8 de diciembre de 2010

Segundo tiempo

Después de veinte años, por casualidad me encontré con Alejandra en una calle del centro. Fue un momento extraño, ninguno de los dos decía nada, pero ambos queríamos tender un puente con el cual pudiésemos atravesar rápido esa fosa que el tiempo colma de alimañas. Sin mucho acierto, farfullamos algunas palabras que apenas sirvieron para poner más en evidencia nuestra incomodidad. Para salir rápido del ridículo, la invité a tomar un café y charlar un rato. Qué más da, pensé, esa tarde no tenía mucho que hacer.

Ella hablaba y yo la miraba sin prestar demasiada atención a lo que me decía, la observaba absorto mientras mi cabeza trabajaba a una velocidad superior a la habitual. El problema era que esta Alejandra se había convertido en una caricatura de aquella chica que había estado conmigo hacía dos décadas. Sus rasgos eran los mismos, pero estaban exagerados, desvirtuados por la caja de resonancia de los años. Recuerdo que me dijo que todavía seguía viviendo en el mismo barrio, que se había casado, que tenía un hijo y que ese hijo era hermoso e iba a sexto grado y… Entonces sacó una foto de su carterita marrón y me la alcanzó. La miré simulando interés y se la devolví enseguida junto a una sonrisa falluta. Alejandra comenzó a recorrerla con el dedo índice a la vez que me contaba que en muchas ocasiones había pensado en mí y que había querido verme, pero que no había tenido forma de encontrarme. Me confesó que no estaba bien con su marido, que iban a separarse y que cientos de veces se había preguntado qué habría sido de nosotros si nuestra relación hubiera prosperado. Ahí me lo largó:

-¿Cómo crees que sería volver a casa... a nuestra casa, si ahora viviéramos juntos?

Le aseguré que no tenía la menor idea y, levantándome, le dije que debía irme sin falta. Dejé un billete de $20 sobre la mesa, y en una servilleta de papel manchada con café le dibujé cualquier número de teléfono.

¡Llamame, eh!- la animé.

30 de noviembre de 2010

Las cuentas pendientes


Allí estaba la señora Lema, maquillada como nunca antes, con su característico rostro inocente y calmo, ahora ceñido por los encajes de la mortaja.
Mientras la observaba, me detuve a pensar en que ya mi abuela había tomado clases de inglés con ella, más tarde fue el turno de mi madre y finalmente me tocó a mí. Todos hablábamos el idioma con ese fuerte acento de Senior English Teacher de instituto de barrio. ¿Existirá algún profesor de inglés que pronuncie bien en este país? No lo creo. Los errores de fonética se van transmitiendo de generación en generación como una especie de enfermedad hereditaria que se agrava con el tiempo. Así terminamos hablando todos.
La señora Lema amaba Inglaterra, cada rincón de su casa estaba decorado con miniaturas, pósters o folletos que nos transportaban a un Londres que ya no existe más. El problema era que, a pesar de haber enseñado este idioma por 45 años, jamás había pisado suelo británico… ni americano, ni australiano, ni el de ningún otro país que tuviera al inglés como lengua oficial. Para colmo de males habían cerrado la tienda Harrods adonde, cada tanto, iba a tomar un earl grey con lady fingers. El cierre de Harrods fue como si la Gran Plaga de 1666 hubiera alcanzado a los anglófilos de Buenos Aires. De todas formas, ya era demasiado tarde, hacía mucho que todo era tarde, pues hacía años que la señora Lema ni siquiera recordaba qué quería o qué había querido alguna vez.
Allí estaba la querida señora Lema, maquillada, cándida y circunspecta; oliendo a claveles y metida en un vestido blanco. Alguien debería cruzarle unas cintas azules y rojas, por lo menos.
Nos había dado clases a todos en el barrio. Muy extraño, pensé. Era como si hubiera enseñado a escribir sin conocer un libro, como si hubiera profesado la filosofía sin haberse preguntado por su propia existencia. Como si hubiera dado consejos de amor sin haber dejado su alma desgarrada en algún umbral oscuro. Muy extraño, señora Lema, muy extraño, indeed.

