28 de febrero de 2011

Manifiesto de la Reciprocidad

Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer.


1. Me planteé la posibilidad de cerrar el blog, de deshabilitar los comentarios, de quitar los seguidores, de cambiar los colores de la plantilla… Pero la solución menos trágica que encontré fue hacer una confesión abierta: No puedo retribuir todas las visitas que hacen a este blog. No al menos como yo querría.

2. Esto no significa que vaya a dejar de visitarlos, pero voy a hacerlo con el tiempo que cada uno merece, el tiempo para leer en serio las entradas y dejar una opinión sincera y válida, cuando lo considere, y no un comentario al paso (cada vez me caen más gruesos los comentarios al paso). Hace poco alguien me dijo que visitar un blog tendría que ser como ir a la casa de un amigo y charlar con él de manera amistosa y comprometida. Me encantó la idea, pues pasar, dejar un “es hermoso tu texto, qué bien escribes” y salir disparando hacia otro blog no le sirve a nadie… Bueno, tal vez a alguien sí, no a mí. Lo cierto es que cuando pase por un blog amigo, sabrá su creador que lo estoy haciendo con mucho placer.

3. Creo que con esta confesión, a la vez, quito la obligación de ‘decir algo’ a los que pasan amablemente por aquí. Para mí ya es un honor el hecho de que vengan y lean lo que escribo. Me parece, también, que me libero de los (¡Dios!) “te comento sólo si me comentas”, “te leo pero nunca comento”, “no te comento porque tienes muchos comentarios”, "no te comento porque tienes muchos seguidores", “seguro que ni lees lo que te escribo” y otros imaginarios que llegan a mi correo electrónico.

4. Tengo la impresión de que el sistema colapsó, ya no es como en los viejos tiempos cuando podíamos visitar a quienes nos dejaban un mensaje, hoy los blogs son tantos y tan variados que la ‘ley de reciprocidad’ ya no puede funcionar. Claro, es algo muy personal, más de 2300 amigos es una cantidad inabarcable (si, ya sé que divinos se escribe con V).

5. Claro que con esto no estoy diciendo “no comenten más”, digo que es imposible para mí retribuir las visitas en la misma medida, no por falta de voluntad -se los aseguro-, sino por falta de tiempo real compatible con una vida normal y sana. Pido disculpas por este sincericidio, pero cualquier otra actitud mía sería engañosa.

6. Jamás lo hice abiertamente, pero aprovecho este manifiesto para agradecer de corazón a los que -cada semana- aportan su granito de idea para que un texto crezca y tome nuevos caminos. No podría nombrarlos a todos, pero les aseguro que son muchos y muy queridos por mí. Un cariño especial a la gente de España cuyas visitas duplican las del país donde vivo y decuplican las del país donde nací. Nadie es profeta en su tierra, qué verdad.


Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.

25 de febrero de 2011

Tan solo ella


Me encontraba deambulando sin sentido por el interior de una casa derruida y oscura. Creo que era de noche. En todo caso, si no lo era, la cerrazón del lugar daba la impresión de que, al menos, ya había bajado el sol. Era una casa de madera que bien podía estar a la orilla del mar o en el bosque, pero no en una ciudad. Faltaban algunos listones en las paredes, al igual que la mayoría de los vidrios de las ventanas. Los postigos colgaban de las bisagras como muñecos de trapo hacía mucho tiempo olvidados. Las puertas estaban cerradas, pero por los huecos que dejaban todas las otras faltas se escabullían unos haces espesos de luz turbia, velada. Si no fuera contradictorio, me animaría a decir que aquello era una luz sin luz. En el ambiente flotaba un polvillo que se resistía a depositarse sobre los muebles caídos. Colgaban del techo gruesos restos de telarañas deshabitadas y todo el entorno olía a humedad y moho. Aún dormido como estaba, comprendí que esa casa era una clara alegoría de mi vida.
Siempre había estado preso en una existencia sombría y desvencijada. Mi única salida era abrir las puertas que (ellos) me enseñaron a cerrar. No tenía demasiadas opciones para poder disfrutar de lo que viniera luego, fuese mucho o poco. Lo cierto es que estaba esperanzado, pues sabía que Ella -tan solo Ella- iba a ser la barreta con la que abriría las puertas... o con la cual, como sucedió, tiraría esas malditas paredes abajo.

