17 de enero de 2011

Cheshire


Entro a mi departamento y largo las llaves sobre el escritorio. Doy un pequeño rodeo por los ambientes aún con el aroma de un nuevo amor adherido a mi cuerpo. Uno más: otro más. Para quitármelo, abro la ventana. En el cielo se ve la luna, parece la sonrisa de la noche, una sonrisa burlona sostenida por una oscuridad que titila. Entonces te recuerdo y quiero compartirte estas periferias mías, compartir Destino, pero ya estás lejos, alejada por mi propia sombra que me derribó al suelo y me arrastra, me convertí en la sombra de una sombra: ella camina y yo la sigo por los caprichos del terreno… como siguen las sombras.

12 de enero de 2011

Esa mancha

Yo era un bebé -hijo de una jovencita de 18 años y de un adolescente de apenas 19- cuando mi papá murió. Muchos me dicen que ni siquiera lo conocí, que no debería afectarme tanto, pero nadie sabe que no fue su muerte en sí lo que me acompaña como un fantasma desde aquellos días, sino la causa. Mi papá murió en la guerra. En aquella estúpida guerra iniciada por un milico borracho que creyó que con un par de gritos podría recuperar las Malvinas: Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla… Entonces vinieron y nos ganaron. Pero el problema -mi problema, quiero llegar a él- es que mi padre murió sin disparar un solo tiro. No es que lo haya sorprendido una patrulla británica o un mercenario gurkha antes de que pudiera defenderse, no, mi padre murió de miedo, tuvo un infarto cuando escuchó los primeros disparos de un pelotón inglés que se acercaba a su trinchera. Murió de miedo. Se hizo en los pantalones y murió y esa mancha me persigue como un lobo hambriento que necesitara devorar la poca dignidad que le queda a este hijo de un cobarde.

6 de enero de 2011

Londoners


El tipo vive en la calle y no se trata de una metáfora. Duerme en la entrada de una casa victoriana del 113 de Belgrave Road. No sé dónde se refugia de día, pero allí lo encuentro las noches en las que siento deseos de conversar con alguien. Llegamos a intimar bastante. Cuando el frío aprieta, se tapa con una gruesa manta de la que -de vez en cuando- emerge la cabeza de su perro. Sus pertenencias se resumen a una botella de brandy y a un libro que renueva -cada tanto- en la biblioteca de Westminster. Me gusta conversar con él. No tiene linda voz, pero suena convincente, le da el timbre maduro que sólo consiguen los que saben usarla. Comienza las charlas con lentitud y una vez que llega al clímax, sus palabras alcanzan ese ritmo que pulsa entre el recitado de un homérida y la perorata de un vendedor ambulante. Me gusta conversar con él y no me avergüenza que la gente me vea, sólo me sobresalté cuando -ayer- un hombre soltó una moneda de 20 peniques en mi mano.

1 de enero de 2011

La fiesta


La fiesta se desarrollaba como cualquier fiesta de hoy, la gente ya se había entonado desde temprano con algún trago y había llegado al lugar con un espíritu avant-goût y un ímpetu exagerado, mezcla del alcohol, el entusiasmo y la esperanza de no irse solo por la mañana. Era un circular constante de gente que iba de la barra al grupo de amigos y del grupo de amigos a la barra, haciendo cortas escalas en destinos intermedios para besarse o manosearse con cualquiera que se lo propusiese. Todos habían adquirido ya la mirada de ave de rapiña y no dejaban de amenazarse unos a otros para demostrar quién terminaría siendo la comida de quien: parecían buitres parados en los postes a los costados de la ruta, esperando que otro carroñero dejase los restos de un cadáver para dar cuenta de ellos.
Bueno, yo también me enganché, qué más daba. En definitiva, al final de la noche, todos habríamos probado la saliva de todos y todos habríamos comido la regurgitación de algún otro.

25 de diciembre de 2010

Los barrotes



Apretó con fuerza los párpados para que ella no desapareciera y deseó que -del otro lado- su mamá también lo hiciese, pero no tuvo suerte, la mujer no se había esforzado lo suficiente, entonces su imagen se desintegró en infinitas pequeñas partículas, como un holograma que, repentinamente, hubiese dejado de ser proyectado.

