20 de mayo de 2013

Eso sí que es extraño


Después de una búsqueda concienzuda en las estanterías de una librería de viejos de la Calle del Marqués de Viana, encontró un ejemplar que le pareció adecuado: un Desgracia de J. M. Coetzee en perfecto estado. Compró el libro, lo guardó en la mochila y se marchó con paso entusiasmado. Ya en la calle, buscó un bar, entró, pidió un café con tres gotas de leche y comenzó una larga serie de movimientos ceremoniosos y dilatorios hasta que, finalmente, sacó el libro de la mochila. Lo puso frente a sus ojos y, con el pulgar derecho listo para levantar la portada, le susurró “ayúdame a soñar”, entonces se arrojó dentro del volumen.
Tras este episodio iniciático, se sucedieron muchísimos más. Los investigadores están perdidos, no encuentran una explicación coherente, y lo peor es que todo lleva a pensar que tanto hombres como mujeres van a continuar desapareciendo dentro de libros.
Meses de pesquisas e indagaciones se mostraron absolutamente inútiles, ninguno de los tantos y diferentes especialistas llegó a una conclusión. La investigación va a seguir hasta las últimas consecuencias, afirma -categórico- el Gobierno, pero lo que en verdad preocupa a las autoridades es que el número de personajes en los libros involucrados en las desapariciones jamás varió. Eso sí que es extraño.

7 de mayo de 2013

Na Vandru


Puedes encontrarlo en Praga, en el número 37 de la calle Cimburkova, en el distrito 3. No está cerca del reloj astronómico ni del puente de Carlos, sino en el centro de la pintoresca -aunque un tanto decaída- movida nocturna checa. Se llama Na Vandru y es un barcito de decorado variopinto en el que, cada noche, toca una banda de Dixieland.
No todos los parroquianos están de acuerdo con que allí sólo se escuche Dixieland. Ya hubo discusiones exaltadas al respecto, pues algunos consideran que es un ritmo foráneo y que sería más propio disfrutar de un cuarteto de cuerdas tocando a Smetana o Janáček. Veinte años de un nuevo régimen político no es tanto tiempo como para que se acepte, sin protestar, un cambio que también afectó a la música, por supuesto. Sea como fuere, puedes escuchar buenas tonadas en el Na Vandru.
La orquesta del Na Vandru está formada por seis instrumentos: un contrabajo, un saxo alto, un banyo, una trompeta, una guitarra eléctrica y un trombón. Pero el que más se destaca es Zdenĕk, en el saxo alto, tanto por su instrumento (un Yanagisawa A902), como por su destreza para ejecutarlo. Cada vez que llega su turno en las improvisaciones, se levanta, inclina el cuerpo hacía atrás y deja vagar las notas, entonces tienes la sensación de estar escuchando la propia voz quejumbrosa de Zdenĕk, apenas tamizada por el bronce del saxofón.
El dueño del Na Vandru es un sujeto de edad indefinida con cara de Franz, Friedhelm o Fritz. Nunca supe su nombre, pero tiene una “F” estampada en la frente. Sé que es alemán y que domina muchos idiomas. En un segundo, consigue detectar ciertas características en la apariencia de los que entran en el Na Vandru y comienza a hablarles en su lengua. Acierta con una puntería que sorprende.
Cuando te sientas, F se acerca haciendo sonar sus zuecos de madera contra las baldosas y, antes de que puedas decir una palabra, te pone una pinta de Pilsner Urquell sobre la mesa. Y como también sirven un buen goulash en este bar, no puedes resistirte a zampártelo, entonces todo se vuelve una rueda insistente de comida y bebida que sólo finaliza cuando el cliente se marcha.
Hay una mujer muy sola en el Na Vandru, se sienta todas las noches a la misma mesa, bebe algunas cervezas y fuma un cigarro tras otro, mientras juguetea inquietamente con su mechero. Se comenta que aguarda a un hombre que la conoció allí y que alguna vez la amó, pero como su querido no volverá, ella consume su vida en la espera, detenida como un viejo vídeo que hubiera sido olvidado en pausa hace años. A una mesa de distancia, justo en frente, hay un hombre que también aguarda, bebiendo y fumando, sin embargo la espera de ambos no se cruza, sus miradas pasan de largo, como si ninguno existiera en la realidad del otro. Alguna vez existió la esperanza de que sucediera algo entre ellos, pero fue en vano, ahora son dos fantasmas inofensivos a los que nadie les teme y de los que todos escapan.
En el Na Vandru los músicos tocan por la comida. A eso de las 21.30, ni bien finaliza la primera presentación de diez u once temas, F les acerca un plato de goulash o de cerdo asado con col. Entonces ellos dejan sus instrumentos en los soportes y cenan sin demasiado apuro ni entusiasmo, pero a medida que van terminando, de a uno se acoplan a los acordes de un nuevo Dixie, lo que le da a la primera canción un efecto in crescendo, más propio del Bolero de Ravel. Más tarde, sobre el final de la noche, F golpea una campana para avisar que en unos minutos va a pasar por las mesas. Con su sombrero tirolés extendido y una leve reverencia, les indica a los clientes que pueden soltar algunas monedas para los músicos. Nunca se juntan más de 250 coronas, pero tampoco esperan demasiado, la cena y algo de dinero para los cigarros es suficiente para estas almas bohemias.
Cada tanto renace la discusión de por qué sólo se toca Dixieland en el Na Vandru. Tanto los que están a favor como los que exigen un cambio, esgrimen razones de todo tipo, pero nunca llegan a un acuerdo. Dicen, por ejemplo, que deberían tocarlo con los instrumentos adecuados, pues falta un piano y una batería, otros afirman que habría en juego una cuestión patriótica o algo por el estilo. Cuando se agota el debate, las protestas se dirigen a F, quien sólo responde que no tiene una explicación cierta, pero asegura que las veces que intentó llevar otro tipo de música, muy pocos habían querido entrar en el bar. Incluso los mismos que tan airadamente protestaban se quedaban merodeando por la entrada, mirando hacia adentro de reojo, como si desconocieran el lugar. Lo cierto es que, después de tantos desacuerdos y discusiones, todos se amigan, beben sus cervezas, mueven los pies al ritmo de cada canción y aclaman a viva voz las improvisaciones de Zdenĕk. Si te decides a ir, vas a comprobar que existe un vínculo muy fuerte entre el Na Vandru y el Dixie.