24 de febrero de 2011

Las culpas

Mi mamá me lo repetía siempre, es decir, siempre que yo hubiera hecho algo malo. Luego lo escuché de boca de la madre de un amigo, de la de mi compañero de clases, de la de mi novia y así. Alguien me contó que todas (todas) las madres -más tarde o más temprano- terminan diciéndolo, que es el resultado del culebrón latinoamericano que les fueron metiendo en la cabeza. La mía lo decía de corrido y rapidito, sazonado con un tono llorón:

"Ya me vas a ver en el cajón y te vas a arrepentir de no haber valorado a tu pobre madre".

Era increíble, ahora estaba en un ataúd, tan pálida que parecía una persona -si es que cabe aquí este sustantivo equívoco- totalmente desconocida para mí. Me quedé la noche entera a su lado. Estaba muy (muy) triste, por supuesto, era mi vieja la que había fallecido, pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que yo no hubiera sabido valorarla o que hubiese sido una pobre madre, como tampoco me arrepentí de las cosas malas que hubiera hecho de pequeño. Tuvo la suerte de no estar más en este mundo para descubrir la verdad, pues a la fatalidad de estar muerta, se le sumaba la desdicha de que a su (malvado) hijo no se le hubiera ocurrido esa hermosa frase al verla en el cajón… ¡Y con lo bien que a ella le salía!

22 de febrero de 2011

Proyecto Camaleón (o como dejar conformes a ciertos lectores)

El muchacho salió de su casa con pasos rápidos y seguros. Aunque bien mirado los pasos no eran tan seguros y el muchacho podría haber sido una mujer robusta o un niño alto; lo cierto es que salió de su casa y caminó tres calles hasta la parada del 52 en Notting Hill Gate. No, un momento, podía haber sido la parada del 70 o del 148, bueno, es que todos tienen el mismo color. A ver, si lo analizara en detalle, no pudo haber sido la parada del 148, porque la idea de este joven -o mujer corpulenta o niño alto- era ir al Hyde Park Corner y el 148 no va hasta allí. ¿Adónde va el 148? Ah, sí, el 148 va hacia White City. Entonces era la parada del 52, casi seguro.

Se encontraría con ella en el Hyde Park Corner. Para ser más exacto, en el Wellington Arch que está ahí nomás. Lo justo sería que aclarase que ninguno de los dos había quedado que fuera en la plazoleta del Wellington Arch, sino en una calle lateral al mismo, más exactamente en Grovesnor Place esquina Halkin Street, o esquina Chapel Street o… No. Ahora lo recuerdo con exactitud, se encontrarían en Grosvenor Crescent y Pembroke Close a las 3 de la tarde. A él le gustaba salir de día, si bien que “gustaba” es una forma de decir, pues detestaba caminar de día.

-Fuck me, ¿por qué no quedamos en encontrarnos de noche?- maldecía, mientras esperaba el 11. ¿El 11?

En resumidas cuentas, a él le gustaba salir de día aunque en términos generales lo odiara, ustedes sabrán entender.

Cuando ya hacía bastante que esperaba el 320 -o el 52 o el 148 o el 9 (qué sé yo, después podría combinar con el 14 en Camden)-, escuchó que lo llamaban desde el otro lado de la calle… bueno, del callejón, pues Pembroke Close no tiene salida. Y aclaro, tampoco es que “escuchó”, pues en verdad oyó, ya que él percibió con los oídos y no aplicó el oído para oír el sonido claro de alguien que lo llamaba desde la acera de enfrente.

-Christopher- o Chriophe… Chrioe… Ioe… algo así. Está bien, lo reconozco, el grito sólo era claro si se ponía mucha atención, si no, podría haber sido un ruido más en la calle… callejón. Creyó, entonces, que esas tres vocales fraccionadas eran su nombre. Lo que sí puedo asegurar es que al mirar (esto es, al dirigir su mirada a un objeto), la vio (es decir, percibió por los ojos el objeto). Era ella. Estaba en la puerta de una librería de usados, aún no había viajado hasta el Hyde Park. Tal fue su alegría que corrió a abrazarla sin mirar hacia los lados. El Destino a veces es muy cruel: Un Renault Scenic que circulaba por Pembridge Road en dirección al sur lo golpeó brutalmente y terminó con su vida.

Bueno, terminóeh, terminó quizás sea un poco exagerado... digamos que terminó con su vida tal como era hasta ese momento, porque jamás dije que lo hubiera matado (no dije ma-ta-do, lean otra vez), como tampoco es del todo cierto que hubiera sido un Renault Scenic el que lo golpeó, ya que más tarde un testigo afirmó que había sido un Vauxhall Meriva con dos sujetos dentro. Lo importante es que las heridas no eran tan graves, apenas unas raspaduras en el brazo izquierdo que, a fuer de ser sincero, le hiciera una moto de reparto del Caffè Nero. ¿O era del Coffee Republic? Ah, no, el Coffee Republic ya no está más en Notting Hill, ahora pusieron un Starbucks en su lugar.

