27 de enero de 2015

Película


Estábamos en la playa, sentados uno al lado del otro, viendo cómo el sol se escondía detrás del mar, hacía un poco de frío, me pareció que era el momento ideal, de película. Mientras dibujaba rayas y círculos sobre la arena con un palillo, comencé a hablar, mejor dicho a balbucir, pues trataba de contarle algo que me importaba mucho, que me costaba mucho contar, pero ella, así, de la nada, se volvió hacia mí y me interrumpió: Una de las escenas de película que más me ha conmovido es el principio de Der Himmel über Berlin. ¿Cuál?, le pregunté; Las alas del deseo, creo que así la tradujeron en español, me respondió lacónicamente. ¿Y por qué te gusta?, volví a preguntar para ver a dónde quería llegar. En realidad, tenía la esperanza de que sus palabras la llevasen a evitarme la confesión, o a completarla, aún mejor. Bueno, es difícil de explicar, no sé si viste el filme, pero en esa escena la cámara adopta el punto de vista de los ángeles que sobrevuelan la ciudad de Berlín, ellos pueden... oír -hizo ese gesto típico de colocarle comillas al aire con los dedos índices y medios- los pensamientos de la gente, principalmente los pensamientos más abrumadores, los más duros y tristes, porque, como te imaginarás, los ángeles acompañan a los que sufren y se compadecen de ellos. Hizo una pausa, dio un largo suspiro y continuó hablando: Es que yo me identifico con los ángeles, porque, como ellos, soy de esas personas que se sienten atraídas por el dolor, siempre me veo impulsada a ser solidaria con el sufrimiento ajeno. Me parece muy bien, la alenté, entonces eres un ser maravilloso, lleno de compasión, de piedad, de... Ella asintió moviendo la cabeza y volvió a mirar hacia adelante, hacia el mar negro, pues ya no había más sol. Sí, puede ser, dijo finalmente. Su mensaje fue muy oportuno, había traído esa escena en el preciso momento en el que yo estaba abriendo mi corazón, tratando de decirle que la quería desde hacía mucho. Claro que yo también recordaba la escena de apertura de Las alas del deseo: un cielo nublado y gris, ese ojo enorme, los tejados de Berlín, unas personas atravesando la calle, alguien que lleva un cochecito de bebé, el ángel observándolo todo desde arriba, la niña que lo descubre. Entonces tuve ganas de maldecir y de ponerme a lloriquear como un crío, aunque supiera muy bien que, ese atardecer, ningún ángel iría a compadecerse de mí por la película penosa que yo mismo me había montado.

23 de diciembre de 2014

Exsistere


El escenario que ambientaba el funeral del viejo filósofo parecía ser el más apropiado, como si lo hubiera imaginado y escrito un guionista burdo que buscase amoldar su propio concepto de realidad al arte en general. La mañana estaba oscura y fría, caía una llovizna tan fina que se colaba por todos lados, de fondo sonaba, arrullador, el Quinteto de cuerdas en do mayor de Schubert, y se habían formado diversos grupos en los que se debatían las ideas del pensador o se repetían sus aforismos a la manera de cánticos rituales. Los elogios parecían no tener fin. Cuando llegó el turno de los oradores, los veteranos aseguraron que había sido el hombre más sabio de su generación, los jóvenes se arriesgaron a proclamar -con esa solemnidad temerosa de los novatos- que, gracias a su aguda capacidad de introspección y análisis, él había abierto el camino para una renovada forma de existencialismo, pero absolutamente todos destacaron que nadie en su vida había puesto semejante tesón para alcanzar un conocimiento tan profundo y acertado del sí mismo. Sin embargo, la última palabra -digamos- la tuvo el muerto. Cuando quitaron el paño que cubría la lápida, en letras doradas sobre el mármol negro, pudo leerse el siguiente epitafio: "En verdad nunca supe quién fui". Frase que había sido tallada según el deseo del propio filósofo. Entre carraspeos y miradas que se evitaban, los concurrentes comenzaron a dispersarse con fingido disimulo, envueltos en un silencio casi ensordecedor, apenas perturbado por el arrastrar desengañado de los zapatos sobre la gravilla. Ya cerca de la salida del cementerio, uno de los más cercanos colaboradores del pensador se acercó a otro colega y, bamboleando la cabeza, le dijo en voz baja: Qué hijo de puta.