25 de noviembre de 2010

Colores

Una noche de primavera, hace varios años, quedamos en encontrarnos con una compañera de estudios que me atraía mucho, tuve que convencerla, pero finalmente aceptó. Decidí llevarla a un bar donde pasaran música a bajo volumen y la luz fuese tenue, la intención era conocernos. Apenas sentados y sin preámbulos, me preguntó:
-¿Cómo sos?
-Mentiroso- me nació responderle, haciendo gala de mi mayor sinceridad.
Ésa sería la primera y la última vez que saldríamos. Cada vez que nos cruzábamos en la facultad, ella me esquivaba como si yo portase el Mal de la Verdad. Allí nació esto...

Cuando se conocieron ella era Azul Marino y él Rojo Bermellón. Algo los atrajo con la fuerza del imán, así que se las arreglaron para encontrarse. A ella le pareció que para una primera cita el Azul Marino era muy formal, por lo que decidió maquillar su esencia de Turquesa Veneciana. Él también sintió que su color no era el adecuado, que era demasiado llamativo, venía de una familia típicamente Bermellón, lo mejor sería atenuar un poco sus raíces para una primera salida, su opción fue el Rojo Victoriano. Cuando se encontraron, no se reconocieron, pero les pareció que valía la pena probar una vez más. Ella estuvo toda la semana dándose prolongados baños de amarillo hasta que logró un Verde Tritón; la elección de él fue menos acertada, a las apuradas se disfrazó de Naranja Fiesta. Hablaron bastante aquella segunda noche, pero no terminaron de entenderse. Habría una tercera oportunidad, lo mejor para ambos sería cambiar por completo. Ella probó con Caqui Dorado y él con un suntuoso Violeta Palacio. Fue otro fracaso, tenían la sensación de que no eran los mismos, de que, tal vez, se hubieran equivocado y que aquella primera impresión hubiese sido errada. El sábado irían al teatro, sabían que era la última oportunidad, la jugada de ambos debía ser genial. Sin dudarlo, ella aderezó su espíritu de Rojo Bermellón y él de Azul Marino. Al verse así en espejo, no pudieron pronunciar una palabra, tan sólo se rieron y se abrazaron, enterados de que el Destino es una trampa asíntota.
Olvidados ya de sus diferencias, después de un tiempo se fueron a vivir juntos. Ahora tienen un hijo, es de un tono indefinido, muy parecido al que se consigue cuando se mezclan pinturas de diferentes colores.

16 de noviembre de 2010

Prisión horizontal

… blanco, tengo que poner mi mente en blanco. … y lo que tendría que… bueno, no tendría, pero sería necesario… ¿pagué la cuenta del teléfono? Uh, otra fila en los cajeros. -tic-tac-. Sería necesario entregárselo antes del martes… Marte. Dicen que encontraron vestigios de agua en Marte, o agua congelada. El agua es vida o… del agua vino la vida. Vino, agua, vida. -tic-tac- La boleta del teléfono la dejé en el bolsillo del pantalón… del uniforme, creo, ¿o de la camisa? Eh, Marte celular y viajar en uniforme por teléfono, uffff. -tic-tac- El colchón me aprieta el pecho, voy a darme vuelta. -tic-tac- No, ya es de día. Deben ser más de las seis. Faltan dos horas para, no, una hora y media o una hora y veintidós minutos o... -tic-tac- Dios, tengo que concentrarme… -tic-tac- Blanco… pensar en blanco. -tic-tac- y una mancha celeste a la derecha que… No, no se tiene que mezclar otro color, sólo blanco. Blanco, carajo. -tic-tac- ¿Cuándo cambié el teléfono celular? Porque el nuevo es negro… -tic-tac- No, blanco, blanco, tengo que poner mi mente en blanco… -tic-tac- Putamadre, me levanto.

10 de noviembre de 2010

Proyecto Babel II


LA MIRADA

Caminaba por el andén oeste de la estación Baker Street, iba con la cabeza gacha, harto de los apretujones y el olor que había soportado dentro del subte. Después de atravesar los molinetes, recorrí pesadamente los pasillos, hice tres pasos por la escalera, y al levantar la vista me di cuenta de su presencia, estaba bajando, me miraba con fijeza -sus ojos eran negros, profundos, enigmáticos-, pero enseguida desvió la vista. En ese segundo que me miró, lo dijo todo, fue una comunicación filogenética, un código de género, un mensaje que miles de palabras no habrían podido descifrar, pues venía de antes de la Glosa. Pasé a su lado observándola por el rabillo del ojo y seguí subiendo. A los pocos escalones me di vuelta y allí estaba, parada, mirándome otra vez, pero de nuevo me escatimó sus ojos y continuó descendiendo. Hice dos pasos, me detuve, pensé: ¿Y si vuelvo y le hablo? ¿Qué puedo decirle? Vos me estabas mirando y yo también te miré y… ¿qué? Una estupidez. Seguí mi camino, mientras la imaginaba en mis brazos. Pensé en el calor de su cuerpo, tramé su voz, fragüé sus besos, su risa… y salí hacia la noche, hacia el frío, hacia la cotidianeidad de mi vida.