Las manos del niño quedaron acariciando el aire, sin embargo, en la punta de sus dedos, los receptores cutáneos insistían en transmitirle sensaciones de tacto y temperatura de un cuerpo que ya no estaba allí, un cuerpo que conocía bien, pero al que nunca se había podido acostumbrar.
Impotente dejó caer los brazos y comenzó a caminar por ese decorado que ahora parecía habitado apenas por actores de reparto. Era un hermoso barrio virtual que tenía algo de ciudad satélite, construida en diferentes niveles por encima del piso, pero a diferencia de aquellos ghettos de los años ’70 en los que se erguían decenas de bloques de cemento deslucidos y manchados por la humedad y el tiempo, había aquí castillos con alcázares unidos unos a otros por pasillos de enrejado negro; también había torres con almenas en cuyos muros serpenteaban mangueras de luces de neón de color rojo, verde y violeta. Por todos lados se veían amplios descansos, terrazas, desniveles y canteros decorados con flores muy bellas pero sin aroma. El niño se detuvo y miró hacia abajo, nada le pareció extraño, se observaba un abismo insondable de pasillos y pasillos que se entrecruzaban. Pero cuando levantó los ojos, vio un cielo demasiado oscuro, demasiado negro, sin estrellas ni luna. Inmediatamente se percató de la irrealidad y se despertó.
Franjas alternadas de luz y oscuridad denunciaron una persiana americana entreabierta, enseguida escuchó los pitidos desacompasados de los diferentes aparatos electromédicos. Sin mover la cabeza, con la vista recorrió su brazo derecho, llegó hasta unas agujas clavadas en las venas de la mano y entonces descubrió dónde estaba. Algo lo confundió, un hormigueo agradable y femenino que aún sentía en la yema de los dedos. Era un retazo del sueño.
Estirado en la cama del hospital, el niño respiraba con dificultad. El movimiento de su pecho era trémulo e inseguro… sin ritmo. Por sus labios secos y resquebrajados se escapaba un silbido remoto y lastimero. Sus ojos estaban entreabiertos y se clavaban -ya sin ver- en la pared de enfrente en la cual colgaba -un poco ladeada- una copia descolorida de La noche estrellada de Van Gogh. La piel pálida de los brazos casi no se diferenciaba de las sábanas en la que estaban apoyados. Todo era silencio, apenas incomodado por el siniestro zumbido de la respiración del niño. El médico miraba al piso -así se lo imponía su conciencia-, pues acababa de dictar un aséptico veredicto profesional y la madre que se mordía el secreto para que no estallase en una Legión de voces acusadoras: Había mantenido a su hijo en un estado de extrema desnutrición para que pudiese pasar por los barrotes de las rejas de seguridad de las casas, y así obligarlo a robar.

18 de diciembre de 2010

Anotaciones del Destino


Era una tarde de verano. Chico Bonito esperaba a su amiga en la esquina de Callao y Bartolomé Mitre, soportando con estoicismo una legión de penurias: el calor sofocante, los bocinazos de los coches, las corridas de los oficinistas y los insultos de todos aquellos a los que él interrumpía con su parsimonia. Había aletargado sus sentidos para que toda esa locura no lo afectase. Pero, de repente, algo lo avivó: Un coche que circulaba por el carril central de la avenida Callao hizo una mala maniobra y golpeó a un motociclista que venía por la izquierda. Frenadas, gritos, ruido de metal friccionado… esas cosas. El hombre que conducía la moto quedó tirado en la acera -a un par de metros de Chico Bonito-, gimiendo, temblando y balbuceando que no podía mover las piernas. Una señora mayor que pasaba por allí decidió llamar al 911. Lo hizo con mayor dramatismo del que Chico Bonito hubiera expresado, con mayor dramatismo del que la situación requería, porque en verdad no se veía sangre en el suelo ni el golpe del motociclista parecía ser tan grave. Lo cierto es que si Chico Bonito no hubiera estado allí, si sólo hubiera escuchado la llamada de la mujer, habría creído que el accidente se había cobrado varias víctimas fatales. Una hermosa sobreactuación de esta señora.
Cuando llegó la ambulancia, de cada puerta salió disparado un hombre. El que iba del lado del conductor corrió hacia la parte trasera del vehículo para traer el collar ortopédico y la tabla de inmovilización, mientras que el acompañante, el médico, fue hasta la puerta lateral de la que sacó una caja de plástico, de esas que usan los pescadores para llevar sus aparejos. Apenas hubo tomado la caja, se precipitó hacia el herido, pero unos pasos antes de llegar a él, detuvo su carrera, abrió los ojos con terror, se llevó una mano al centro del pecho y cayó sobre el asfalto. Había muerto. Paro cardiorrespiratorio, explicó alguien más tarde. Otro doctor, que había surgido de la multitud de curiosos, le hizo las maniobras pertinentes, pero el desgraciado no consiguió sobrevivir al infarto fulminante. Había muerto el médico que venía a atender al motociclista herido. Chico Bonito estaba paralizado por la congestión de preguntas: ¿Cómo que murió el médico? ¿Murió el médico que venía en la ambulancia a atender al atropellado? ¿No se supone que el médico no tiene que morir? Bueno, al menos no en una situación en la cual él era el aval de la salud y la vida. ¿Quién controla estas cosas en el mundo? En respuesta a Chico Bonito, el Destino le hizo un guiño a la Muerte -uno de sus varios socios-, mientras se anotaba otro tanto en su lado de la placa. Detrás de la Parca se veía un espectro -un poco confundido dentro de su nuevo y vaporoso uniforme blanco-. Sí, había muerto el médico que venía a atender al motociclista, quien a esta altura de los acontecimientos, se había levantado para observar la escena con mirada incrédula, pues a él ya nadie le daba importancia.

