28 de abril de 2016

Shinpu


Volvía de la ciudad a pie, como todas las noches de martes, viernes y sábados. No eran más de tres kilómetros, el primero lo hacía por una calle de asfalto que atravesaba el pueblo en toda su extensión, desde el río hasta la estación Iyo-Saijō, y los dos restantes por un camino de tierra que corría -en cierta forma- caprichoso, uniendo las casas de los que habíamos elegido vivir en la montaña. Algunas veces recorría el trayecto en bicicleta, pero la bicicleta siempre me ensuciaba los pantalones con grasa o con barro, o hacía que transpirara demasiado y no me viera tan aseado como mi trabajo lo exigía: yo era uno de los tres meseros del único restaurante decente de Shikoku.
Ese viernes estaba bastante cansado, habíamos servido la cena anual del personal de la empresa Hayashi, unas treinta personas, y yo no había parado ni un segundo de llevar bebidas o de remplazar platos sucios por limpios, así que volvía a casa con la mente en blanco, tratando de no pensar en nada, menos en ese tipo de asuntos raros, aunque ahora todo me parezca raro y confuso. Cuando algún escéptico me pregunta si esa noche había bebido alcohol o si conseguía ver bien por dónde caminaba, siempre le digo lo mismo, no bebo ni una gota de sake cuando trabajo, y llevo una pequeña linterna en el bolsillo, pero es innecesaria, los que vivimos en las afueras sabemos que no hace falta, que la noche se parece mucho a un día despejado.
Levanté la vista porque, justo encima de mi cabeza, oí un sonido grave y vibrante que me hizo temblar todo el cuerpo, incluso la tierra que pisaba, como si dios hubiera pronunciado una erre descomunal. En principio, pensé que se trataba de un trueno, pero no, aquello era un zumbido tan inquietante e irreal que casi no puedo explicar. Me agaché instintivamente y lo que vi pasar por el cielo no fue exactamente un avión, sino el esqueleto de un avión, una maqueta de aeromodelismo gigante hecha de un metal negro y opaco. Agucé la vista y me pareció que no había nada dentro, podía ver el cielo salpicado con algunas estrellas a través de aquel armazón pelado. Era todo muy extraño, no encontraba una explicación y la necesitaba con urgencia, lo primero que me vino a la cabeza fue que se trataba de un experimento del gobierno, de un nuevo prototipo no tripulado que había perdido el control. Lo cierto es que el armatoste siguió en picado unos doscientos o trescientos metros más y se estrelló al costado del camino. Cuando golpeó contra la tierra no hizo ningún ruido, pero se incendió de inmediato, y así de rápido también se extinguió el fuego. Yo sabía que alguna vez iba a presenciar un accidente, un terremoto u otra catástrofe, en realidad, era algo que había deseado ocultamente, pero en ese momento me resultó ominoso, como sucede con cualquier deseo prohibido o macabro que -por desgracia- se hace realidad. Estaba clavado en el lugar, sin animarme a dar un paso en ninguna dirección. Cuando apenas quedaban unas escasas columnas de humo tenue, vi que de los restos chamuscados salía un hombre, avanzaba hacia mí trastabillando, errático, con los brazos estirados, de manera implorante y, a la vez, amenazadora. A medida que se aproximaba, me di cuenta de que sus rasgos me resultaban familiares, demasiado familiares, tuve tanto miedo que cerré los ojos con fuerza y comencé a tararear la Canción de las rosas, al rato, cuando los abrí, todo estaba como si nada hubiese pasado.