THE LOOK

I was walking along the west platform of Baker Street station, heading down, fed up with all the pushing and shoving and the stench inside the tube. After having crossed the turnstile, I trudged through some corridors, I got to the staircase, gained three steps, raised my head and then I saw her, she was coming down, staring at me -dark, profound, puzzling eyes-, but soon her gaze shifted. In the moment she looked at me, she said it all, it was a phylogenetic communication, sex code, a message a thousand words wouldn’t have deciphered, because it came before Language. I passed by looking at her out of the corner of my eye. A few steps ahead I turned back and there she was, standing, staring at me again, yet one more time she deprived me of her eyes, her look, and continued walking down. I got two more steps up, stopped and thought: What if I go back and talk to her? You were looking at me and I was looking at you too and… what? Oh, screw it! I went on my way as I pictured her in my arms. I thought of her warmth, made up her voice, faked her kisses, her smile… and went out into the night, into the cold, into the plainness of my life.


O OLHAR

Caminhava pela plataforma oeste da estação Baker Street, ia com a cabeça para baixo, farto dos apertos e do cheiro que tinha agüentado dentro do metrô. Depois de ter atravessado as catracas, andei pesadamente através dos corredores, fiz três degraus pela escada, e ao levantar a vista percebi a sua presença, estava descendo, fitando em mim -com olhos pretos, profundos, enigmáticos-, mas em seguida desviou o olhar. Na hora em que me olhou ela disse tudo, foi uma comunicação filogenética, um código de gênero, uma mensagem que milhares de palavras não teriam podido decifrar, pois vinham de antes da Glosa. Passei por ela observando-a pelo rabo do olho e continuei a subir. Alguns passos à frente, virei as costas e aí estava, parada, mais uma vez olhando lá dentro de mim, mas de novo me roubou seus olhos e seguiu descendo. Fiz mais dois degraus, parei e pensei: E se voltasse para lhe falar? O que poderia lhe dizer? Você estava me olhando e eu também te olhei e... o quê? Uma besteira. Segui o meu caminho, enquanto imaginava ela nos meus braços. Pensei no calor do seu corpo, tramei a sua voz, menti os seus beijos, seu riso... e sai para a noite, para o frio, para a cotidianidade desta minha vida.


L’ESGUARD

Caminava per l’andana oest de l’estació Baker Street, anava amb el cap baix, fart de les estretes i l’olor que havia suportat dins el metro. Després de travessar els torniquets, vaig recórrer pesadament els corredors, vaig fer tres passes per l’escala, y al alçar la vista em vaig adonar de la seua presència, estava baixant, em mirava amb fixació– els seus ulls eren negres, profunds, enigmàtics -, però de seguida va desviar la vista. En eixe segon que em va mirar, ho va dir tot, va ser una comunicació filogenètica, un codi de gènere, un missatge que milers de paraules no haurien pogut desxifrar, doncs venia des d’abans de la Glosa. Vaig passar pel seu costat observant-la pel rabet de l’ull i vaig seguir pujant. Als pocs escalons em vaig girar i allà estava, parada, mirant-me altra vegada, però novament va escatimar els seus ulls i va continuar descendent. Faig fer dues passes, em vaig parar, vaig pensar: I si torne i li parle? Què puc dir-li? Tu em vas mirar i jo també et vaig mirar i... què? Una ximpleria. Vaig seguir el meu camí, mentre la imaginava als meus braços. Vaig pensar en la calor del seu cos, vaig traçar la seua veu, vaig forjar els seus besos, la seua rissa... i vaig sortir cap a la nit, cap al fred, cap a la quotidianitat de la meua vida.