31 de enero de 2011

Andante non troppo

Las pantuflas descansan en un rincón de la sala, una sobre la otra. El gato juguetea con las hojas del asplenium que, colocado sobre el alféizar de la ventana, recibe de lleno la luz del sol de la mañana. En el equipo de audio suena el segundo movimiento -andante non troppo quasi moderato- de la Gran Sonata de Tchaicovsky. El humo de la taza de café se eleva con pereza hasta perderse, dejando en el ambiente un aroma familiar. Las partículas de polvo se cruzan ante mis ojos como diminutas estrellas de un universo privado. Boca abajo, apoyado en un borde de la mesa, me espera -señalado en la página 48- un libro de Carlos Fuentes, a duras penas leído. Pero yo que me obstino en destruir esa parodia de calma al golpear contra mi pierna -perseverante, rítmicamente- la pistola automática. Vestido con desprolija intención, con un catarro ronroneando en mis pulmones -debería dejar el cigarro-, aguardo impaciente y con mi maleta ya lista, la llegada de Laura, quien ayer me juró que sería la última noche que vería a ese hombre, y que de allí en más reharíamos nuestro matrimonio.
Y ella llega cansada...

27 de enero de 2011

Sulty


Sulty, el perro del señor González, jugaba con su pelota de goma en el balcón del séptimo piso. Cuando la corría, resbaló, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Al llegar abajo, su cuerpo golpeó la cabeza de un transeúnte matándolo en el acto; otro hombre que manejaba su coche por la avenida presenció la escena cuya crudeza no sólo le produjo un accidente cerebro vascular que acabó con su vida, sino que, al perder el control del automóvil, atropelló a dos personas que se habían detenido en un puesto de diarios. Entonces una revista Caras -que tenía en la tapa la foto de una modelito que se había colocado aquí y allá algunos litros de siliconas- cayó de las manos de una de las víctimas y aplastó a una cucaracha que momentos antes había comido unas migas de pan que una de las personas atropelladas había dejado esparcidas en el piso del restaurante del señor González, quien, después de una mañana de trabajo tan agotadora, quería volver a su casa, para estar con Sulty, su única compañía.

22 de enero de 2011

Cada mañana al despertarme


La primera vez que ocurrió fue al despertarme de un sueño que tuve una mañana de enero.

