3 de mayo de 2015

Idiotizado por el odio


Empiezo por aclarar que (no siempre lo odié) esto no es ningún cuento, se trata más bien de (un rencor añejo) un testimonio: quiero hablar de una inquietud avasalladora que fue conquistando mi mente como (una enfermedad) el brazo de un río que se adentra (en mi espíritu) en suelo firme y que lo inunda con (ideas macabras) los años. Desde hacía un tiempo venía sintiendo que (tenía que matarlo) mi cabeza no estaba funcionando como (lo imaginaba) antes, no sé, era una sensación indefinida, pero (apremiante) tangible. La imagen (imagen) más adecuada que se me ocurre para explicarlo es la de (una bala entrando en) una idea que tiene que atravesar (su corazón) una sustancia roja y viscosa para llegar a tener una forma concreta. Mi pensamiento estaba (bien cuidado) lento, arrastrado, pesado. Llegué a sospechar que (podrían descubrirme pero) la causa podía ser (un suicidio) la edad, tengo más de cuarenta años, aunque preferí no profundizar en este aspecto. Después de todo, no (dejaría rastros) soy tan viejo, no al menos como para (delatarme) evidenciar un franco deterioro mental. Todo ocurrió cuando (me visitó) encontré un viejo texto guardado en mi (casa) ordenador. Cuando lo vi, fue como un estremecimiento, una sacudida, un (odio) embate que vino desde (lo más hondo de mí) adentro de mi cabeza. Es que antes escribía así, me (preparé) pregunté. Casi sin proponérmelo, descubrí que (no iría a ser difícil) me había idiotizado, que hacía largo tiempo que (quería acabar con él) estaba así. Sin embargo, sucedió algo paradójico: en el preciso momento en que (lo asesiné) se me reveló mi anquilosamiento mental, también entendí que (lo había amado profundamente) exactamente ése volvía a ser un acto inteligente. Me di cuenta de que (nunca debí haberlo matado) estaba idiotizado y de que (no) dependía de mí revertir la situación..., o (sí) no.