El Dixieland tiene los colores del sur de los Estados unidos, y a pesar de que para muchos está pasado de moda, todavía continúa siendo la música preferida de Sonny, un anciano muy querido en la ciudad de Jackson, ya que es uno de los pocos combatientes de la Segunda Gran Guerra que todavía está vivo. De pequeño trabajaba en el campo, sus manos no habían sido hechas para las armas, sin embargo, hace muchos años tuvo que cargar un fusil automático Browning. Lo disparó sólo una vez y fue para salvar su vida en una isla perdida al sur de Japón. Sonny aún recuerda la cara de aquel soldadito japonés, tan joven como él, quien, con más sorpresa que dolor, recibía el tiro en el pecho.

Zdenĕk tiene 82 años y fue uno de los tantos adolescentes que se alzó en Praga el 5 de mayo de 1945. Muchas noches, mientras deja que su saxo peregrine por las melodiosas improvisaciones, su mente se remonta a aquellos tres días en los que arrojó piedras, derribó carteles con símbolos nazis y defendió las barricadas cerca de la Radio Checa. Lo que se resiste a recordar es que muchos de sus amigos dejaron la vida en aquella insurgencia. El hado de Zdenĕk lo llevó por caminos muy diversos y penosos, pero un día encontró cierta paz en el saxo. Como su situación económica nunca fue holgada, tuvo que ahorrar bastante tiempo hasta que pudo comprarse el instrumento de sus sueños: un Yanagisawa de bronce al fósforo. Este magnífico saxofón, que ahora suena todas las noches en el Na Vandru, fue forjado por las manos de un luthier llamado Takumi.

Takumi vive en Itabashi, al norte de Tokio. Desde pequeño albergó la ilusión de ejecutar un instrumento musical, pero no tenía la habilidad para hacerlo. Su viuda madre lo alentó a que intentase con casi todos, comenzó con el piano y terminó con la batería, es decir, la batería terminó con él. Cuando ya se resignaba a abandonar el arte, en la biblioteca de su barrio, descubrió una biografía del inventor del saxofón. Desde ese instante, una nueva luz brilló en él y se dedicó con empeño a aprenderlo todo acerca de este instrumento. Hoy es uno de los maestros artesanos encargados de la línea de saxos altos Yanagisawa. Takumi tiene 68 años y es hijo de un soldado desconocido que fue muerto por un proyectil de Browning en la batalla de Iwo Jima.