LE REGARD

Je marchais sur le quai ouest de la gare Baker Street, j’allais, la tête baissée, j’en avais marre de supporter les bousculades et l’odeur dans le métro. Après avoir traversé les tourniquets, j’ai parcouru péniblement les couloirs, je suis arrivé à l’escalier, j’ai fait trois pas et en levant les yeux j’ai remarqué sa présence, elle descendait, elle me regardait avec fixité -ses yeux étaient noirs, profonds, énigmatiques-, mais aussitôt elle a détourné les yeux. Au moment où elle m’a regardé, elle a tout dit, cela a été une communication phylogénétique, un code de genre, un message que des milliers de mots n’auraient pas pu déchiffrer, car il venait d’avant le Langage. J’ai passé à côté d’elle en la regardant du coin de l'œil et j’ai continué à monter. À quelques marches je me suis tourné et elle était là, debout, en me regardant à nouveau, mais encore une fois elle m’a privé de ses yeux et elle a continué à descendre. J’ai fait deux pas, je me suis arrêté et j’ai pensé: Et si je reviens et je lui parle? Que puis-je lui dire? Tu m’as regardé et moi aussi je t’ai regardé et… quoi? Un rien. J’ai suivi mon chemin, pendant que je l’imaginais dans mes bras. J’ai pensé à la chaleur de son corps, j’ai composé sa voix, j’ai tramé ses baisers, son rire… et je suis parti vers la nuit, vers le froid, vers la quotidienneté de ma vie.


ΤΟ ΒΛΕΜΜΑ

Περπατούσα κατά μήκος της Δυτικής Πλατφόρμας του σταθμού Baker Street, πηγαίνοντας προς τα κάτω, αγανακτισμένος από τα σπρωξίματα και την μπόχα μέσα στον υπόγειο (σιδηρόδρομο). Αφού διέσχισα την περιστροφική πόρτα, σύρθηκα σε μερικούς διαδρόμους, έφθασα στη σκάλα, κέρδισα 3 βήματα, σήκωσα το κεφάλι μου και τότε την είδα, κατέβαινε κοιτώντας εμένα - σκοτεινά, βαθειά αινιγματικά μάτια,- αλλά σύντομα το βλέμμα της μετατοπίστηκε, την στιγμή που με κοίταξε τα είπε όλα, ήταν μια φυλογενετική επικοινωνία ερωτικός κώδικας, ένα μήνυμα που 1000 λέξεις δεν θα μπορούσαν να αποκρυπτογραφήσουν, διότι αυτή (η επικοινωνία) υπήρχε πριν την γλώσσα. Προσπέρασα κοιτώντας την με την άκρη του ματιού μου. Λίγα βήματα μπροστά γύρισα πίσω και ήταν εκεί, στεκότανε κοιτώντας με ξανά, Αλλά για άλλη μια φορά μου στερεί το βλέμμα της την όψη της και συνέχισε να κατεβαίνει. Ανέβηκα 2 ακόμα σκαλοπάτια, σταμάτησα και σκέφτηκα: τι θα γίνει αν πάω πίσω και της μιλήσω; Με κοιτούσες και σε κοιτούσα και εγώ και… τι; Αα….; γαμώτο !.... Συνέχισα τον δρόμο μου καθώς την φανταζόμουνα στην αγκαλιά μου. Σκεφτόμουνα την ζεστασιά της που έβγαζε η φωνή της, φαντάστηκα τα φιλιά της, το χαμόγελό της…… και βγήκα έξω στην νύχτα, στο κρύο στην απλότητα της ζωής μου.


LO SGUARDO

Camminavo lungo il marciapiede ovest della stazione di Baker Street a testa bassa, ero stufo degli spintoni e dell’odore subiti nella Metro. Dopo aver attraversato i tornelli, percorsi a fatica i corridoi, feci tre passi per le scale, alzando gli occhi notai la sua presenza, stava scendendo, mi guardava fissamente, -i suoi occhi erano neri, profondi, enigmatici-, ma subito distolse lo sguardo. Nel secondo in cui mi guardò, mi disse tutto, è stata una comunicazione filogenetica, un codice di genere, un messaggio che mille parole non avrebbero potuto decifrare, perche veniva da prima del Linguaggio. Passai accanto a lei osservandola con la coda dell'occhio e continuai a salire. Dopo pochi passi mi voltai e lei era lì, in piedi, guardandomi di nuovo, ma ancora una volta mi privò dei suoi occhi e continuò a scendere. Feci due passi, mi fermai, pensai: E se vado indietro e le parlo? Cosa posso dirle? Mi hai guardato e anche io ti ho guardato e… cosa? Una stupidaggine. Seguii la mia strada, mentre l’ immaginavo tra le mie braccia. Pensai al calore del suo corpo, composi la sua voce, tramai i suoi baci, il suo sorriso… ed uscií nella notte, nel freddo, verso la quotidianità della mia vita.