18 de abril de 2015

El orejudo


Solía hacer esas ocho cuadras a pie.
Cada noche, al volver del trabajo, caminaba las ocho cuadras que separaban la estación Ituzaingó de mi casa. Ya al bajar del tren comenzaba a intranquilizarme, a veces incluso antes, saliendo de Morón, porque sabía que cuando llegase, en la cuarta calle me encontraría con el orejudo. No importaba a qué hora volviera, el orejudo siempre estaba allí, justo en la esquina de Soler y Olazabal, esperándome. Era bravo ese negro orejudo. Jamás me había mordido, pero había serias posibilidades de que lo hiciera. Cuando veía que me acercaba a su territorio, me reconocía desde lejos: erguía las orejas, me apuntaba con el hocico y después se levantaba y venía corriendo para atacarme, gruñendo y mostrándome sus dientes amarillentos. Arremetía con un odio salvaje y feroz que depositaba -entre resuellos y espumarajos- a escasos quince centímetros de mis pies. Avanzaba y retrocedía en oleadas crecientes de rabia. Las primeras veces traté de esquivarlo con movimientos calmos y seguros, ya que dicen que el temor los incita, que ellos perciben el olor del miedo, pero no hubo caso, por más que tratara de insuflarle valentía a mis actitudes, cada noche seguía atacándome, como si quisiera hacerme entender, de una vez por todas, que yo no debía pasar más por su esquina. Lo extraño era que no se la agarraba con las demás personas que pasaran por allí, el orejudo ni les prestaba atención, o cuando algún amigo me acompañaba hasta mi casa, él podía seguir andando tranquilamente, porque el perro se venía como tiro a mis piernas. Así que comencé a realizar acciones defensivas más resueltas, como agitar lo que llevara en las manos, dar voces de amenaza o levantar los brazos, pero sin demasiados resultados. Cansado de aquella tortura de meses, en cierta ocasión resolví agarrar una piedra de un cantero que estaba unos metros antes de la esquina del orejudo. Cuando se acercó para atacarme, se la arrojé a la cabeza, pero fallé. Bastante sorprendido, salió disparado hacia la oscuridad, siempre gruñendo y ladrando. Después de esa noche, decidí llevar siempre una piedra. Pasaba por Soler y Olazabal apretándola contra mi pecho, listo para tirársela, pero el orejudo parecía saber que yo escondía algo y no me atacaba. Finalmente, había encontrado una solución, tal vez no era la mejor, ya que no parecía muy valiente andar transportando un cascote para defenderme de un perro, pero era una salida. Con la cabeza embrollada en otros problemas, una madrugada me olvidé de agarrar la piedra y el orejudo me atacó. Lo hizo con más saña que nunca, con todo su odio, como si hubiera intuido que no tenía ningún objeto para agredirlo, o tal vez para demostrarme que él sabía que en todas las otras oportunidades yo lo había llevado oculto y ahora quisiera vengarse. Resueltamente, le grité como un desquiciado y levanté lo primero que vi en el piso para lanzárselo: era un pedazo papel. Cuando se lo arrojé, voló unos pocos centímetros por el impulso y luego cayó, meciéndose como una pluma, como una pelusa… en fin, como un pedazo de papel. Pero esa noche se la juré al orejudo, lo miré fijo a los ojos y, en un murmullo de saliva amarga y dientes apretados, le prometí que iba a matarlo, después caminé las cinco cuadras que faltaban para llegar a mi casa imaginando cómo acabaría con su vida, disfrutando de antemano una lenta agonía. Había encontrado un buen pedazo de adoquín afilado que llevaba a todos lados dentro de la mochila, y cuando pasaba por aquella esquina lo sacaba y lo palpaba en mi mano, deseoso de usarlo ante la menor provocación, pero el perro apenas levantaba las cejas (dos arcos simétricos color té con leche sobre su cara negra) para mirarme, no se dignaba a mover la cabeza siquiera. Así pasó mucho tiempo sin que sucediera nada, tanto tiempo que creí que por fin se había resuelto el entuerto entre nosotros, por eso me animé a soltar el lastre que acarreaba y a andar con libertad. Esa noche pasé por la esquina y, cuando me tuvo bien cerca, el orejudo me atropelló, pero esta vez me encontró muy bien parado y fui veloz: la patada lo alcanzó entre el cuello y las patas delanteras. Recibió el golpe con desconcierto, no lo esperaba. Largó un aullido largo y después derrengó hacia la izquierda. No terminaba de caer ni podía mantenerse en pie, medio se arrastraba de lado y gemía lastimosamente. Otros perros vagabundos vinieron a olfatearlo para, qué sé yo, para ayudarlo, consolarlo. La escena me partió el alma. Lo había descubierto sin proponérmelo, no tenía coraje para hacerle daño a un animal, menos aún al orejudo. No llegué a saber qué pasó después, porque solté la mochila y salí corriendo para no ver ni oír nada más.
Ahora vuelvo a casa por otro camino, son diez cuadras desde la estación, pero todavía las hago a pie.

27 de marzo de 2015

Confiteor


Creo que puedo afirmar, sin temor a quedar como vanidoso, que soy una persona bastante sociable. Bueno, es que en verdad me gusta vincularme con la gente, generar lazos, estar al tanto de lo que sucede en diferentes ámbitos, por eso -entre otras cosas- suelo ir a todas las fiestas o reuniones a las que me invitan, aunque la única persona que conozca en el lugar sea la que decidió llevarme. Todo va bien hasta que esa misma persona que me invitó, en algún momento en el que se produce una pausa silenciosa, tiene la despreciable idea de señalarme con el dedo y decir en voz alta, para que todos lo escuchen: Un minuto de atención, por favor, quiero que sepan que mi amigo es escritor. Uuuh, perolaputamadre. En ese instante sucede algo muy difícil de explicar, la comunicación de mi compañero provoca una oleada de vibraciones sutiles en el aire, muy parecidas a las del efecto doppler, que hacen que la atmósfera de la reunión cambie, como si todos los concurrentes -lenta y gradualmente- se acomodasen en sus sillas y adquirieran atributos que segundos antes no habían mostrado, la indecisión del Príncipe Hamlet, el idealismo del Quijote, la desvergüenza de Ana Karenina, la crueldad del payaso Pennywise; es lo más parecido que puedo imaginar a un cambio repentino de dimensión o de plano. Lo cierto es que después de algunos comentarios y preguntas acerca de mi actividad, todo vuelve a la normalidad y los invitados continúan comiendo, bebiendo y contando sus aventuras cotidianas. Pero no, eso es pura apariencia, un engaño, ya que la información queda registrada en la mente de cada uno y ya nada es como en un principio. Entonces, en algún momento en el que sólo estoy prestando la cara porque no tengo otra cosa mejor que hacer que reflexionar sobre la enorme cantidad de insectos que hay en la selva amazónica, descubro que varias personas están mirándome fijamente, sonriendo con picardía. Hasta que alguna se anima y me lo suelta: Supongo que estarás tomando nota de todo lo que hablamos, ¿no? Con nuestras anécdotas vas a tener letra para escribir un libro entero, Yo callo, sí, callo y aprieto los labios para no dejar escapar una sílaba, pero digo que sí con un movimiento idiota de cabeza, ofrezco una sonrisa indulgente y bajo la mirada, mientras por dentro le grito al tipo que no, que ninguna de las historias que contaron podría servirme para escribir nada de nada, porque son cosas obvias, aburridas, frívolas, triviales, le revelo que ni siquiera podría armar una oración interesante basada en lo que oí durante la reunión. Sin embargo, al tiempo me sorprendo escribiendo -con mucho empeño- un texto atípico como éste, un inclasificable que roza la confesión lisa y llana, y entonces me doy cuenta de que ellos, los invitados, tenían toda la razón.