            Ni Sonny, ni Zdenĕk, ni Takumi se conocen -jamás se conocerán- pero sus vidas se alían, cada noche, cuando escuchas cómo el saxofón dibuja improvisaciones sobre los sones de Tiger Rag. Sí, se bebe mucha cerveza en el Na Vandru y la gente aplaude a rabiar.

http://youtu.be/LmVRd4oHKcI

24 de abril de 2013

Mi vecino


Levanto el lápiz sobre la hoja y… no, mentira, levanto mis dedos sobre el teclado y comienzo a escribir una historia que no viví, aunque tampoco estoy seguro de no haberla vivido, como sea, la mayoría creerá que “yo” soy yo y nada de lo que diga para aclarar lo contrario importará: siempre es igual.


El vecino que vive del otro lado de la calle se pasa los días espiando la vida de los demás a través de la ventana. Creo que se trata de un hombre viejo y enfermo, o de una alimaña perversa que horada la intimidad de sus víctimas, no me imagino otro motivo para que esté todo el tiempo así: acechando a la gente tras las cortinas. Minutos, horas, días en los que su pulso late al ritmo de la persona elegida. De vez en cuando, se ausenta un momento para prepararse un café, pero enseguida vuelve a su puesto de observación en el quicio del ojo de su casa, desde allí lo analiza todo con la dedicación de un entomólogo decimonónico. Sin embargo ya me di cuenta de que los hechos no le son indiferentes, a veces bosqueja una media sonrisa cuando algún niño hace una travesura o baja la cabeza cuando ve pasar a una joven bonita. Pero muy pronto se reconcentra y vuelve a su vigilia. Me llama la atención que todas las tardes reciba una llamada, si bien yo sólo pueda intuir la campanilla de ese teléfono que suena una, dos, tres veces, no más, entonces atiende -con la mirada siempre sujeta al vidrio- y se queda un largo rato escuchando al que está en el otro extremo de la línea, aunque nunca habla. Posiblemente sea un familiar que intenta consolarlo o una mujer que le dice que todavía lo ama. Sí, me haría mucha ilusión saber que una mujer lo ama, pues me resultaría menos devastador ver cómo transcurren los días, él allí, acechando desde su ventana; y yo aquí, escribiendo lo que hago, desde la mía.

15 de abril de 2013

A las seis en punto de la tarde


La secuencia es la misma, obstinadamente la misma: todos los días, a las 18 horas, un hombre comienza a perforar el otro lado de la pared de mi apartamento. El taladro me mortifica por diez minutos, luego se produce un corto silencio y enseguida se escuchan los gemidos de una mujer. Los grititos no duran más de 5 o 6 minutos y desembocan en un largo y ametrallador sollozo. Finalmente, ponen algo de música together-forever, chocan copas y se deshacen en risas post orgásmicas. Todos los días se repite la rutina, a las seis en punto de la tarde, con una exactitud y esmero dignos de un cobrador de impuestos medieval.
Claro que ya escuché hablar del jueguito de la enfermera, el verdugo, el profesor y la alumna, incluso Batman y Robin, según las preferencias sexuales; pero esto excede mi imaginación: La fantasía del perforador de paredes. En ese aspecto, se trata de una pareja innovadora, no lo puedo negar. Lo cierto es que todo este dislate ha llegado a preocuparme, pues si en verdad el sujeto agujerea la pared antes de tener sexo, los hoyos y rajaduras deben ser innumerables, lo que estaría poniendo en serio riesgo la estabilidad estructural del edificio. Tampoco puedo ocultar que asocio ese trepidante sonido invasor con la potencia de su miembro viril... bueno, es que estoy comenzando a sentir menoscabada mi masculinidad.
Acuciado por la incertidumbre y la angustia, hoy decidí aclarar la situación de una buena vez, así que, después del rito diario que acabo de comentar, me dirigí presuroso al apartamento de mi vecino. Aporreé la puerta y me paré con los brazos cruzados, mientras mascullaba amenazas y daba golpecitos de impaciencia en el piso con el pie derecho, actitud que abandoné en el acto cuando vi que se asomaba un tipo enorme y con cara de pocos amigos. Me increpó:
-Pero ¿qué carajo quiere?
-Verá usted… yo soy su vecino del B y resulta que… ¿no me prestaría el taladro? Es que hoy viene mi novia y... -pero el puñetazo no me permitió terminar la frase.