Diario personal del Teniente Yukio Seki, 24 de octubre de 1944, 23.15 hs. Finalmente llegó, esta es la noche previa al primer ataque. Como no puedo dormir me entretengo pasando las páginas del manual To-Go de manera automática, sin concentrarme demasiado en lo que dice, pero no importa, ya conozco todas las instrucciones de memoria: Elimina cualquier pensamiento sobre la vida y la muerte. Sigue recto por la pista. Respira tres veces y di mentalmente Yah, Kyu, Joh. Sé alegre de corazón y alma. Acelera al máximo hacia el objetivo. Los dioses y los espíritus de tus camaradas muertos estarán contemplándote. Grita Hissatsu y lánzate, luego serás un dios... Pero no quiero ser un dios, ni estar en el Santuario Yasukuni, solo desearía volver a mi ciudad natal, a mi montaña con sus caminos serpenteantes, a los cerezos floridos, a los brazos de la mujer que espera un hijo mío; pero no, alguien me condenó a subirme a un caza Zero y a que, desde mañana, me estrelle una y mil veces, cada noche, a la hora en que los fantasmas se visten de premonición y salen a buscarle algún sentido a lo que ya nunca lo tendrá.

14 de febrero de 2016

Tengo tanto frío


Me pidieron que esa noche cuidara a doña Matilde, la viejecita del 4° A. Su enfermera había llamado a último momento para decir que no podía asistir y no había nadie que la reemplazara, y como yo vivo sola y me da lo mismo quedarme en casa a leer mis libros de poesía que salir por ahí un rato, pues bien, les dije que sí. A los hijos, a sus dos hijos, a ellos les dije que sí.
Ya me parecía que le pasaba algo malo, porque hacía bastante tiempo que no me cruzaba con ella en las escaleras. Lo habitual era que la encontrara al volver yo de hacer las compras, cuando ella salía a dar su paseo de media mañana, siempre bien vestida y maquillada, arreglada con collares y aretes tan encantadores que me mataban de envidia. Por eso, admito que también acepté cuidarla por curiosidad, era mi oportunidad para saber si su apartamento se adecuaba a su imagen de anciana elegante y refinada. Por el aspecto de doña Matilde, imaginé que tendría una casa lujosa, con sillones capitoné de pana y candelabros de bronce pulido, estatuillas de mármol sobre muebles de estilo y grandes arañas de cristal, pero no, apenas entré vi que el lugar se caía a pedazos, que los ambientes estaban casi vacíos, y que los pocos muebles que había eran baratos y estaban todos rayados, escorados como barcos a punto de hundirse, seguramente comidos por los insectos, supuse. En fin, la anciana tenía lo indispensable para poder guardar tres o cuatro cositas insignificantes, nada más. Confieso que ese panorama lastimoso me hizo sentir un raro deleite, a veces la desgracia ajena me levanta un poco el ánimo.
Cuando vinieron a llamar a mi puerta, los hijos me contaron que su madre estaba postrada desde hacía unos meses. Todo había comenzado con molestias en la espalda que luego se transformaron en fuertes dolores de columna y que terminaron en una espondilitis no sé qué, que la llevó a la invalidez total. Ahora necesitaba alguien que la auxiliara en todo momento, una enfermera o una persona de confianza, como yo, pues ellos no podían estar allí todo el tiempo, tenían sus propias familias a las que dedicarse, y