Dedicado a Ato.

9 de marzo de 2015

Hiancias


Cuando en el parque vi que esa mujer venía arrastrando a su perro con la correa, no sé por qué, pero algo del sentido de la realidad -de mi realidad, claro- se trastocó. En principio, me pareció que llevaba dos perros, uno grande montándose a otro más pequeño, sin embargo, a medida que fueron acercándose, pude precisar que se trataba de un solo perro, y que era el efecto de la correa tirando del enorme abrigo marrón que vestía al animal lo que me había hecho creer que eran dos. Vaya, La dama del perrito, Chéjov, pensé.

Era invierno y hacía mucho frío, es decir, nada fuera de lo común. Serían las 10 de la mañana y el paisaje urbano se veía fatal y completamente gris. Aunque nunca hubiera puesto un pie en Hungría, andaba yo paseando por Budapest, doblaba por aquí, me detenía allí, seguía más allá: caminaba al azar. De pronto, desde una ventana cualquiera de la callejuela por la que estaba transitando (creo que era la Kende Utca) me llegó una hermosa melodía tocada con un violoncelo. No sé por qué, pero en ese momento algo del sentido de la realidad -de mi realidad, claro- se trastocó, me di cuenta de varias verdades que me parecieron demoledoras, catastróficas: conocía la melodía (me encantaba), pero supe en el acto que no lograría determinar quién era el autor ni cuál era el nombre de la obra, como tampoco podría localizar la ventana precisa de la cual provenía el sonido, ni conocería jamás al (o a la) violoncelista que la ejecutaba, entonces me angustié al pensar en el número gigantesco de hiancias que se producen en un breve instante, tantas que me sentí una cosa insignificante, como un perrito. Sí, un perrito arrastrado por una dama que tiene mucha prisa. Mejor entro en un bar a echarme una bebida fuerte al estómago, me dije, abusando de mi lenguaje egocéntrico, sea infantil o literario.

El pensamiento necesita huecos, señores, necesita grietas, agujeros negros, vaginas existenciales… hiancias, porque por esas hiancias -palabra que el DicdelaRealAcadEsp se obstina en no aceptar- el pensamiento se escabulle antes de que el pensador lo sorprenda, incluso antes de que él, el propio pensamiento, se sorprenda a sí mismo como causa, camino o resultado.

Dije la frase de corrido y suspiré largamente al terminarla, luego miré alrededor, desafiante, buscando que alguien me contradijera para. Entonces golpeé la barra con la palma de la mano derecha y vociferé: a ver, un vaso de pálinka. Era una orden más que un pedido. Me lo trajeron. El pálinka, este pálinka, dije, levantando el vaso para mostrárselo a los cinco o seis parroquianos que me observaban un poco asustados, es la hiancia que ahora necesitamos tanto yo como mi pensamiento. Y lo bebí de un solo trago. Dejé el vaso vacío en una mesa cualquiera y salí del lugar con esa paz que sólo se siente después de haber confesado una incapacidad delante de otros, fue una de las mejores cosas que me ocurrieron en una mañana gris y fría. Moreover, ése fue el impulso necesario que -a posteriori- me llevó hasta Budapest para inventar esta historia, para vivir dentro de ella y después contarla, y para entender cuán pequeño -o grande- puedo llegar a ser.