10 de abril de 2013

La mirada de Baker Street


Acababa de salir del metro y entonces caminaba por la plataforma 2 de la estación Baker Street, iba con la cabeza agachada, harto de los apretujones y del malhumor que había soportado dentro de la formación. Después de atravesar el control de billetes, recorrí pesadamente los pasillos hasta llegar a la escalera, subí tres peldaños, levanté el rostro y me di cuenta de su presencia. Ella venía bajando y me miraba con fijeza -sus ojos eran negros, profundos, enigmáticos-, pero enseguida desvió la vista. En esos segundos en los que me miró, sentí que lo dijo todo, como si hubiera soltado un código de género, la comunicación perfecta, un mensaje que miles de palabras no podrían descifrar, porque esos arcanos vienen de antes de la Glosa. Pasé a su lado espiándola por el rabillo del ojo, seguí subiendo. A los pocos escalones me di vuelta y allí estaba, parada, acechándome otra vez, pero de nuevo me escatimó sus ojos y continuó el descenso. Insinué dos pasos para arriba, uno para abajo y en esa danza estéril me detuve a considerar si debía volver y hablarle, decirle, no sé... es que tú me mirabas y yo también entonces… Qué estupidez. Apreté el cuello de mi abrigo y seguí camino, mientras la imaginaba entre mis brazos. Pensé en el calor de su cuerpo, tramé su voz, fragüé sus besos, su risa… y salí hacia la noche, hacia el frío, hacia la cotidianidad de mi vida.

1 de abril de 2013

Jugar al doctor



Cuando alguno de nosotros invitaba a una amiga a jugar al doctor, la niña jamás creía que aquello en verdad se tratara de jugar al doctor, ella sabía por experiencia que las manos auscultadoras se detendrían muy poco en codos o antebrazos, que enseguida pasarían del hombro al pecho, de la rodilla al muslo y luego seguirían camino hacia comarcas incógnitas de la floreciente anatomía femenina. Qué lindos eran aquellos descubrimientos de calores y humedades, aquellos aromas que quedaban impresos por horas en nuestros dedos y que nos transportaban al paraíso más voluptuoso y sacrílego de la infancia.
Después de la dulce invasión, ellas siempre se enojaban un poco, pero al final nos dejaban hacer, porque sólo a las niñas les estaba reservado el lugar de pacientes. A ninguna se le ocurría decir “bueno, ahora la doctora soy yo”, entonces teníamos la (tonta) creencia de que todas se sentían muy cómodas en el papel de dolientes. Todas menos Laurinha. Ella sí quería ser la médica, tanto es así que varios chicos se lo habían permitido y muy pronto contaron la experiencia. Entre miradas pícaras y risas cómplices, explicaban que Laurinha los hacía acostar, cerrar los ojos y entonces sus manos obraban milagros.
Después de enterarme de sus habilidades, la invité muchas veces a jugar al doctor, le aseguraba que no tenía ningún problema en ser el enfermo si ella lo deseaba, pero siempre se negaba aduciendo que me veía muy sano, que mejor fuéramos a arrojarnos desde la piedra grande de la Praia do lagarto. No sólo me ponía mustio por el rechazo, sino que me atormentaba verla enfundada en aquel traje de baño verde que le destacaba tan bien sus nuevos atributos de adolescente. La tenía a mi lado y me hacía hervir la sangre, me llevaba hasta el borde del desmayo, más de una vez tuve que quedarme dentro del agua para que esa alteración de mi cuerpo no le alcahueteara lo que me estaba pasando. Era justo en esos momentos en los que ella más me insistía en que volviera a subirme a la piedra e intentase otro salto. “Vamos, Thiago, no seas aburrido, ahora nos arrojamos agarrados de la mano, para qué vinimos”, me instigaba. “Es que acabo de ver un pez muy extraño, ya voy”, le decía yo con fingido entusiasmo, como si después de 12 años de jugar en la misma playa no conociéramos de memoria toda la fauna ictícola de Angra dos Reis.
Pasaron los años y con ellos pasó la niñez, pero Laurinha nunca quiso jugar al doctor conmigo.

-¿Cómo te sientes, Thiago? -me preguntó.
-Un poco nervioso, Laura, ¿crees que todo va a salir bien?
-Claro que sí, no te preocupes, ya te expliqué que es un..., que es benigno, muy pronto voy a quitártelo, estás en buenas manos. -me aseguró, escondiendo la misma sonrisa encantadora de su niñez debajo del barbijo, mientras la anestesia ya comenzaba a hacer su trabajo.


