaban todos rayados, escorados como barcos a punto de hundirse, seguramente comidos por los insectos, supuse. En fin, la anciana tenía lo indispensable para poder guardar tres o cuatro cositas insignificantes, nada más. Confieso que ese panorama lastimoso me hizo sentir un raro deleite, a veces la desgracia ajena me levanta un poco el ánimo.
Cuando vinieron a llamar a mi puerta, los hijos me contaron que su madre estaba postrada desde hacía unos meses. Todo había comenzado con molestias en la espalda que luego se transformaron en fuertes dolores de columna y que terminaron en una espondilitis no sé qué, que la llevó a la invalidez total. Ahora necesitaba alguien que la auxiliara en todo momento, una enfermera o una persona de confianza, como yo, pues ellos no podían estar allí todo el tiempo, tenían sus propias familias a las que dedicarse, y tampoco se trataba de dejar a su madre con una…, con una, bueno, que así es la vida, que le vamos a pagar cincuenta euros por diez horas, me dijeron, y luego me acompañaron hasta el cuarto de doña Matilde. Se detuvieron en seco en el marco de la puerta y me presentaron en voz baja, como si formaran una pareja de criados veteranos que le anunciara, no sin temor, las malas noticias del día a su patrona. Yo intentaba espiar hacia dentro por la V que se formaba entre los hombros de ambos hijos, pero no llegué a ver nada, apenas si escuché:
-Mamá, aquí está la vecina del 3° B, ¿la recuerdas? La señora…, la señora… ¿Cómo era su nombre? Ah, sí, Graciela, ella va a cuidarte esta noche, ¿vas a portarte bien, no?, mira que…
Mira que qué, pensé, ¿sería una advertencia, una amenaza? Cuando por fin se hicieron a un lado para que yo pudiera pasar, doña Matilde me observó con recelo, entrecerrando los ojos, y después negó lentamente, como dando a entender que no me había reconocido, sin embargo, sonrió con amabilidad y me dijo hola, querida, siéntate aquí en esta silla a mi lado y cuéntame cómo están las cosas en la calle, en el barrio. Por el rabillo del ojo vi que los hijos salían furtivamente. La verdad es que no necesitó demasiados preámbulos para soltarme la lengua, desde que Antonio se fue yo me encerré en mi mundo, no se me presentan demasiadas oportunidades para hablar con alguien, así que comencé a contarle sobre la nueva estatua de la plaza, los pillos del mercado, las rebajas de las grandes tiendas, las últimas novelas que había leído; pero al poco rato doña Matilde ya no me escuchaba, se había quedado dormida. Entonces me detuve a examinarle el rostro con atención, aquella cabeza magnánima que veía descender por las escaleras ahora parecía una gran nuez con los ojos hundidos y varias mechas de cabello pajizo en uno de los polos, mientras que los dientes postizos le colgaban inertes en esa rajadura ominosa con forma de boca. Lo dicho, se veía como esas nueces que, al partirlas, están cubiertas de hilillos pegajosos que rodean el fruto negro y reseco. Me impresionó, no quería seguir mirando aquella monstruosidad, así que decidí ir al baño a hacer pis y así pasar el mal rato, pero ella debía tener un sensor de movimiento, pues apenas me puse de pie, sus ojos emergieron de las órbitas como dos pichones de buitre hambrientos, entonces me dijo, con voz quejumbrosa:
-Tengo tanto frío, querida.
-No se preocupe, doña Matilde, ahora le traigo una manta y ya verá cómo enseguida se le pasa.
Yo tenía un poco de calor, pero, pobre mujer, me dije, saber que va a estar así, atada para siempre a una cama, debe hacerla sentir helada de desconsuelo. En el cuarto había un armario, y dentro del mueble encontré dos frazadas gastadas, una de ellas se veía más liviana, la saqué y se la puse sobre los pies.
-No me cubras sólo los pies, tápame también el cuerpo, es que tengo mucho frío.