Ahora que están pasando justo delante de mí puedo asegurarlo sin temor a equivocarme, lamentablemente en este parque nadie se monta a nadie, es sólo una dama tironeando de un perro, un simple perrito abrigado y sobón.

14 de febrero de 2015

Verano


Hacía varios días que la temperatura no aflojaba, las calles parecían un paisaje del planeta Marte, o incluso peor, parecían las puertas mismas del Infierno, la gente no quería abrirlas ni para ir trabajar. La culpa era del maldito cambio climático, un verano así podía enloquecer a cualquiera, decían todos. Eran las 2 de la tarde y el calor no permitía respirar, el termómetro ya marcaba 38 grados, pero la humedad lo haría llegar hasta los 43, como mínimo. En menos de una hora volverían los padres, después de una semana de vacaciones, y allí, en la casa, la abuela no estaba ni en condiciones de mover un dedo, así que alguno de los dos hermanitos tendría que limpiar todo ese desastre que habían hecho en la sala. ¡Ana!, gritó Diego desde su habitación en la primera planta, sin soltar el joystick de la PlayStation, ve a ayudar a la abuela. El niño había aprendido muy bien, era el varón y era el mayor, tenía sus privilegios. Sin embargo, la niña hizo como que no lo había escuchado, total, qué le importaba si esa inmundicia quedaba allí o no, ella estaba tranquila mirando la televisión, donde un ratón con cara de trastornado corría a un gato con un hacha. ¡Anaaaa, te dije que bajaras a ayudar a la abuela!, insistió Diego, pero Ana no levantó su culo transpirado de la silla, tenía los ojos clavados en los espejismos de la pantalla, en la que una musiquita pegadiza y repetitiva acompañaba las acciones. Ahora el gato ya no tenía cabeza, pero el ratón iba por más. Estaba decidido, Ana no iba a moverse y Diego no pensaba bajar, nadie iba a limpiar aquella asquerosidad que ambos habían dejado en el medio de la sala: un cadáver en estado de descomposición le daría la bienvenida a los padres.

Diego acaba de marcar un gol con su Neymar virtual y Ana sigue inmersa en los dibujos animados, pero ahora ha comenzado a canturrear la musiquita de la tele, lo hace en voz muy baja, they fight, they bite... Esa musiquita insidiosa se mantendrá por mucho tiempo en los oídos de la familia, y quedará asociada para siempre a este verano tan raro.

27 de enero de 2015

Película


Estábamos en la playa, sentados uno al lado del otro, viendo cómo el sol se escondía detrás del mar, hacía un poco de frío, me pareció que era el momento ideal, de película. Mientras dibujaba rayas y círculos sobre la arena con un palillo, comencé a hablar, mejor dicho a balbucir, pues trataba de contarle algo que me importaba mucho, que me costaba mucho contar, pero ella, así, de la nada, se volvió hacia mí y me interrumpió: Una de las escenas de película que más me ha conmovido es el principio de Der Himmel über Berlin. ¿Cuál?, le pregunté; Las alas del deseo, creo que así la tradujeron en español, me respondió lacónicamente. ¿Y por qué te gusta?, volví a preguntar para ver a dónde quería llegar. En realidad, tenía la esperanza de que sus palabras la llevasen a evitarme la confesión, o a completarla, aún mejor. Bueno, es difícil de explicar, no sé si viste el filme, pero en esa escena la cámara adopta el punto de vista de los ángeles que sobrevuelan la ciudad de Berlín, ellos pueden... oír -hizo ese gesto típico de colocarle comillas al aire con los dedos índices y medios- los pensamientos de la gente, principalmente los pensamientos más abrumadores, los más duros y tristes, porque, como te imaginarás, los ángeles acompañan a los que sufren y se compadecen de ellos. Hizo una pausa, dio un largo suspiro y continuó hablando: Es que yo me identifico con los ángeles, porque, como ellos, soy de esas personas que se sienten atraídas por el dolor, siempre me veo impulsada a ser solidaria con el sufrimiento ajeno. Me parece muy bien, la alenté, entonces eres un ser maravilloso, lleno de compasión, de piedad, de... Ella asintió moviendo la cabeza y volvió a mirar hacia adelante, hacia el mar negro, pues ya no había más sol. Sí, puede ser, dijo finalmente. Su mensaje fue muy oportuno, había traído esa escena en el preciso momento en el que yo estaba abriendo mi corazón, tratando de decirle que la quería desde hacía mucho. Claro que yo también recordaba la escena de apertura de Las alas del deseo: un cielo nublado y gris, ese ojo enorme, los tejados de Berlín, unas personas atravesando la calle, alguien que lleva un cochecito de bebé, el ángel observándolo todo desde arriba, la niña que lo descubre. Entonces tuve ganas de maldecir y de ponerme a lloriquear como un crío, aunque supiera muy bien que, ese atardecer, ningún ángel iría a compadecerse de mí por la película penosa que yo mismo me había montado.