Dedicado a Ishtar y a mi amada ciudad: Angra dos Reis.

21 de marzo de 2013

Supernova



Ese lunes a la noche, al volver de la facultad, Julieta entró en el departamento y se encontró con una rosa roja metida en un vaso de vidrio colocado en el centro de la mesa e iluminado desde arriba por una lámpara. La flor tenía una hoja de afeitar hendida en el tallo y corría, desde la herida hasta el agua del vaso, un hilo rojo de tinta que parecía sangre. Tiempo después supe que, al ver aquello, Julieta había quedado paralizada y que se le había caído la mochila que llevaba en el hombro. La imagen le pareció sombría y hermosa, impactante, era lo que siempre esperaba de mí, sin embargo, también se dio cuenta de que había allí un mensaje funesto que no podía desentrañar. No en ese momento.
El día anterior, habíamos almorzado juntos y pasado toda la tarde enredados entre las sábanas, una tarde lluviosa de domingo. Pacientemente, el sexo y la oscuridad pintaron los objetos de la habitación con otros colores, con pinceladas más espesas. La obra era tan perfecta que llegó a turbar los sonidos del exterior, que se oían sofocados y remotos, como cubiertos por una capa de gris de payne.
En cierto momento, Julieta se sentó en la cama y comenzó a enroscar su cabello en lo alto de la cabeza, entonces me sentí llamado a observar su silueta desnuda que se recortaba contra la única ventana del cuarto. Tuve la impresión de estar mirando uno de esos dibujos ambiguos que se usan para mostrar el contraste entre figura y fondo. Al principio, me concentré en el fondo y vi un pequeño balcón con una planta a cada lado, más atrás se levantaba una pared que terminaba en un tragaluz en el que dos palomas se guarecían de la tormenta. Cambié el foco y Julieta fue la figura, entonces me pareció que su imagen se hacía gigantesca, que su brillo aumentaba enormemente. Es así, descubrí con horrible emoción que tenía frente a mí la inequívoca efigie de una Estrella Supernova, justo en el momento de su máximo fulgor. No pude continuar mirándola, tuve que torcer el rostro.
Al otro día, cuando ella estaba en la facultad, le dejé una rosa roja metida en un vaso de vidrio colocado en el centro de la mesa e iluminado desde arriba por una lámpara... Y luego me fui. 
Finalmente, Julieta consiguió entender el mensaje, ya cuando su amor se deshacía en inútiles sollozos.
Es que nunca fui muy valiente para las despedidas.