7 de diciembre de 2014

Dios es una regla


A mí me parece que Dios es una regla que se usa para medir el mundo, dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular. Había estado absorto en mis pensamientos y, de repente, me salió esa frase imprevista -incoherente diría-, en el medio de una cena con amigos, una frase que no tenía nada que ver con ninguno de los tantos temas que habían estado sobrevolando la comida. Se quedaron todos expectantes y yo no sabía qué hacer o decir, por eso les ofrecí una sonrisa idiota, como pidiendo disculpas, y para indicar que ya había vuelto de vaya a saber dónde y que buscaba conectarme con ellos de nuevo. Bueno, es que justo estaba acordándome de mis clases de piano..., cuando era niño, expliqué. Pero la relación entre unas clases de piano y Dios como regla seguía siendo un misterio para todos, incluso para mí. Las caras de incertidumbre y los cubiertos detenidos en el aire estaban poniéndome nervioso, así que no lo dudé un segundo, dejé el tenedor al costado del plato y comencé a decir lo primero que me viniera a la cabeza, cualquier cosa. Bueno, es que estaba recordando a mi profesora de música de la escuela, Sor Ana, una monja bajita y rechoncha que se sentaba al lado de nosotros en el piano, con una regla en la mano, y que nos daba un golpe en los nudillos -paft- cuando nos equivocábamos alguna nota o cuando quería corregir una posición incorrecta. Ja, no puedo imaginarme que alguien se haya convertido en un pianista decente después de someterse a semejante método de enseñanza, reflexioné. Mis amigos seguían mirándome fijamente, silenciosos y atentos a lo que vendría después. A mí me parecía que la relación se había vuelto bastante clara, ya era suficiente: la regla de Dios era la que usaba su representante, Sor Ana, para impedir que los niños se volvieran pianistas, era una metáfora, el problema ya no era mío, era de ellos que no podían entenderlo. No tenía nada más que decir, no obstante agregué: En fin, otro pequeño gran enigma que quedará sin respuesta. Por suerte, uno de mis amigos me rescató al cambiar enseguida de tema -fútbol, creo-, entonces yo aproveché para servirme un poco más de ensalada Waldorf. Por Dios... Está deliciosa, le aseguré a la anfitriona.

23 de noviembre de 2014

Ass As Sin


Después de haberme aguantado varias horas -lo reconozco-, los dos camareros del bar comenzaron a hacerse señas a la distancia como para darse a entender que ya era tiempo de deshacerse de mí y terminar su jornada de trabajo. Entonces iniciaron la típica rutina de cerrar la puerta con llave, apagar algunas luces y colocar las sillas sobre las mesas, con las patas hacia arriba, dejando así expuestos sus fondos indecorosos. Poco a poco, iban encerrándome en un círculo cada vez más apretado en torno a mi mesa, como si yo fuera la diana de un blanco de tiro. Así lo sentí, solo faltaba que alguno de ellos me lanzara el dardo.

Todavía atontado por la contramarea densa de un mal sueño, y después de sacudir la cabeza una y otra vez para no caer de nuevo en él, me descubro con las ventanas de mi rostro abiertas hacia el ojo de la madrugada, la pesadilla maquinó en mi mente mil planes macabros y dejó la furia de un titán que me alienta a concretarlos: está ahí, la tienes a tu lado, no te costaría nada. La noche y su silencio son propicios para amplificar los barullos internos, para pintar de negro las flores más bellas, para despertar los demonios de la inquietud, esos mismos que son capaces de organizar reuniones desatinadas que agravan todavía más los problemas de este mundo incierto, pero enseguida consigo disolver todas esas ideas feroces en un suspiro de último momento, en el borde en que la locura se vuelve una sombra melancólica... y mucho cansancio. Entonces la abrazo por la espalda, suavemente, y vuelvo a dormirme.

Con la misma insensibilidad que tuvieron para hacerme notar que querían echarme a patadas, uno de los camareros se acercó y largó la cuenta sobre la mesa, sin decirme una palabra. Miré el importe y le entregué el dinero exacto, luego, al levantarme, traté de imitar su brusquedad soltando una propina que -aunque escasa- él no merecía, pero que no obstante pagué, víctima de una cobardía urbana y civilizada. Finalmente, guardé mis cosas en la mochila, bebí lo que quedaba de vino en el vaso y me dispuse a salir del lugar, ardía en deseo de encontrar un nuevo cordero que lavara mis pecados, allá afuera habría muchos, ocultos en la fingida conveniencia de la noche.