Hice lo que me pidió con mucha dulzura y pareció calmarse, así que volví a sentarme, decidida a aguantarme las ganas de hacer pis y esperar a que se durmiera nuevamente, pues ya eran las 2 de la mañana. Sin embargo, Matilde no quería pegar los ojos, comenzó a contarme de don Gregorio, su finado esposo, de cómo había llegado a Capitán de navío en menos tiempo que todos sus compañeros de promoción. La escuché con paciencia hasta que el sueño me venció a mí, es más, estaba soñando que Paul McCartney se casaba con la reina de Inglaterra y que yo le llevaba la cola del vestido cuando oí la súplica:
-Ay, tengo tanto frío, querida, no puedo más.
La vieja ya comenzaba a fastidiarme, pero no quería que se diera cuenta, fui sumisa hasta el armario y agarré la segunda manta, que era de lana apretada y pesaba mucho, no podía fallar. Se la arrojé sobre el cuerpo con brusquedad, lo reconozco, pero ella no dio muestras de haberlo notado, al contrario, estiró una sonrisa satisfecha y se quedó mirándome fijamente a los ojos de nuevo, como esperando algo más. Pero qué quiere esta vieja ahora, pensé, que le cante una canción de cuna, que le cuente el cuento de caperucita roja y el lobo, es lo único que me falta.
-¿Qué? ¿Necesita algo más, doña Matilde?, dígamelo de una buena vez así ya se duerme, ¿no le parece?
-Es que tengo tanto frío que no logro conciliar el sueño, ¿no me agarrarías la mano? -y la deslizó hacia fuera de las mantas, como si fuera una rama grisácea, o un bicho extraterrestre, no sé qué, yo se la tomé con cierta repugnancia. Estaba helada, eso hay que reconocerlo.
-Qué bien, querida, ves, ahora sí me siento un poco mejor.
-Me alegro, pero ya está, es hora de cerrar los ojos y…
-¿No te acostarías aquí a mi lado?
-¡Qué!
La pregunta me dejó de piedra, nunca había cuidado a nadie, no tenía ni idea de lo que suele pedir la gente postrada, pero me pareció que acostarse al lado de un enfermo no era algo normal. En fin, estaban pagándome un buen dinero, lo necesitaba y quería que la vieja se durmiera de una puta vez, por qué no aceptar. En definitiva, me acosté en una pequeña franja de cama en la que apenas cabía. Ni bien lo hice, sentí un olor penetrante que me dio ganas de vomitar, pero traté de contener el aliento y respirar por la boca. Todos los viejos acaban adquiriendo ese tufo ácido tan característico, seguramente yo también lo tendré en algunos años, reflexioné.
-Ven, acércate más, es que tengo tanto frío, mucho…, mucho frío.
-Matilde, así ya está bien, déjeme de…
-Es mejor si te metes debajo de las sábanas, anda.
-Pero que ya está bien, carajo, yo vine aquí para cuidarla, no para soportar…
-Métete, querida, sólo tú podrías quitarme este frío.
-¡Me cago en la puta madre! Es lo último que hago, ya me parece que usted se está abusando, no soy un oso de peluche, ¿sabe?
-No, así no, ven más cerca, arrima tu cuerpo al mío y dame tu mano…
-Mierda, es que…
Tomó mi mano derecha y lentamente fue llevándola hacia abajo, entonces entendí de qué iba la cosa…, y sí, lo hice, qué joder, si al final nadie iba a enterarse, ni siquiera la propia Matilde.
Cuando llegaron los hijos por la mañana, al ver a su madre, se deshicieron en agradecimientos y felicitaciones, me pagaron los cincuenta euros pactados y me dieron diez más de propina. Estaban muy conformes. Me dijeron que yo había hecho exactamente lo que ellos esperaban que hiciera. Les agradecí muchísimo, ese dinero me venía muy bien a esa altura del mes, pero nada se comparaba con la extraña dicha de ver a doña Matilde así, tan quieta, si hasta tuve la ilusión de que roncaba.