14 de marzo de 2013

De Letras


Hace algunos años, salí con una estudiante avanzada de Letras. La conocí en una fiesta de cumpleaños de una amiga a la que había ido con mi novia de aquel momento. Bueno, sé que no es una confesión de la que deba enorgullecerme, pero solemos hacer esas cosas cuando no estamos con la persona indicada. Lo cierto es que esta chica de cabello lacio y rubio y lentes de armazón obsoleta me miraba con total descaro desde la otra punta de la sala, y eso es algo que a uno lo hace sentir muy bien, importante. No era linda, incluso podría decirse que era insulsa, pero cuando una mujer atraviesa a un hombre con una de esas miradas oblicuas y osadas, puede llegar a opacar a la mismísima Afrodita.
Después de mucho merodeo, en un aparte, conseguí intercambiar algunas palabras con ella. Entre varias otras cosas, me contó que estudiaba Letras, entonces yo -casi instantáneamente- comencé a hablarle de Dostoievsky, porque creí que eso podía resultarle brillante. Lo patético es que en verdad le interesó que le hablara de Dostoievsky, parece que lo consideró mucho más atractivo que mis aspavientos y visajes. A pesar de semejante comienzo afectado, le pasé mi número de teléfono garabateado en un pedazo de servilleta de papel manchada con torta de chocolate.
En aquel momento, yo estaba haciendo mis primeros palotes en Literatura, unos cuentos inflamados de pasión y totalmente carentes de estilo, pero eran míos, sólo por eso creía que eran comparables a los de un Carver, un Cortázar o un Fitzgerald, inclusive.
Laura -ése era su nombre- me llamó cuatro días después de la fiesta. Traté de mostrarme simpático, seductor, inteligente, pero mi estrategia no daba ningún resultado, ella se mostraba tan fría y cortante como la hoja de un cuchillo. Fue en esa charla que le conté que yo escribía, le pregunté si quería leer uno de mis cuentos así ella podía darme una opinión letrada: sí, ésa fue mi expresión boba. Claro, pero para eso tenemos que encontrarnos, me dijo, mostrando su primera reacción humana. Quedamos en que pasaría a buscarla por la Facultad de Filosofía y Letras el martes por la tarde.
Me aparecí con La aventura semiológica de Roland Barthes debajo del brazo, nunca lo había leído, era para impresionar. Ah, Barthes, dijo ella, tocando el libro con cierto desprecio, no me gustan los estructuralistas. Claro, claro, son demasiado... estructurados, afirmé yo. A plena luz del sol, Laura se veía todavía más insípida, pero sus ojos eran penetrantes a través del cristal de los lentes, no lo puedo negar. Fuimos hasta el café de la esquina, estaba lleno de intelectuales que hablaban a voces un lenguaje críptico, creo que fue una de las pocas veces en mi vida en las que yo me destacaba por estar más prolijo que los demás. Ella tomó un ristretto, luego fumó un cigarro y finalmente me dio un beso. Decididamente café y tabaco no generan el mejor clima bucal para dar un beso -cuándo lo entenderán-; de todas formas, mi intención aquella tarde era que se llevara el cuento y no acostarme con ella. Se lo entregué en un sobre cerrado como si se tratase de algún informe confidencial.
A los dos días, hablé con Laura por teléfono y quedamos en vernos el viernes a la noche. A esta altura, yo estaba en todo y por todo desinteresado en mantener una relación amorosa con ella, pero quería saber si había leído mi cuento y cuál era su parecer.
Nos citamos en una librería de la Avenida Corrientes a las 9 de la noche. De allí fuimos a una confitería, a un restaurante y luego a un pub, pero en cada lugar ella se sentía incómoda, se quejaba de que el mozo fuera demasiado lento, de que hubiera demasiado barullo, de que la cerveza negra fuera demasiado clara, de todo. A mí ya sólo me interesaba que abriera el puto sobre donde estaba el cuento, quería que me dijera lo bien escrito que estaba, el talento que tenía, el futuro que me esperaba. Después de dos horas intrascendentes, al fin sacó las hojas, estaban repletas de tachaduras en rojo, flechas, asteriscos y comentarios en los márgenes con muchos signos de admiración. Sin mirarme a la cara, me dijo que la idea era simpática, pero que le faltaba mucho trabajo, y enseguida siguió protestando por alguna otra razón. Yo me quedé petrificado con las páginas en las manos, con ganas de mandarla a la mierda y desaparecer del lugar.
Le dije que nos fuéramos porque yo ya no soportaba más que ella no soportase más. Le sugerí entonces que propusiera un lugar que a ella le pareciese adecuado. Bueno, muy bien, dijo, y comenzó a avanzar a grandes zancadas, dejándome atrás, sin darse vuelta siquiera para ver si yo la seguía. Justo esa noche la calle estaba muy concurrida, apenas podíamos caminar por la vereda. Ella iba empujando a la gente para pasar, mientras que yo me preocupaba más por esquivar baldosas rotas, mierda de perro y otros inconvenientes porteños. Quería alcanzarla para que, al menos en lo exterior, nos viéramos como una pareja. Pero, de repente, sentí el llamado del honor, qué carajo, así que me detuve en seco y comencé a caminar en dirección contraria.
Entré en un bar cualquiera, pedí una cerveza y me dediqué a ver las correcciones. Es verdad, tenía algunas indicaciones ciertas e interesantes, pero las páginas también estaban llenas de estupideces, como señalar que los diálogos se inician con guión largo y no corto, que después de dos puntos la palabra siguiente debe estar en minúscula y así, fruslerías que ningún escritor serio respeta ni respetará. Pero no decía nada de que mi relato le hubiese parecido emocionante, tierno o conmovedor.
No sé qué habrá sucedido con Laura después de que la dejé seguir su marcha o cuál habrá sido su lugar adecuado, porque no nos hablamos más. Lo cierto es que, después de aquella experiencia, cuando conozco a una mujer, lo primero que le pregunto es qué carrera estudió.
Si hasta anduve con una abogada... pero con una licenciada en Letras, nunca jamás.


Dedicado a Bee Borjas.