6 de noviembre de 2014

Escópica


Poca gente lo sabe, pero el ojo derecho del químico y naturalista británico John Dalton está conservado en un frasco con formol en una estantería del sótano del Trinity College, en la Universidad de Cambridge. Ya nadie le presta la menor atención, pero en una época fue un objeto de gran interés para los estudiantes de esa Alta Casa de Estudios. Ellos miraban el ojo y el ojo los miraba a ellos, era francamente perturbador. El interés radicaba en que Dalton (en vida, claro) no podía distinguir algunos colores -el rojo y el verde, principalmente-, lo que hizo que ese error de percepción acabara teniendo su apellido, transformado ahora en una forma sustantiva, al agregársele el famoso sufijo "ismo" que suele indicar -entre otras cosas- ciertas actitudes extremas. De esta manera, su falla perceptiva se convirtió en un aporte para la ciencia decimonónica, algo que hoy parece ínfimo si lo comparamos con los inmensos problemas que tiene la humanidad para percibir su propia realidad. En fin, a pesar de que pocos lo recuerden por haber captado antes que otros el Modelo Atómico, desde una estantería olvidada en un sótano del Condado de Cambridgeshire, el ojo de Dalton nos vigila y continúa esperando una respuesta válida que determine cómo demonios funciona el mecanismo de la percepción de los tonos. Los científicos contemporáneos entienden que han realizado todos los estudios necesarios para explicar este defecto genético, pero a mí lo que me fascina es la persistencia de la pregunta del ojo de Dalton, pues aunque él nunca vea una respuesta satisfactoria, esa insistencia desmedida es mi pulsión, la misma que hace que tenga el placer de disfrutar de la gran variedad de colores que pintan el rostro de mi mundo.

21 de octubre de 2014

La frontera


Desde hacía más de dos siglos que solo me levantaba para ir hasta la cocina a prepararme algo para comer o cuando necesitaba ir al baño, nada más, ni siquiera me acostaba en una cama, pues mi cama, mi habitación, mi casa y todo mi mundo era una silla de mimbre en la que me sentaba. Sin embargo, una mañana algo me hizo ver que mi vida se había vuelto demasiado rutinaria, me pareció que en otro lugar debía haber una existencia muy diferente -y sin dudas mejor-, entendí que había llegado el momento de ponerme de pie y comenzar a caminar, pero no quería ir a cualquier sitio, mi ilusión era llegar hasta la frontera y luego -muy lentamente- cruzarla, entrar en ese país en el que vivían unos seres a los que llamaban Los Otros. Intuí que el viaje sería largo, pero no me importaba, tenía tiempo y quería andar. Guardé algunas cosas indispensables en la mochila e inicié la aventura. Entonces caminé sin detenerme, sí, caminé durante días enteros, pero los días también trajeron noches que eran frías y duraban muy poco. Con las décadas, esos días enteros y esas noches frías que duraban muy poco se fueron confundiendo, mezclándose tanto entre sí que todo se volvió una tarde continua e insulsa. Y aunque no divisara la frontera yo seguía marchando porque quería llegar, por suerte mis pasos iban quedando grabados en la tierra, a veces llenándose con el agua que la lluvia derramaba cada tanto, agua que servía de hogar a los renacuajos. En mi trayectoria, subí montañas, atravesé valles, eludí hondonadas, hasta que una tarde descubrí unas huellas secas que ahuecaban el camino, huellas ancestrales de cuando los días eran enteros y las noches eran frías y duraban muy poco, de cuando aún las tardes no se habían vuelto eternas. Entonces comprendí que por fin había llegado a la frontera, donde, unos metros más allá, me esperaba la silla de mimbre, ahora desvencijada.


Este relato originariamente lo escribí junto con una de las mejores escritoras que conocí a través de este medio, quien decidió dejar (ojalá que por poco tiempo) su actividad literaria. El texto está bastante modificado, ¡perdón por el atrevimiento Sonia!