3 de noviembre de 2010

Nosotros y los Otros


Salí y miré y olí y volví a salir y volví a oler y me puse a pensar.
Salí al pasillo y miré el número que -desproporcionado- me decía que vivía desde hacía un tiempo en la habitación 29 de un hotel barato. Olí el tufo a fritanga que llegaba desde la cocina y supe que aún no eran las 10 de la noche. Salí a la calle para encontrarme con Maricel, la otra, asegurándome de que no quedara nada de ese olor tribal en mi ropa, y me puse a pensar si en verdad existía el amor eterno.
Hacía ya un año que estaba con Gabriela y me parecía que había encontrado en ella todo lo que en otras mujeres me había faltado, sin embargo, apareció en mi vida Maricel y creí que la mejor forma que tenía de convertir a Gabriela en mi amor perfecto, en mi amor eterno, era dejándola por Maricel. No tenía idea de qué iría a suceder luego, pero quería desaparecer con ella, construir otra vida, una nueva historia cuyo objetivo principal fuese confirmar que mi amor por Gabriela había sido el amor perfecto, el amor eterno.
Cuando esa noche le conté a Maricel lo que había estado pensando, me dijo que le había parecido genial, que ella también…
Demoró muy poco en juntar sus cosas para abandonar la casa e irse conmigo. Embriagados por el flamante poder, salimos a construir esa nueva vida.
Lo que no pude anticipar en aquel momento, lo que no pude comprender, fue que yo también era el otro, la manera, el camino que tenía Maricel de convertir a su novio en el amor perfecto y eterno.


Finalmente lo conseguimos, ahora -Maricel y yo- somos dos infelices que viven recordando su amor eterno -cada cual el suyo- en un cuarto mugroso de otro hotel barato.

28 de octubre de 2010

El pescador

Eran las nueve de la mañana. El sol golpeaba oblicuo contra la superficie del río y parecía explotar en millones de fulgurantes llamas sobre ese cielo líquido y amarronado. No hacía frío. Algunas horas antes había caído una cortina de rocío sobre juncos y pastizales, pero ahora esa misma cortina brumosa se alzaba incitada por el calor, parecía volver a su lugar de origen en donde esperaría por un nuevo retorno a la tierra, de acuerdo con los tiempos que la obstinada Naturaleza tiene. Con una caña azul sostenida en sus manos, el pescador esperaba que el pique de algún pejerrey le mostrase que todavía valía la pena venir a buscar esa especie a un río y no dirigirse, directamente, a una de las tantas lagunas que antes de las inundaciones habían sido campos de cultivo. Una segunda caña, de color rojo y erguida sobre un pie de metal enterrado en el barro, estaba armada con línea de plomada, pues nunca hay que desechar un pez barrero, de esos típicos de río. Una brisa agradable avejentó de arrugas la superficie del agua y sin mucho entusiasmo la boya de la caña azul comenzó a moverse hacia la derecha. Era pique de pejerrey, sin dudas. Pero en ese mismo momento, la caña clavada en el piso comenzó a corcovear enérgicamente sobre el sostén. El pescador temió que se fuera a partir, así que en un segundo tuvo que resolver si seguía con el pejerrey que tenía clavado o si prefería sacar ese otro pez que, enigmático como la mayoría de los peces de río, iría a aparecer al final de la línea. Se decidió por la pieza mayor. Ansioso largó la caña azul, tomó la roja y comenzó a recoger el nylon. Notó que traía una pieza de peso considerable. Seguro que es surubí, o un dorado perdido de otoño, o un bagre enorme, pensó el pescador. Pero no, lo que venía enganchado en el anzuelo era una pistola .45 toda oxidada y cubierta de algas que se resistía a reflejar la luz del sol. El pescador tomó el cuchillo y cortó la tanza. El aparejo golpeó el agua donde se hundió con un sonido hueco que se prolongó apenas en un borboteo. Dejó que todo volviese al lecho del río, no quiso tocar nada, pues temió que con el simple contacto de su mano se le revelasen los horribles secretos que este asesino herrumbrado había guardado por tantos años. Y el sol continuó brillando…