23 de diciembre de 2014

Exsistere


El escenario que ambientaba el funeral del viejo filósofo parecía ser el más apropiado, como si lo hubiera imaginado y escrito un guionista burdo que buscase amoldar su propio concepto de realidad al arte en general. La mañana estaba oscura y fría, caía una llovizna tan fina que se colaba por todos lados, de fondo sonaba, arrullador, el Quinteto de cuerdas en do mayor de Schubert, y se habían formado diversos grupos en los que se debatían las ideas del pensador o se repetían sus aforismos a la manera de cánticos rituales. Los elogios parecían no tener fin. Cuando llegó el turno de los oradores, los veteranos aseguraron que había sido el hombre más sabio de su generación, los jóvenes se arriesgaron a proclamar -con esa solemnidad temerosa de los novatos- que, gracias a su aguda capacidad de introspección y análisis, él había abierto el camino para una renovada forma de existencialismo, pero absolutamente todos destacaron que nadie en su vida había puesto semejante tesón para alcanzar un conocimiento tan profundo y acertado del sí mismo. Sin embargo, la última palabra -digamos- la tuvo el muerto. Cuando quitaron el paño que cubría la lápida, en letras doradas sobre el mármol negro, pudo leerse el siguiente epitafio: "En verdad nunca supe quién fui". Frase que había sido tallada según el deseo del propio filósofo. Entre carraspeos y miradas que se evitaban, los concurrentes comenzaron a dispersarse con fingido disimulo, envueltos en un silencio casi ensordecedor, apenas perturbado por el arrastrar desengañado de los zapatos sobre la gravilla. Ya cerca de la salida del cementerio, uno de los más cercanos colaboradores del pensador se acercó a otro colega y, bamboleando la cabeza, le dijo en voz baja: Qué hijo de puta.

7 de diciembre de 2014

Dios es una regla


A mí me parece que Dios es una regla que se usa para medir el mundo, dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular. Había estado absorto en mis pensamientos y, de repente, me salió esa frase imprevista -incoherente diría-, en el medio de una cena con amigos, una frase que no tenía nada que ver con ninguno de los tantos temas que habían estado sobrevolando la comida. Se quedaron todos expectantes y yo no sabía qué hacer o decir, por eso les ofrecí una sonrisa idiota, como pidiendo disculpas, y para indicar que ya había vuelto de vaya a saber dónde y que buscaba conectarme con ellos de nuevo. Bueno, es que justo estaba acordándome de mis clases de piano..., cuando era niño, expliqué. Pero la relación entre unas clases de piano y Dios como regla seguía siendo un misterio para todos, incluso para mí. Las caras de incertidumbre y los cubiertos detenidos en el aire estaban poniéndome nervioso, así que no lo dudé un segundo, dejé el tenedor al costado del plato y comencé a decir lo primero que me viniera a la cabeza, cualquier cosa. Bueno, es que estaba recordando a mi profesora de música de la escuela, Sor Ana, una monja bajita y rechoncha que se sentaba al lado de nosotros en el piano, con una regla en la mano, y que nos daba un golpe en los nudillos -paft- cuando nos equivocábamos alguna nota o cuando quería corregir una posición incorrecta. Ja, no puedo imaginarme que alguien se haya convertido en un pianista decente después de someterse a semejante método de enseñanza, reflexioné. Mis amigos seguían mirándome fijamente, silenciosos y atentos a lo que vendría después. A mí me parecía que la relación se había vuelto bastante clara, ya era suficiente: la regla de Dios era la que usaba su representante, Sor Ana, para impedir que los niños se volvieran pianistas, era una metáfora, el problema ya no era mío, era de ellos que no podían entenderlo. No tenía nada más que decir, no obstante agregué: En fin, otro pequeño gran enigma que quedará sin respuesta. Por suerte, uno de mis amigos me rescató al cambiar enseguida de tema -fútbol, creo-, entonces yo aproveché para servirme un poco más de ensalada Waldorf. Por Dios... Está deliciosa, le aseguré a la anfitriona.