tampoco se trataba de dejar a su madre con una…, con una, bueno, que así es la vida, que le vamos a pagar cincuenta euros por diez horas, me dijeron, y luego me acompañaron hasta el cuarto de doña Matilde. Se detuvieron en seco en el marco de la puerta y me presentaron en voz baja, como si formaran una pareja de criados veteranos que le anunciara, no sin temor, las malas noticias del día a su patrona. Yo intentaba espiar hacia dentro por la V que se formaba entre los hombros de ambos hijos, pero no llegué a ver nada, apenas si escuché:
-Mamá, aquí está la vecina del 3° B, ¿la recuerdas? La señora…, la señora… ¿Cómo era su nombre? Ah, sí, Graciela, ella va a cuidarte esta noche, ¿vas a portarte bien, no?, mira que…
Mira que qué, pensé, ¿sería una advertencia, una amenaza? Cuando por fin se hicieron a un lado para que yo pudiera pasar, doña Matilde me observó con recelo, entrecerrando los ojos, y después negó lentamente, como dando a entender que no me había reconocido, sin embargo, sonrió con amabilidad y me dijo hola, querida, siéntate aquí en esta silla a mi lado y cuéntame cómo están las cosas en la calle, en el barrio. Por el rabillo del ojo vi que los hijos salían furtivamente. La verdad es que no necesitó demasiados preámbulos para soltarme la lengua, desde que Antonio se fue yo me encerré en mi mundo, no se me presentan demasiadas oportunidades para hablar con alguien, así que comencé a contarle sobre la nueva estatua de la plaza, los pillos del mercado, las rebajas de las grandes tiendas, las últimas novelas que había leído; pero al poco rato doña Matilde ya no me escuchaba, se había quedado dormida. Entonces me detuve a examinarle el rostro con atención, aquella cabeza magnánima que veía descender por las escaleras ahora parecía una gran nuez con los ojos hundidos y varias mechas de cabello pajizo en uno de los polos, mientras que los dientes postizos le colgaban inertes en esa rajadura ominosa con forma de boca. Lo dicho, se veía como esas nueces que, al partirlas, están cubiertas de hilillos pegajosos que rodean el fruto negro y reseco. Me impresionó, no quería seguir mirando aquella monstruosidad, así que decidí ir al baño a hacer pis y así pasar el mal rato, pero ella debía tener un sensor de movimiento, pues apenas me puse de pie, sus ojos emergieron de las órbitas como dos pichones de buitre hambrientos, entonces me dijo, con voz quejumbrosa:
-Tengo tanto frío, querida.
-No se preocupe, doña Matilde, ahora le traigo una manta y ya verá cómo enseguida se le pasa.
Yo tenía un poco de calor, pero, pobre mujer, me dije, saber que va a estar así, atada para siempre a una cama, debe hacerla sentir helada de desconsuelo. En el cuarto había un armario, y dentro del mueble encontré dos frazadas gastadas, una de ellas se veía más liviana, la saqué y se la puse sobre los pies.
-No me cubras sólo los pies, tápame también el cuerpo, es que tengo mucho frío.
Hice lo que me pidió con mucha dulzura y pareció calmarse, así que volví a sentarme, decidida a aguantarme las ganas de hacer pis y esperar a que se durmiera nuevamente, pues ya eran las 2 de la mañana. Sin embargo, Matilde no quería pegar los ojos, comenzó a contarme de don Gregorio, su finado esposo, de cómo había llegado a Capitán de navío en menos tiempo que todos sus compañeros de promoción. La escuché con paciencia hasta que el sueño me venció a mí, es más, estaba soñando que Paul McCartney se casaba con la reina de Inglaterra y que yo le llevaba la cola del vestido cuando oí la súplica:
-Ay, tengo tanto frío, querida, no puedo más.
La vieja ya comenzaba a fastidiarme, pero no quería que se diera cuenta, fui sumisa hasta el armario y agarré la segunda manta, que era de lana apretada y pesaba mucho, no podía fallar. Se la arrojé sobre el cuerpo con brusquedad, lo reconozco, pero ella no dio muestras de haberlo notado, al contrario, estiró una sonrisa satisfecha y se quedó mirándome fijamente a los ojos de nuevo, como esperando algo más. Pero qué quiere esta vieja ahora, pensé, que le cante una canción de cuna, que le cuente el cuento de caperucita roja y el lobo, es lo único que me falta.
-¿Qué? ¿Necesita algo más, doña Matilde?, dígamelo de una buena vez así ya se duerme, ¿no le parece?
-Es que tengo tanto frío que no logro conciliar el sueño, ¿no me agarrarías la mano? -y la deslizó hacia fuera de las mantas, como si fuera una rama grisácea, o un bicho extraterrestre, no sé qué, yo se la tomé con cierta repugnancia. Estaba helada, eso hay que reconocerlo.
-Qué bien, querida, ves, ahora sí me siento un poco mejor.
-Me alegro, pero ya está, es hora de cerrar los ojos y…
-¿No te acostarías aquí a mi lado?
-¡Qué!
La pregunta me dejó de piedra, nunca había cuidado a nadie, no tenía ni idea de lo que suele pedir la gente postrada, pero me pareció que acostarse al lado de un enfermo no era algo normal. En fin, estaban pagándome un buen dinero, lo necesitaba y quería que la vieja se durmiera de una puta vez, por qué no aceptar. En definitiva, me acosté en una pequeña franja de cama en la que apenas cabía. Ni bien lo hice, sentí un olor penetrante que me dio ganas de vomitar, pero traté de contener el aliento y respirar por la boca. Todos los viejos acaban adquiriendo ese tufo ácido tan característico, seguramente yo también lo tendré en algunos años, reflexioné.
-Ven, acércate más, es que tengo tanto frío, mucho…, mucho frío.
-Matilde, así ya está bien, déjeme de…
-Es mejor si te metes debajo de las sábanas, anda.
-Pero que ya está bien, carajo, yo vine aquí para cuidarla, no para soportar…
-Métete, querida, sólo tú podrías quitarme este frío.
-¡Me cago en la puta madre! Es lo último que hago, ya me parece que usted se está abusando, no soy un oso de peluche, ¿sabe?
-No, así no, ven más cerca, arrima tu cuerpo al mío y dame tu mano…
-Mierda, es que…
Tomó mi mano derecha y lentamente fue llevándola hacia abajo, entonces entendí de qué iba la cosa…, y sí, lo hice, qué joder, si al final nadie iba a enterarse, ni siquiera la propia Matilde.
Cuando llegaron los hijos por la mañana, al ver a su madre, se deshicieron en agradecimientos y felicitaciones, me pagaron los cincuenta euros pactados y me dieron diez más de propina. Estaban muy conformes. Me dijeron que yo había hecho exactamente lo que ellos esperaban que hiciera. Les agradecí muchísimo, ese dinero me venía muy bien a esa altura del mes, pero nada se comparaba con la extraña dicha de ver a doña Matilde así, tan quieta, si hasta tuve la ilusión de que roncaba.