El sueño tenía un inicio confuso, no del todo claro. Estaba por reunirme con mis antiguos compañeros de facultad, habíamos decidido juntarnos para cenar en el departamento de Horacio, el Pelado, como le decíamos. Imagino que ese departamento está ubicado en la calle Rincón al 800. No sabría decir por qué, fue un sueño. íbamos a encontrarnos los cinco compañeros de siempre, los que estudiábamos juntos, los que hacíamos los trabajos prácticos juntos, los que salíamos a divertirnos juntos, los que atravesamos los seis años de la carrera tratando de no adelantarnos ni atrasarnos en ninguna materia para recibirnos al mismo tiempo, como sucedió.
Allí estábamos -Manguera, Javi, el Gaita y yo-, sonrientes y apretados en el pasillo del 7º piso, cargados con bolsas de snacks y bebidas, esperando a que el Pelado nos abriese la puerta. No demoró mucho. Al entrar, nos quedamos sorprendidos por la gran cantidad de material musical que había en el lugar. No parecía tener otros muebles ahí, apenas estantes, repisas, armarios y bibliotecas repletos de CD’s, DVD’s, cintas, pósters, discos de vinilo, revistas, casetes, mini-casetes, tarjetas de memoria… Como también otros formatos que en la realidad no creo que existan. Era un sueño. Sólo un sueño. Lo cierto es que en estos muebles había música grabada, vídeos, biografías de músicos, entradas de recitales, material inédito, fotos de shows, etcétera. Todo en diferentes idiomas -recuerdo la tapa de un DVD de Hendrix escrita en lo que yo creí japonés, y un CD de los Stones en francés-. Cuando Horacio nos vio tan asombrados por esa abundancia de material, se sintió apremiado a darnos una justificación. Nos dijo que sus padres eran coleccionistas desde siempre y que él sólo había seguido la tradición familiar. Esto me hizo pensar que Horacio -a una edad que ya no correspondía- todavía seguía viviendo con sus papás, y que ellos nos habían dejado el departamento libre por esa noche.
Quizás para mostrar con mayor énfasis que en su familia no sólo se coleccionaba material musical, el Pelado, después de quitar lo que había encima, acercó la mesa hacia uno de los armarios, se subió a ella y nos mostró una increíble cantidad de dinero que sus padres guardaban allí arriba. Levantaba los billetes y los dejaba caer como si fuesen cupones de concurso en un programa de televisión. Sin embargo, no me pareció que su actitud fuese de ostentación o de alarde, creo que lo hacía simplemente porque le parecía gracioso, natural. Recuerdo que había billetes de $20, de $5 y de $50. No viene a mi mente haber visto moneda de otro valor. Lo concreto es que este desenfado suyo de mostrar los billetes -que para él parecía ser sólo el cambio, un vuelto-, generó en mí una codicia tan atroz y profunda que me propuse llevarme unos cuantos ni bien se alejaran todos. El Pelado nunca iría a notarlo, era demasiado dinero, ni lo habría contado. No entiendo por qué me obsesioné por los billetes de $20, pero quería llevarme una buena cantidad de esos papeles colorados con Juan Manuel de Rosas en el anverso. Armonizaba perfectamente que fuesen colorados y que estuviera Rosas allí.
Pasaban los minutos y nadie dejaba la sala libre, tal vez no fuera yo el único que deseaba quedarse a solas en ese lugar. Por fin, cuando creí que ya no conseguiría contener más esa compulsión febril, vi que todos entraban a la cocina para abrir las bolsas y disponer los alimentos para comer. Entonces, furtivamente, acerqué una silla al armario y me subí a ella -que si bien era más baja que la mesa, por otra parte era más práctica y no resultaba tan sospechoso que la estuviese desplazando-. Hice todos los movimientos con la vista fija en la puerta de la cocina, maquinando alguna excusa válida en el caso de que me descubrieran. Ya seguro, alcé mi brazo derecho lo más alto que pude, tiré el manotazo para agarrar la cantidad que fuera y cerré mi mano en algo. Muy pronto noté que lo que había tomado tenía la textura y la forma de un objeto muy diferente a un puñado de billetes. De todas formas, ya no podía volver a intentarlo, se aproximaban voces. Lo que tenía aprisionado era algo sólido, metálico, frío y tenía algunas aristas que me habían lastimado la piel. Tal vez un anillo o un medallón de oro, pensé.
Fue en ese momento que desperté.
Estaba acostado del lado derecho, con ambos brazos estirados sobre las sábanas blancas. Tenía apretadas las dos manos, pero al abrir la derecha descubrí que había allí una miniatura que representaba con gran fidelidad -después lo supe- la Catedral de Notre Dame de Paris. Tan firmemente tenía aprisionada la miniatura que las dos torres a los lados de la fachada me habían herido la palma.
Lo extraño es que yo nunca había estado en París y nadie me había regalado jamás un souvenir de la Catedral. No existía manera razonable de entender cómo había llegado ese objeto hasta mi casa. Y aún menos existía una forma lógica y coherente de explicar qué hacía ese pedazo de metal en el cuenco de mi mano una mañana de enero. Evalué mil respuestas, llegué a sospechar que alguien se estaba burlando de mí, pero ¿quién más podía tener la llave de mi casa como para entrar tan libremente y por qué querría hacer aquello? Nadie y no sé. También pensé en la locura, en la doble personalidad y todas esas posibilidades que nos brindan libros y películas. Nada.
Así comenzó todo. A partir de esa mañana, cada día me despierto con un objeto diferente en las manos.
Son objetos que arrastro desde los sueños y que de alguna manera introduzco en mi vida despierta. Cientos de objetos que llenan un armario de la habitación de servicio, armario que sólo abro para arrojar cada nuevo elemento. Ni me detengo a observar los que ya están dentro. Sé que hay llaves, portarretratos, monedas, reglas, libros, pañuelos, muñecos, frascos, lápices; pero no quiero saber nada de ellos, ni de dónde vienen, ni de quiénes son, ni cómo llegan a mis manos. Ya lo dije, al principio traté de encontrar una lógica, pero cualquier intento de explicación choca contra el muro del sinsentido absoluto. Y si hoy me decido a hablar de este tormento, es porque el objeto al que me aferraba esta mañana, el último objeto, es una tarjeta en la que está escrito mi nombre y recuerda la ubicación -Sector F, parcela 26, sepultura 2618- en la que se encuentran mis restos en el cementerio Bosques de Paz.