23 de noviembre de 2014

Ass As Sin


Después de haberme aguantado varias horas -lo reconozco-, los dos camareros del bar comenzaron a hacerse señas a la distancia como para darse a entender que ya era tiempo de deshacerse de mí y terminar su jornada de trabajo. Entonces iniciaron la típica rutina de cerrar la puerta con llave, apagar algunas luces y colocar las sillas sobre las mesas, con las patas hacia arriba, dejando así expuestos sus fondos indecorosos. Poco a poco, iban encerrándome en un círculo cada vez más apretado en torno a mi mesa, como si yo fuera la diana de un blanco de tiro. Así lo sentí, solo faltaba que alguno de ellos me lanzara el dardo.

Todavía atontado por la contramarea densa de un mal sueño, y después de sacudir la cabeza una y otra vez para no caer de nuevo en él, me descubro con las ventanas de mi rostro abiertas hacia el ojo de la madrugada, la pesadilla maquinó en mi mente mil planes macabros y dejó la furia de un titán que me alienta a concretarlos: está ahí, la tienes a tu lado, no te costaría nada. La noche y su silencio son propicios para amplificar los barullos internos, para pintar de negro las flores más bellas, para despertar los demonios de la inquietud, esos mismos que son capaces de organizar reuniones desatinadas que agravan todavía más los problemas de este mundo incierto, pero enseguida consigo disolver todas esas ideas feroces en un suspiro de último momento, en el borde en que la locura se vuelve una sombra melancólica... y mucho cansancio. Entonces la abrazo por la espalda, suavemente, y vuelvo a dormirme.

Con la misma insensibilidad que tuvieron para hacerme notar que querían echarme a patadas, uno de los camareros se acercó y largó la cuenta sobre la mesa, sin decirme una palabra. Miré el importe y le entregué el dinero exacto, luego, al levantarme, traté de imitar su brusquedad soltando una propina que -aunque escasa- él no merecía, pero que no obstante pagué, víctima de una cobardía urbana y civilizada. Finalmente, guardé mis cosas en la mochila, bebí lo que quedaba de vino en el vaso y me dispuse a salir del lugar, ardía en deseo de encontrar un nuevo cordero que lavara mis pecados, allá afuera habría muchos, ocultos en la fingida conveniencia de la noche.

6 de noviembre de 2014

Escópica


Poca gente lo sabe, pero el ojo derecho del químico y naturalista británico John Dalton está conservado en un frasco con formol en una estantería del sótano del Trinity College, en la Universidad de Cambridge. Ya nadie le presta la menor atención, pero en una época fue un objeto de gran interés para los estudiantes de esa Alta Casa de Estudios. Ellos miraban el ojo y el ojo los miraba a ellos, era francamente perturbador. El interés radicaba en que Dalton (en vida, claro) no podía distinguir algunos colores -el rojo y el verde, principalmente-, lo que hizo que ese error de percepción acabara teniendo su apellido, transformado ahora en una forma sustantiva, al agregársele el famoso sufijo "ismo" que suele indicar -entre otras cosas- ciertas actitudes extremas. De esta manera, su falla perceptiva se convirtió en un aporte para la ciencia decimonónica, algo que hoy parece ínfimo si lo comparamos con los inmensos problemas que tiene la humanidad para percibir su propia realidad. En fin, a pesar de que pocos lo recuerden por haber captado antes que otros el Modelo Atómico, desde una estantería olvidada en un sótano del Condado de Cambridgeshire, el ojo de Dalton nos vigila y continúa esperando una respuesta válida que determine cómo demonios funciona el mecanismo de la percepción de los tonos. Los científicos contemporáneos entienden que han realizado todos los estudios necesarios para explicar este defecto genético, pero a mí lo que me fascina es la persistencia de la pregunta del ojo de Dalton, pues aunque él nunca vea una respuesta satisfactoria, esa insistencia desmedida es mi pulsión, la misma que hace que tenga el placer de disfrutar de la gran variedad de colores que pintan el rostro de mi mundo.