30 de enero de 2016

Pretexto

La gira de presentación de un libro provoca un fenómeno contradictorio: aun estando en el centro de una gran movida literaria, uno acaba dejando afuera a las letras, pues abandona la creación de historias -lo más importante y placentero para quien se considere escritor- por una suerte de campaña publicitaria que se vuelve machacante y aburridora. Sin embargo, también está el contacto real con los lectores, los colegas y los amigos, que representa un momento único y maravilloso. En fin, me parece una etapa extraña, contradictoria, como dije. Así que, antes de publicar -por fin- un nuevo texto, quiero mostrar unas pocas fotos que reflejan lo que viví en estos dos meses. Muchas gracias a los que me acompañaron y gracias a todos los demás por la paciencia, ya que deben estar bastante aburridos de leer lo mismo: Presentación de Ecos de la Nada en... Basta.


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UN AGRADECIMIENTO ESPECIAL PARA
Luis Altieri
Mariana Martínez
Hernán Coviello
Esther Lázaro
Javier Ximens
Nicolás Jarque
Teresa Ramos
Francisco Espada
Toni
Maripau González

14 de noviembre de 2015

La caja


Una mujer toca el timbre de la entrada. Sé que es una mujer porque la veo a través de las cortinas de la ventana de la sala, desde el sofá, donde estoy siempre mirando televisión. La veo pero ella no me ve por ese contraste entre luz y oscuridad que no sabría cómo explicar. Es una mujer joven, está tiesa en el umbral y mira hacia adelante con mucha solemnidad, como si viniera a contarme una desgracia, pero de pronto parece darse cuenta de algo urgente y entonces se arregla el cabello, se seca el sudor de la frente, mueve el cuello y se alisa la falda. Lo hace todo rápido y con ese descaro del que ni se imagina que alguien pueda estar observándolo. Toca de nuevo: esta vez son dos timbrazos cortos. Apenas puedo levantar mis 135 kilos para ir a atenderla antes de que se vaya. Soy cauto, lo aprendí de mi madre, nunca abro la puerta totalmente, por la hendidura le pregunto qué desea, cuando ve mi aspecto se echa un poco hacia atrás, pero enseguida se recompone y me dice que pertenece a una fundación que ayuda a personas con no sé qué enfermedad, porque no le entiendo demasiado lo que habla, su figura atractiva oculta las palabras, sin embargo, la melodía del argumento me suena convincente y la invito a pasar. Da un paso y se detiene, duda. En el brazo izquierdo hace equilibrio con una pequeña cartera marrón y una caja verde con dibujos de mostachos. Por fin, me estrecha la mano, me dice Dora, encantada, y entra, mira con fingida despreocupación hacia todos lados y queda embobada con una enorme mancha de humedad que hay en la pared de enfrente. Parece un perro oteando un paisaje campestre, le digo, ella afirma con la cabeza y después la gira hacia mí, sonríe. Dora, lindo nombre, pienso. La invito a sentarse a la mesa de la cocina, ella dice oh, sí, claro, y comienza a hablar, intenta convencerme de la importancia de su labor y de los alcances de la fundación a la cual pertenece. Le ofrezco un café, me dice que no, gracias, que está un poco acalorada, que prefiere una limonada, le digo que no tengo limonada, que si no es lo mismo un jugo artificial de piña, lo acepta. Voy a buscarlo al refrigerador, pero coloco mi voluminoso cuerpo de manera que no vea lo que tengo allí dentro. Sirvo el jugo en un vaso no del todo limpio y se lo alcanzo, lo bebe deprisa y sigue hablando de su propósito, ahora sí entiendo que todo se trata de ayudar a personas que padecen el síndrome de Prader-Willi, sin embargo, sus hombros, sus pechos, sus caderas, me siguen pareciendo más excitantes que la buena causa que persigue, reconozco que es un pensamiento indigno, lo sé muy bien porque también me lo enseñó mi madre, pero no puedo evitarlo, la deseo y me siento un cretino pervertido. De repente, Dora deja de hablar, como si se le hubiera acabado la cuerda, entonces le digo cualquier tontería para tratar de entretenerla el mayor tiempo posible, no quiero que se vaya, le cuento que me gustan los animales, las plantas, la Naturaleza en general, pero en cierto momento se pone de pie, se alisa la falda de nuevo y mira -una, dos veces- hacia la puerta, le apunta con la nariz como si fuera el perro de la mancha en la pared, entonces yo comprendo y también me pongo de pie, la acompaño de cerca -huele a violetas-, después me adelanto para abrirle la puerta y uno de mis pies se engancha en la alfombra, casi me caigo. Ella ríe y se lleva la mano a la boca, yo hago una mueca avergonzada. Ya en la entrada, le doy un billete de 5 dólares y ella me entrega un bono de contribución, luego dice adiós y se va. Vuelvo a la cocina, me siento frustrado, como cuando las muchachas de la preparatoria no querían salir conmigo porque… Me retuerzo los dedos transpirados, me golpeo los muslos con los puños y maldigo en voz baja, entonces veo la caja verde con dibujos de mostachos debajo de la silla donde se había sentado la mujer. Al levantarla me parece que adentro se mueven cosas vivas, me espanto y la suelto, entonces vuelo hasta la puerta y salgo a la calle, corro unos metros hacia un lado y luego hacia el otro, pero ella ya se esfumó. Entro en la casa abatido, con la seguridad de que Dora nunca volverá a buscar la caja, y de que todos los males que contiene dentro muy pronto desaparecerán en las fauces del triturador de residuos.


Por la fe que tiene en mí, por todo el afecto que siempre me ha brindado, dedicado a tRamos.