1 de octubre de 2014

Amores improbables


Dicen que la melodía íntegra de la canción “Yesterday” de The Beatles fue compuesta por Paul McCartney (Sir James Paul McCartney) una desapacible mañana de febrero de 1965, después de tener un sueño en el cual la famosa tonada se repetía una y otra vez en su mente, acompañada por imágenes muy tristes de una mujer que se alejaba de él y a la que no podía alcanzar porque sus pies -los de él- estaban como hundidos en un barro pegajoso. Un típico simbolismo freudiano, sin lugar a dudas. Esa mañana, al despertarse en la casa de su novia de entonces, Jane Asher, Paul corrió al piano y tocó la melodía frente a un (ahora) antiguo grabador de cinta para que quedase registrada. Luego viene la historia de cómo escribió la letra y de cuánto tiempo demoró en mostrarle el tema a los otros músicos de la banda, porque él creía que se trataba de un plagio involuntario, ya que es una canción -valga decirlo- de armonía y melodía bastante simples, que podía haber quedado fijada en su memoria al oírla en cualquier lugar. En fin, todos estos datos pueden encontrarse fácilmente en Google. Lo que importa aquí es que aún hoy Paul asegura que no puede reconocer quién era aquella mujer de su sueño, no obstante algunos biógrafos temerarios afirman que lo que él no quiere confesar es que la misteriosa dama era Elizabeth Alexandra Mary Windsor, la mismísima Reina Isabel Segunda del Reino Unido, quien tenía -y tiene- casi veinte años más que Paul, pero que -incluso así- ejercía sobre él una atracción sexual tan profunda que, para contrarrestarla, decidió casarse con la insulsa (aunque multimillonaria) Linda Eastman. Con sobrado fundamento, se sospecha que la reina también estaba enamorada de Paul, pero no sucedió nada entre ellos, cualquier acercamiento se hubiera convertido en una cuestión de estado tan grave que se habría llevado alguna vida (verbi gratia: Lady Di). La pasión de muchos años finalmente se terminó después de que la reina lo nombrara Caballero de la Orden del Imperio Británico, en 1997. De esta forma, una ceremonia excesivamente protocolar hizo pelota uno de esos instintos maravillosos que la gente vulgar tiene por costumbre denominar bajos. Bueno, esto suele pasar todo el tiempo en muchas parejas. Lo cierto es que después de una década y media, la noche del 5 de junio de 2012, el Beatle y la Queen volvieron a encontrarse en el backstage del concierto organizado frente al Palacio de Buckingham para cerrar la fiesta principal del Jubileo de Diamante de Su Majestad. Comentan los mismos biógrafos atrevidos que esa noche algo estuvo a punto de pasar entre la Soberana de la sonrisa de Mona Lisa y el Músico de los ojillos caídos, pero que ella se mostró muy fría con él luego de que Paul cerrara su show tocando “Hey Jude” en vez de “Yesterday”.


Dedicado a Marita.

19 de septiembre de 2014

Oscuridad


Siempre estaba oscuro cuando -desde mi cama- oía a mi padre tocar la campanilla de la bicicleta, una y otra vez, yendo y viniendo por nuestra calle de tierra. Ya cuando comenzaba a clarear, volvía a casa y se sentaba a la mesa de la cocina, donde solía comer tortas fritas, acompañadas con uno o dos jarros de café. No es que le tuviera miedo, pero pasó bastante tiempo hasta que me animé a preguntarle: Papá, qué haces todos los días tan temprano; despierto al sol, me respondió malhumorado, y luego -por lo bajo- agregó algo que me pareció una mala palabra. No dijo nada más, yo tampoco. Era así todos los días, a mí me gustaba oírlo desde la cama, antes de ir a la escuela. Sucedió que una madrugada sólo escuché silencio y eso me sobresaltó. Me levanté y salí de mi habitación para ver qué estaba pasando, encontré a mi madre apoyada en el quicio de la puerta, fumando un cigarrillo y mirando hacia afuera, hacia la oscuridad. No quise interrumpirla, pero muy pronto se dio cuenta de que yo estaba a su lado, entonces se agachó, me agarró la cara con ambas manos (el humo me hizo llorar un ojo) y me explicó: bueno, es que tu padre estaba cansado y decidió irse a otro lugar... lejos, no sé. Está bien, mamá, le dije y volví a mi cuarto. Por varios días quedé al cuidado de mi abuela, los dos parecíamos estar envueltos en una penumbra atenazadora de velas y candiles, hasta que -por fin- mi mamá regresó. Enseguida fue a buscar la bicicleta al patio y me la alcanzó. La faena de tu padre ahora será la tuya, me dijo, despertar al sol. Mi abuela me tocó la cabeza y murmuró, sollozando, pobre criatura, qué maldición tener que..., pero yo no creía que estuviera pasando algo malo, si el sonido de la campanilla de la bicicleta era tan alegre.