14 de diciembre de 2010

Proyecto Babel III

MOEBIUS
Los comienzos nunca son sorpresivos, como tampoco lo son los finales. Si se analizaran los hechos una vez ocurridos, muy pronto uno se daría cuenta de que algo ya los hacía prever o de que algún detalle podría haber indicado el camino del desenlace. Prólogos y epílogos éstos que -probablemente- no pudieron ser interpretados. Dejémonos de tanta perorata inútil: Un inicio nunca es el inicio, un final jamás es el final, siempre se puede ir más allá. El temor puede surgir cuando uno se pregunta hacia qué lado -entonces- buscar esos indicios reveladores. Para mí no existen dudas al respecto: La vida corre en un solo sentido… hacia atrás.

MOEBIUS
Os começos nunca são inesperados, como também não o são os finais. Se os fatos fossem analisados depois de terem ocorrido, muito rapidamente você perceberia que algo fazia prevê-los ou que algum detalhe poderia ter indicado o caminho do desenlace. Prólogos e epílogos estes que -provavelmente- você não soube interpretar. Chega de tanta digressão inútil: Um início nunca é o início, um final jamais é o final, você sempre pode ir além. O temor pode aparecer quando você se perguntar para que lado -então- procurar esses indícios reveladores. Para mim não há dúvida sobre isso: A vida corre num só sentido... para trás.

MOEBIUS
Beginnings are never unexpected, as the endings are not either. If the events were analyzed once they had occurred, you’d very soon realise there was something to be foreseen or that some detail could have shown you the way of the outcome. Prologues and epilogues you -probably- weren’t able to interpret. Let's stop with all these pointless ramblings: A start is never the start, an end is never the end; you can always take a step beyond. The fear might turn up when you wonder which way to turn to look for those telltale signs. There’s no doubt for me about that: life runs just in one way... backwards.

MOEBIUS
Els principis mai són sorprenents, com tampoc ho són els finals. Si s’analitzen els fets una vegada ocorreguts, molt prompte un s’adonaria de que quelcom ja els feia preveure o de que algun xicotet detall podria haver indicat el camí del desenllaç. Pròlegs, epílegs aquests que -probablement- no van poder ser interpretats. Deixem-nos de tant divagació inútil: un inici mai es l’ inici, un final mai es el final, sempre es pot anar més enllà. El temor pot sorgir quan un es pregunta cap a quin costat -aleshores- buscar eixos indicis reveladors. Per a mi no existeixen dubtes al respecte: la vida corre en un sol sentit... cap enrere.

MOEBIUS
Les débuts ne sont jamais inattendus, de même que les fins ne le sont pas non plus. Si on analyse les événements une fois qu’ils se sont produits, on réalisera bientôt que quelque chose était déjà prévue ou qu’un détail pourrait nous avoir mis sur la voie du dénouement. Prologues et épilogues ceux qui -probablement- n’ont pas pu être interprétés. Laissons toutes ces divagations futiles: Un début n'est jamais le début, une fin n'est jamais la fin, on peut toujours aller plus loin. La peur peut survenir lorsque l'on se demande dans quel sens -alors- chercher ces indices révélateurs. Pour moi, il ne fait aucun doute à ce sujet: la vie va dans une seule direction ... en arrière.

MOEBIUS
Η αρχή δεν είναι ποτέ απρόσμενη το ίδιο και το τέλος. Αν τα γεγονότα αναλύονταν κάθε φορά που συνέβαιναν πολύ σύντομα θα καταλάβαινες ότι υπήρχε κάτι που μπορούσε να έχει προβλεφτεί η ότι κάποια λεπτομέρεια θα μπορούσε να σου έχει δείξει το αποτέλεσμα (συνέπεια). Οι πρόλογοι και οι επίλογοι που (ίσως) εσύ δεν μπόρεσες να ερμηνεύσεις. Ας σταματήσουμε με όλη αυτή την μάταια φλυαρία. Η αρχή δεν είναι ποτέ η αρχή και το τέλος δεν είναι ποτέ το τέλος, πάντα μπορεί να πας ένα βήμα πιο πέρα. Ο φόβος ίσως εμφανιστεί όταν αναρωτιέσαι προς τα πού να ψάξεις αυτά τα μαρτυριάρικα σημάδια. Για μένα δεν υπάρχει αμφιβολία γι`αυτό: Η ζωή τρέχει προς μόνο μία κατεύθυνση…… προς τα πίσω.