27 de agosto de 2014

Lázaro


Desde el preciso momento en que falleció, Lázaro dejó de ser el joven divertido, activo y bonachón de siempre, se lo veía triste y meditabundo, alejado de los placeres simples que tanto le habían gustado. Debido a su bonhomía, todos en su pueblo lo apreciaban, pues no había una sola persona que no hubiera pasado un momento maravilloso con él, por eso estaban tan preocupados por su cambio. Ahora el pobre Lázaro se pasaba el día entero acostado, sin ánimo siquiera para apretar el mando a distancia y ver una novela brasileña o Breaking Bad. Todos opinaban sobre su extraño comportamiento, pero nadie se animaba a encararlo y decirle algo que lo ayudara. Al segundo día, sus amigos se reunieron en el Club Social Betania para hablar de esta extraña actitud del finado Lázaro, allí cada uno dio su parecer, pero terminaron acordando que -en definitiva- era asunto suyo, que uno no podía andar metiéndose en la muerte de los demás así como así. Sin embargo, también concluyeron que el hecho de estar muerto no era razón suficiente como para alterar de tal manera sus hábitos y costumbres... su humor, qué embromar, si la muerte es parte de la vida y todos lo sabemos. Frente a tan grave problema que se había generado, una buena amiga tuvo el coraje de ir a hablarle sin pelos en la lengua, como suele decirse. Lázaro la escuchó con una atención extrema y sólo se manifestó cuando ella parecía no tener nada más que agregar. Le aseguró que iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance para volver a ser el mismo que la gente conocía, le pidió amablemente que agradeciera a cada uno por preocuparse tanto por él y su estado, pero le dijo que dejara pasar otro día, que la muerte era una cosa seria y que necesitaba cierto tiempo para adecuarse. Finalmente, tres días después de morir, Lázaro retomó sus actividades normales y todos los habitantes del pueblo se pusieron muy contentos, menos yo, claro está, pues había escrito el mejor obituario de mi vida y ahora tendría que guardarlo hasta vaya Dios a saber cuándo.

11 de agosto de 2014

La llevo en la sangre


Veamos cómo este breve relato -que viene del pasado- intenta abrirse paso por los largos y oscuros pasillos de la indiferencia, porque -a pesar de todo- él todavía quiere ser algo, algo para alguien, quiere ser algo que le llegue a alguien. Observemos cómo unas palabras deslustradas por el uso cotidiano buscan adquirir un poco de luz bajo la mirada creadora de un nuevo Lector.

Después de conducir varias horas por diferentes carreteras secundarias, sin un rumbo fijo, pero siempre tratando de mantener un patrón que no nos alejara mucho de la ciudad, con mucha expectativa, detuve el auto en el estacionamiento de un motel. El vehículo exhaló un bufido de animal hastiado, luego el silencio se hizo tan notorio que podía oírse el gorgoteo de los distintos fluidos mecánicos deslizándose por tubos y cavidades. No sé por qué me pareció que hay cosas que no tendrían que ser percibidas, ya que si bien el auto es una máquina, las máquinas también tienen derecho a guardar sus secretos, su intimidad. Suspiré profundamente y largué el volante, entonces puse mi mano al lado de su pierna, sin tocarla, después levanté la vista y busqué sus ojos, esperando una mirada cargada de sensualidad y asentimiento, pero ella me devolvió un gesto torcido y desagradable que hizo que volviera a poner el coche en marcha y apretase el acelerador a fondo, arrojando gravilla sobre los otros vehículos aparcados. Salimos escapando de allí como si fuéramos dos delincuentes. Desde hace unos meses nuestra relación se ha vuelto insostenible, ella no consigue superar todas esas barreras impuestas hace tantos años. Para qué seguir escondiéndonos, carajo -quiero convencerla-, si mi esposa nunca me importó y a ella su marido tampoco le interesa demasiado. Me dice que no es por ellos, que es porque no puede olvidarse de los gritos de papá aquella tarde de verano -bestias, engendros, monstruos- cuando nos encontró besándonos en la cama. No sé lo que pueda suceder, pero ya estoy harto de esta situación: sí, nos amamos, creo que ya es hora de que todo el mundo lo sepa, complicidad no nos falta, después de todo somos hermanos.


En homenaje a Claude Lévi-Strauss.